Verte Sonreír
Los trozos de papel color arena eran empujados levemente hacia el mar, llevados suavemente por la brisa salada, después de haber sido arrugados por la suave mano de quien los miraba caer desde el segundo piso de la construcción cerca del mar.
La joven se retiró luego de echar un último vistazo al horizonte, viendo como el sol se iba alzando lentamente.
Sin que nadie más se percatara, una nueva brisa alzó los delicados trozos antes que tocaran el agua fría, y los llevó hasta los pies de un chico que paseaba por el muelle. Apenas tocaron las gruesas tablas se ordenaron, reconstruyendo aquella carta frente a sus ojos.
Tomó los cuatro trozos de papel y comenzó a leerlos lentamente, cada triste línea daba razones por las cuales la autora de aquella despedida no podría reunirse con un lejano amor.
Cada palabra iba acariciando el corazón del chico, a tal punto que su alma se estremeció. Finalmente llegó a la firma y, dándose cuenta de quien era, corrió apresuradamente hasta su casa. Entró veloz a su habitación, quitó apresuradamente un par de gruesos tablones del suelo, y sacó todas las pequeñas y resonantes monedas que ahí se encontraban.
Armándose de un gran valor y respirando fuertemente llamó a la puerta de la joven. Afortunadamente, ella fue la que abrió, y él, sin decir nada, le entregó cuatro papeles y un saquito. Se marchó inmediatamente.
La muchacha, sorprendida, releyó su carta, notando que al final había una nota del chico: "Ve con él..." decía, en unas letras pequeñas y alargadas. Vació el saquito y contó frente a sus ojos el dinero suficiente para un viaje en barco. Llena de alegría empacó lo que creyó necesario y se embarcó gustosa.
El joven la observaba desde el muelle, donde antes encontrara aquella carta, rota por la falta de esperanzas. Se veía tan hermosa cuando sonreía, aquella escena quedaría grabada en su mente para siempre.
Antes de marcharse y continuar con sus labores, se consoló diciendo para sus adentros: "Al menos estreché su mano una vez..." y lanzó un fuerte suspiro.
Marca de Agua
Mi reflejo parece impregnado de diamantes. Diamantes líquidos que resbalan sobre el rostro fantasmal y transparente que me devuelve la mirada.
Por todo sonido está el goteo de la lluvia sobre la calle, sobre los charcos, sobre las hojas de los árboles, sobre mí, sobre la ventana que impide que el agua me toque.
Lanzo un melancólico suspiro. La lluvia siempre me pone triste, porque es como si el cielo llorara.
Poco a poco la ventana se ha ido empañando y mis ojos llorosos ya no se ven a si mismos. Ahora solo ven un velo blanquecino, salpicado de gotitas brillantes, que de vez en cuando se dejan caer, y se llevan con ellas a otras más.
Es como si el cristal ahora fuera un lienzo en blanco, una hoja sin llenar, que me invitara a escribir cosas de las cuales después me arrepentiré y volveré a borrar con tan solo soplarles encima.
Siento a mi mano alzarse y a mi dedo índice tocar la fría superficie. Se desliza hacia abajo, en una extraña curva y vuelve a subir. Se separa. Ahora dibuja dos líneas como colinas aplanadas, separadas entre sí, y un extraño símbolo entre ellas, más abajo. Dos pozos ovalados bajo las dos colinas, y una pequeña cordillera, sobre un río, justo debajo del símbolo. Mi dedo pierde el control, ahora va de aquí a allá, trazando finas líneas con la uña, definiendo los trazos en los pozos, y bosquejando algo, debajo de todo.
Cuando me doy cuenta, otra vez unos ojos tristes me devuelven la mirada, pero esta vez no son los míos. Son los de un rostro gris y quieto, como estatua.
Reprimo un nuevo suspiro, no vaya a ser que se lo lleve a él… a él.
Cierro y abro los ojos, muy lentamente, y vuelvo a mirar el rostro que mi mano dibujó, con un solo dedo.
Ahí está él. Es su rostro. Aquel que me visitó una y otra vez, todas las noches, entre sueños. Es él, no sé su nombre, pero sé que es él. Reconozco sus ojos, profundos como pozos, grises como el cielo que llora, tristes como aquella tarde de lluvia. Pero ahora sus ojos son lo único gris de él, porque sus demás rasgos son del color de un reflejo: su piel del color de la arena, su cabello del color de los troncos, sus labios apenas rosas. Pero no ha dejado de ser transparente, translúcido, como el cristal.
Y al igual que el reflejo de algo real, se mueve.
Sus ojos me escrutan, las comisuras de sus labios se alzan en una sonrisa y el cabello se le mece con el suspiro del viento.
No me había dado cuenta, pero poco a poco una melodía ha ido aumentando en volumen. Antes la había confundido con el repiqueteo de la lluvia y el gemido del cielo, pero ahora la distingo. Clara y triste, hace que el corazón se me encoja y me llevo una mano al pecho, ahí, justo al lado del dije de vidrio con forma de lágrima.
Él se percata de esto y alarga una mano hacia mí. El cristal lo detiene, como si estuviera al otro lado de la ventana. Su palma se posa sobre el vidrio, anhelante. La observo, me suplica que la toque. ¿Puedo? Levanto la vista hacia él. Su mirada es dulce y reconfortante, como un chocolate caliente en un día frío. Mi mano se alza, tocando también el cristal, y él me sonríe de nuevo.
Sus labios no se mueven, pero leo la petición en sus ojos. Me detengo a pensarlo un segundo, y me doy cuenta de que eso es lo que yo también quiero. El latido de mi corazón se ha acompasado a la música. El cielo gruñe y todo se ilumina un segundo, con la luz blanca y pura del trueno.
Me acerco con lentitud y él hace lo mismo. Nuestros ojos se cierran. Siento ahora el calor de su palma contra la mía, en vez de la frialdad de la ventana. Me acerco otro poco, buscando a ciegas su rostro, su contacto. Una suave respiración cae sobre mí. Ahí está.
Muy lentamente mis labios se posan contra algo frío, el cristal tal vez, pero no importa, porque él está al otro lado. Lo beso, por primera vez desde que lo conocí, y entonces la lluvia comienza a tararear su nombre, comienza a susurrarlo el viento y otro trueno se lo grita al mundo, me lo grita a mí.
Un momento después el beso ha terminado, justo en el momento en que la lluvia ha comenzado a cesar. No quiero hacerlo, pero abro los ojos, con la esperanza de que él me esté mirando.
Nada. Solo extrañas líneas que poco a poco pierden su forma, escurriendo gotitas de agua, manchando el que antes fue un lienzo en blanco, sobre la ventana. Su nombre lo he olvidado tan pronto como he abierto los ojos, y la única prueba de que él estuvo ahí, es la marca de agua sobre mis labios.
El Árbol
La sombra del árbol es inmensa, cómo debe ser el propio árbol y su habitante.
Mis pies desnudos acarician la hierba, siempre verde, que crece al pie de este monumento a la naturaleza.
Delicadas florecillas salpican este manto de vida, llenándolo de pequeñas luces de varios colores y formas. Otras más se empeñan en alcanzar la cima de su protector, atándose al rugoso tronco, aferrándose a cada uno de sus pliegues y extendiéndose hacia lo alto.
Me pregunto, de pronto, si alguna habrá alcanzado ya la luz y visto el cielo. Parece casi imposible.
Una suave brisa perfumada me empuja hacia delante, meciendo mi vestido y acariciando mi cabello. Lentamente me acerco y las flores que mi pie roza se encogen y se resguardan. Todo en aquel lugar está lleno de vida, demasiada vida. Y yo tengo que acabar con una de ellas. Es mi misión. Un encargo demasiado importante que decidieron darme a mí. A mí…
Y al que no puedo negarme.
Finalmente toco el tronco con mis dedos, lo rodeo lentamente, hasta que alcanzo a vislumbrar la Gran Grieta, me armo de valor, empuño la espada de plata… y entro.
Es como estar en plena noche, una noche sin luna ni estrellas. No puedo ver absolutamente nada, y entonces recuerdo porque me han enviado a mí. Específicamente a mí.
Cierro mis ojos, pero sólo con mis primeros párpados. La delgada capa se desliza frente a mis pupilas y entonces…
… entonces puedo ver. Ahora todo contorno es azul. Azules de distintas tonalidades.
Es como vivir nuevamente en Las Cavernas… Pero no, no puedo darme el lujo de recordar; no, no puedo perder más tiempo. Ahora que puedo vislumbrar el camino tengo que seguirlo, hasta el final.
Rojo. Veo algo rojo, y palpita, palpita con mucha fuerza. Respiro profundamente, pero procurando no hacer ruido. El sudor ha impregnado las palmas de mis manos, y hace que sienta insegura la espada en ellas. Vuelvo a respirar. Bajo un momento la espada y limpio la humedad en la tela de mi vestido. Necesito un poco más de aire. El ambiente está cargado de un vapor caliente. Vuelvo a tomar la espada y la sujeto con fuerza. No puedo fallar. No puedo.
La criatura, a cuya vida he venido a darle fin, yace sobre un lecho de musgo. Y duerme, muy profundamente. Su piel reluce con los tonos azules de mi visión, y se combina con el rojo del calor que procede de su corazón. Sé que sus escamas son duras, tan duras que no podré atravesarlas. Tengo que ir directo al corazón, a través de la grieta, que por ser joven, aun no se cierra en su pecho. Pero su pecho da contra el musgo y sus patas y alas lo cubren. No podré hacerlo… no podré. Ahora el pánico se apodera de mí, y tiemblo, pese a que hace demasiado calor.
Tengo un nudo en la garganta. Mi voz se quedara atrapada y cuando él despierte…
Tengo que hacerlo.
Me acerco cuidadosamente a su lecho, me acerco a su cabeza alargada. Y veo que… oh, el corazón se me parte en dos: es tan joven, tan joven… y su belleza inigualable, guarda un esplendor que solo estas criaturas podrían poseer. Es hermoso.
Dejo que mis dedos rocen sus escamas, justo en medio de sus ojos. Aclaro débilmente mi garganta y empiezo a cantar. No hay palabras, simplemente nace de mi una melodía, tan triste que mis ojos se humedecen por las lágrimas. Y los ojos de él se entreabren, me miran, me escrutan. Son de un precioso color esmeralda, y en ellos brilla un fuego verde, y lo veo aunque mi vista tiña todo de azul. Me mira un segundo más y vuelve a cerrarlos, dejándose llevar por el sopor. Mezclo otras notas en la melodía y él responde dejando todo su vientre al descubierto. En su pecho puedo verla, una grieta en forma de tres ondas_ El color rojo brota de ella con más intensidad. Mi mano libre sostiene aun la espada. Puedo hacerlo, necesito hacerlo… Perdona, susurro.
La plata se funde en su corazón de fuego, unas débiles llamas acarician el metal y lo disuelven. Mis lágrimas caen sobre la herida. El latido se va apagando poco a poco y mi voz se quiebra. Nuevamente, todo lo que veo, es azul.
Medianoche
Oí sus cascos rompiendo el silencio, en aquella medianoche sin luna.
El único resplandor en la total oscuridad procedía de ella. A muchas millas de distancia.
Se me encogió el corazón cuando detuvo su veloz galope, se volvió hacia mí y luego se internó en el bosque. Cerré mis ojos demasiado tarde.
Ella no quería ser vista. Y yo lo hice, la vi, y se dio cuenta. Ya no había vuelta atrás.
Las lágrimas escaparon de mis ojos, impidiéndome ver otra cosa que no fuese la oscuridad.
Ella ya no estaría de mi parte, y con ella, el bosque entero. Dejé caer mi rostro entre mis piernas, demasiado frías. Quise entibiarlas con mis manos, pero aquellas cadenas sujetaban fuertemente mis muñecas, para que quedaran quietas contra el tronco del árbol.
Estaría presa, quizá, el resto de la noche, el resto de mi vida. Al salir el sol, mi corazón sería de piedra, mis alas serían polvo, mis sueños gotas de rocío.
Las criaturas de la noche no deben ver el sol. Las criaturas de la luz deben resguardarse de la oscuridad. Así había sido siempre y así siempre sería.
Fui castigada por querer contemplar la luz. Fui condenada cuando la vi.
Un hada de medianoche jamás debe ver al unicornio.
Rompí las reglas. Todo lo que soy y fui… desaparecerá. El recuerdo de su elegancia se irá conmigo, y eso es lo que más me duele, porque es lo más precioso que tuve alguna vez… lo que nunca jamás debí de tener.
La Última Estación
En ese momento es cuando él me mira.
Sabe de mis ansiosas y fugaces miradas. Y es que también ha estado pendiente de mí. Ahora ha volteado justo en el mismo momento en que yo lo hacía y me ha atrapado.
Sostiene mi mirada y yo no puedo librarme de la suya, me traspasa toda, llega hasta el fondo, y siento como el aire se lleva el polvo de mi mente.
Entonces lo sé. En realidad siempre lo he sabido, pero no era conciente de ello. Ahora lo sé y me doy cuenta de que mi existencia siempre ha girado en torno a él: estoy aquí por él.
Suspira y aparta la vista hacia la ventana. El metro entra bajo tierra y hace su parada momentánea.
Mis ojos son libres de nuevo, pero no quieren apartar la vista de él, necesitan seguir mirando los suyos. Él frunce el ceño, aún mirando a través del cristal, parece molesto.
Cierro los ojos, intuyendo que yo soy la causa. A saber lo que ahora está pensando de mí. Contengo el aliento ante la idea.
¿Y si me odia? ¡Y si se aleja de mí?
Mi trabajo no era tan fácil después de todo.
Comienzo a acobardarme conforme el momento se acerca.
¿Qué pasaría si me echara para atrás? ¿Qué tan malo sería el castigo?
No logro imaginar algo peor que el hecho de que él me rechazara ahora.
Concentrada en mi dilema interno, no me doy cuenta de que estoy mirándole de nuevo. Su ceño vuelve a fruncirse y sus labios se contraen ligeramente.
No, no puedo hacerlo. No puedo. No lo soportaré.
Contra mi voluntad mis labios se abren, y mi garganta repite con claridad el recuerdo que acaba de asaltar mi mente.
Él me mira de nuevo. Oír su nombre en labios de una desconocida lo ha desconcertado y escruta mi rostro, intentando averiguar lo que eso significa. Me arrepiento enseguida. Inevitablemente ahora se alejará de mí y yo habré fracasado.
En ese instante él aprovecha que el metro se ha vuelto a detener para ocupar el asiento que está a mi lado.
–¿Quién eres? –me pregunta sin quitarme la vista de encima.
–Sólo soy yo… y estoy aquí por ti –respondo, como si alguien hubiera puesto las palabras en mi boca. Yo no habrías sabido contestarle.
Él sonríe… por primera vez le veo sonreír. ¿Cómo una sonrisa puede iluminar un rostro de esa manera? –Siento que te he esperado toda mi vida y eso que apenas te conozco.
Yo también le sonrío. Me quiere, me quiere a su lado ¡Oh, dios! No podría ser más feliz.
Vamos llegando a la última estación, a nuestro destino. Por fin…
…de pronto todo se ha oscurecido. Hemos sentido un golpe, oído un estruendo y un segundo después… solo hay oscuridad.
Oigo su agitada respiración a mi lado, muy cerca de mí. No veo nada, pero sé que está ahí, es él. Alargo mi mano para tocarlo.
Todo estará bien, quiero decirle, pero no puedo.
Poco a poco siento que el calor abandona su piel. Sin embargo, hace un esfuerzo para acercarse un poco más a mí. Mi corazón late más deprisa, el suyo cada vez más lento. Esta vez soy yo la que acorta la distancia entre nosotros y, sabiendo lo que debo hacer, beso sus fríos labios, antes de que la vida huya por completo de él.
Entonces todo termina.
Lentamente cierro mis ojos, un enorme cansancio me ha invadido. El latido de mi pecho disminuye su velocidad y el frío me invade de pies a cabeza, haciendo que instintivamente me acerque más a él, acurrucándome en sus brazos.
Y al fin, antes de abandonar mi cuerpo, comprendo todo, recuerdo todo, y una sonrisa se dibuja, apenas, en mi rostro. Lo logré. No fracase después de todo. Lo logré.
Una suave mano acaricia mi fría mejilla, y un susurro llega hasta mis oídos, murmurando un "te quiero".
Mi único objetivo se ha cumplido. Ahora él tiene una vida por delante, mientras que yo, su ángel guardián, abandono por fin mi cuerpo mortal, dejándolo en sus cálidos brazos, en aquella estación derrumbada.
Beso de Piedra
Siento la herida punzante en mi espalda, helada, intensa, palpitante...
No sé lo que me está sucediendo, pero duele.
Me acuesto boca abajo sobre mi cama, fría y solitaria, intentando soportar el dolor hasta que pare un poco... pero no cesa, sigue estando ahí, torturándome.
Me remuevo y me giro hacia la ventana... recordando...
–¿Un deseo?
–Sí, tienes derecho a pedir lo que sea. Pero que sea solo uno, no vale pedir tener más deseos.
No puedo evitar reírme. Ya había pensado en eso.
–Bueno... entonces quiero...
Me lo pienso un rato.
–No tengo mucho tiempo, ¿de acuerdo?
–No me presiones, he leído demasiadas historias como para saber que esto hay que pensárselo bien.
–Tómalo ahora o déjalo, se me hace tarde.
–Vale, vale... pero no te vayas –lo detengo justo cuando ya abandonaba la banca en el parque.
–¿Qué quieres, entonces?
–Alas –respondo.
–¿Alas? ¿Como de ave?
–Como de ángel, para poder volar.
Me mira con incredulidad.
–¿Estás segura?
–Sí, ¿por qué? ¿Tiene algo de malo?
–No, nada, nada... bueno, aquí va... ¿lista?
–Sí.
Me pone su mano de mármol en la frente y murmura algo extraño. Un viento repentino me remueve el cabello.
–Bueno, ya está. Que tengas un buen día –me dice al tiempo que se coloca el sombrero y acomoda la gabardina sobre sus amplios hombros.
–¿Ya está? –Pregunto incrédula. –Pero... pero... ¡si no ha pasado nada!
Él se ríe, casi sin ganas.
–Es que las alas son como el cabello, tardan un poquito en crecer...
–Pero...
No alcanzo a terminar la frase, porque ya se ha ido. Lo sabía, era demasiado bueno para ser verdad. ¡En mi vida vuelvo a besar una estatua! Así esté de buena.
Quien lo diría, vuelvo al tipo éste a la vida, le consigo ropa y... ¿qué hace? me tima y luego se va... súper. Estúpido sujeto de piedra.
Pateo una piña de pino que se atraviesa en mi camino y me dirijo a mi casa con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta.
¿Soy yo o hace mucho frío para ser primavera?
Duele... demasiado... el dolor es casi insoportable. Una lágrima escapa de mis ojos. Y todo por esa vieja costumbre...
Creo que me han dejado plantada...
Llevo media hora esperando y nada, debí saberlo... las amistades se gastan con la distancia y el tiempo. Seguramente tendría cosas más importantes que hacer... y mi móvil que no recibe llamadas, maldita sea. En fin... será.
Me levanto de la orilla de la fuente y echo a andar por el camino hacia la salida del parque.
Por el rabillo del ojo percibo algo. Miro a mi alrededor y no hay nadie... vale, no pasa nada si nadie me ve. Me giro hacia la silueta que ha llamado mi atención. Está en medio de un claro, rodeada de árboles, y adornada por hermosas enredaderas y rayos del atardecer.
Su rostro masculino mira a la lejanía, melancólico.
Lo rodeo mientras examino los detalles que hacen a aquella estatua tan real. Si fuera de verdad, levantaría suspiros por doquier, eso ni negarlo. Pero afortunadamente está aquí, escondido, olvidado... solo para mí.
–¿Me aceptaría usted un beso? –sonrío coqueta frente a él. –¿De verdad? gracias... será uno pequeño, solo porque usted es muy guapo.
Me acerco a él subiéndome en la base de piedra que lo sostiene. Me alzo de puntitas –¡Si hasta es de tamaño natural!– y le planto un beso en los fríos labios de mármol.
Entonces siento que algo se mueve. Abro los ojos, asustada, y para mi sorpresa el hombre de piedra me sonríe.
Caigo hacia atrás, anonadada –aclaro, de pie, no soy taaaan torpe–.
–¿Q-que demonios...?
–Hace un momento no te parecía un demonio ¿o sí?
–¡Hablas!
–Hey... ¿qué te sucede? Por supuesto que hablo, y también beso muy bien ¿sabes? Solo que te alejaste demasiado rápido.
–No puede ser... ¡pero si eres una estatua!
Me sonríe burlón.
–Eso no pareció importarte...
–Porque eras de piedra...
–Soy de piedra.
Y tiene razón, salvo por sus ojos, todo lo demás tiene el mismo aspecto... aunque se mueva.
–¿Có-cómo es que estás... vivo?
–Creí que lo sabías... por algo me besaste ¿no?
–Me pareciste guapo...
–Vaya, gracias. Tú tampoco estás mal.
–Entonces... ¿reviviste porque te besé?
–Sí, algo así...
–¿Por qué? –casi le grito.
–Porque compartiste un instante de tu vida conmigo –responde esta vez serio.
–Wow...
Me sonríe.
–Oye... ¿me harías un favor?
–No.
–Aun no te digo qué es...
–Bien, dime qué es.
–¿Me conseguirías algo de ropa?
–No.
–No puedo salir de aquí así...
–Pues no salgas...
–¿Por qué eres tan hosca conmigo?
–Porque seguramente estoy soñando, ¡Tú no deberías estar vivo! y... además, ¿dónde te consigo ropa? No tengo dinero...
Frunce sus perfectos y lisos labios.
–Mira, si me consigues algo con qué taparme para salir, te doy lo que quieras a cambio.
–¿Lo que quiera?
Me sonríe y siento que pierdo el aliento.
–Digamos que puedo concederte un deseo, ¿qué dices?
Ni siquiera me detengo a pensarlo.
–Espérame aquí –le digo y me alejo corriendo.
Afortunadamente no tengo que buscar mucho rato. Un hombre yace leyendo en una de las zonas más tranquilas y solitarias del parque. Al parecer salió sin fijarse en el calendario, porque estamos en plena primavera y a él se le ocurre traerse una enorme gabardina gris y un sombrero que hace juego... y para mi gran alivio los ha dejado colgados en una rama del árbol que está detrás de él.
Pan comido.
Me acerco sigilosamente pegada al tronco del árbol, alargo una mano hacia el botín y... ¡patitas para que las quiero! ¡Corran por sus vidas! (me gustan las películas, ¿vale?)
Llego jadeando al claro del señor estatua. Pero me encuentro con que su lugar está vacío.
–¿A dónde rayos te fuiste? –digo en voz alta.
–A ninguno –dice una voz profunda a mis espaldas.
Doy un respingo y me vuelvo con el puño en alto.
–Golpear a una estatua no es muy aconsejable... podrías romperte la mano.
Bufo disgustada. Vaya susto que me ha pegado.
–Aquí tienes –casi le arrojo la gabardina y el sombrero.
–Vaya, gracias.
–Muy bien, ahora mi deseo...
Un aguijonazo hace que grite de dolor. Algo me abre la piel y siento que un hilo de sangre caliente me recorre la espalda...
Las lágrimas ya han humedecido la colcha de la cama. Tomo una almohada y la muerdo con fuerza. ¡Maldita sea! ¡¿Cuándo acabará esto?!
Siento que a cada segundo la herida se hace más grande. Ahogo otro grito en la almohada, y me hecho a llorar desconsolada.
¡Ya, por favor... es demasiado!
Un recuerdo aletea en el fondo de mi mente, queriendo escapar. No tengo fuerzas para impedirlo, y las imágenes aparecen ante mis ojos justo cuando algo comienza a brotar de mi espalda...
–¿De verdad, abuela?
–Claro que sí.
–Pero... ¿por qué lo encerró?
Mi abuela se encoge de hombros.
–Porque era un hechicero tramposo... y quería quedarse con la prometida del joven.
–¿Qué es una prometida, abuela?
–Mmmm, ¿te acuerdas de tu tío que se casó hace un mes?
Asiento enérgicamente con la cabeza.
–Bueno, pues su esposa, antes de casarse, era su prometida.
–¿Entonces el joven y la prometida iban a casarse?
–Así es.
–¿Y el hechicero encerró al joven para que no lo hicieran?
Mi abuela asiente sabiamente.
–Vaaayaaa. ¿Y qué pasó después?
–Nada.
–¿Nada?
–No. El joven aun sigue encerrado.
–Pero... pero... ese no es un final feliz –sollozo.
–¡Ah! Pero si yo no he dicho que ese es el final.
–Pero tú dijiste que luego no pasó nada...
–No, aún no ha pasado... pero puede que algún día el hechizo se rompa y el joven quede libre.
–¿Y cómo se rompe el hechizo, abuela?
–Mmmmm. El joven quedó convertido en estatua, ¿te acuerdas? Pues cuando una hermosa joven lo bese... él despertará.
Abro mucho los ojos.
–¿En serio, abuela?
–En serio.
–¿Y dónde está su estatua, abuela?
–Eso... es un secreto, hija. La joven que lo despierte tendrá que besar muchas estatuas antes de dar con él...
–Besar muchas estatuas... –repito en un susurro.
–Ahora entra a la casa y ponte un suéter, que pronto hará frío.
Parpadeo.
¿Dónde estoy?
Miro debajo de mí. Estoy sobre mi cama...
¿Qué... qué ha pasado? ¿Acaso todo ha sido un sueño?
Me levanto con un poco de dificultad. Siento los ojos hinchados, pero nada más. Nada de dolor.
Qué extraño... tengo el pijama puesto.
Busco el reloj y veo que son las ocho y cuarto de la mañana.
¿Acabo de despertar? ¿Apenas amaneció?
Abro la ventana para descubrir una hermosa mañana de primavera. La brisa me acaricia la cara y sonrío. Vaya sueño más extraño...
Me paso una mano por el cabello alborotado y algo queda atrapado entre mis dedos.
Una diminuta plumita blanca.
Pero...
Otra brisa llega hasta mí y en mi oído oigo una voz.
«Gracias». Me dice.
Cuando me doy cuenta el viento arrastra con él la pluma en mi mano y un par de plumas más. Plumas teñidas de rojo. Las veo alejarse calle abajo.
¿Qué es lo que tengo en la espalda?
Carta de un Ángel
Al mirar al cielo veo tu rostro en él, formado por estrellas y adornado por suaves velos de nubes. Y pienso en ti, sólo en ti.
Mi cuerpo poco a poco ha dejado de sentir el frío del suelo y el aire húmedo de la noche. El olor de la sangre ya no llega a mi nariz y el dolor de la bala en mi pecho se ha esfumado.
Me siento ligero, como un soplo de viento, como una mota de polvo, como un rayo de luna… incorpóreo. Pero sé que sigo siendo yo, como si mis pensamientos estuvieran entrelazados y se negaran, simplemente, a disiparse. Pero uno de ellos es más fuerte, más intenso y flota llevando a los otros con él. Ese pensamiento eres tú.
De pronto me doy cuenta de que estoy en tu habitación, mi cuerpo lo he dejado atrás y ahora puedo estar contigo.
En ese instante, entras, más hermosa que nunca. Llevas una camiseta gastada por el tiempo, que se adhiere a tu cuerpo menudo, y unos pantalones que tú misma has cortado para poderlos seguir usando. Entonces recuerdo el vestido que esta tarde pensé comprarte, y me alegro de no haber llegado a hacerlo. La ropa no es la que te hace lucir hermosa…
Tomas asiento frente a tu caballete improvisado, impregnas un grueso pincel de pintura y tu mano parece cobrar vida por sí sola. Y veo los suaves bocetos de un paisaje ajeno a este mundo, un paisaje que sólo nos pertenece a ti y a mí.
Los recuerdos vuelven a llenarme y por un segundo me parece que sigo vivo: recuerdo es día, en tu cumpleaños, que me impediste llevarte a cenar a ese lujoso restaurante. Tú querías ir al parque público, a la luz de las farolas y sentarte a solas conmigo, abrazados, a contemplar la Luna. Entonces, de tu morral, que no dejabas por nada del mundo, sacaste tu cuaderno de hojas blancas y comenzaste a trazar un bello árbol en el centro, luego unas lianas se desprendieron de él y en ellas nació un columpio de madera. Luego, yo sugerí unas montañas a lo lejos y de ellas bajó un río, que terminaba en varias pequeñas cascadas. Tú elevaste el árbol por encima de ellas, en la punta de un risco aplanado. Y así jugamos a inventar nuestro mundo, a los pies de aquel risco, y tú al final sonreíste y dibujaste dos figuras, abrazadas, sobre el columpio.
Ahora tú estás dándole vida y color a nuestro sueño, sobre un lienzo blanco de tela, y con una sonrisa dibujada en tus labios. Me gusta verte feliz. Tus ojos brillan, escondiendo cada uno una estrella y tu rostro luce radiante, como un amanecer tras una noche de lluvia.
De pronto, la calma se rompe, pues se oye el repicar del timbre en tu casa.
Bajas al recibidor, apenas haciendo ruido, pero tu madre se ha adelantado. La puerta ya está abierta, y fuera, es noche cerrada.
Tu madre se vuelve hacia ti y te llama.
–Es para ti –te dice.
Tú te aproximas, y yo contigo. Afuera, te espera mi hermana. Su rostro está pálido y el dolor se graba en cada una de sus facciones.
–¿Qué… qué ocurre? –preguntas con miedo.
–Yo… lamento venir así, pero… es… es… mi hermano…
–¿Le ocurrió algo?
–Él… él venía a verte, pero… en el camino… unos sujetos… lo asaltaron –su voz está tan rota que apenas si puede hablar. Tú te llevas una mano a los labios.
–¿Es-está bien? –preguntas.
Mi hermana no puede contener más el llanto y las lágrimas se desbordan por sus ojos marrones.
–Lo… lo hirieron. Cuando los médicos llegaron ya no pudieron… hacer nada… yo… yo… lo siento –mi hermana se vuelve y su novio ya está ahí para consolarla.
Tus rodillas dan contra el suelo, incapaces de sostenerte. Tu madre, notablemente afectada, da un paso hacia ti, pero tú echas a correr escaleras arriba, tropezando y nublada por el llanto.
Y, no se cómo, me duele… me duele tu dolor, a pesar de ya no tener cuerpo para sentirlo.
Te sigo, y encuentro tu pequeño cuerpo a los pies del cuadro inconcluso, con las manos abrazando tu vientre, recostada en el suelo. Tus ojos se aprietan, enrojecidos, y varios espasmos te recorren. Y siento que el alma se me parte. Me acerco, olvidando que no puedes verme y me recuesto frente a ti, o al menos, eso imagino que hago, ya no tengo cuerpo que lo haga.
«Yo estoy contigo… Estoy aquí» Intento decir, aún sabiendo que probablemente es inútil. Ya estoy muerto. Y sin embargo… sin embargo tus ojos se abren, lentamente, completamente brillantes por las lágrimas.
« ¿Puedes oírme? » Pregunto.
–¿Por qué me dejaste? –susurras, sin voz.
«Jamás te he dejado»
Tus ojos vuelven a cerrarse, pero esta vez no intentan contener el llanto, lo dejan fluir a través de tus negras pestañas.
«No me iré, lo prometo. Siempre estaré contigo»
Una mano se despega de tu vientre y la alargas… hacia mí, y al mismo tiempo vuelves a abrir tus ojos.
–Me hiciste muy feliz, siempre fuiste bueno conmigo. Gracias –murmuras. Luego tu mano la aprietas contra tu corazón–. Pero jamás pensé que doliera tanto… –y entonces el llanto te vuelve a interrumpir.
Me acerco más a ti y te envuelvo con lo que aún queda de mí, deseando que me sientas, que me imagines abrazándote.
«Jamás quise hacerte daño, lo siento»
Entonces suspiras, y llevas una mano a tu mejilla, acariciando algo invisible.
–Debo estar loca… te… te huelo. Huele a ti. Y… y tengo frío, pero se siente bien. Te siento. Estás conmigo, ¿no es así? Estás… conmigo.
No puede ser. De verdad sabes que estoy aquí. Me levanto, floto, y, con todo lo que aún soy, empujo una hoja de papel, la que tiene el boceto de nuestro mundo. Se mece y entonces resbala abajo, hacia ti.
Tus ojos vuelven a llenarse de lágrimas, pero esta vez una pequeña sonrisa adorna tu rostro. Me buscas con la mirada, en vano, pero yo me acerco y en cuanto te toco, tus ojos se cierran.
–Por favor, no te vayas. Te necesito, ahora más que nunca, porque no volveré a verte.
«Aquí estaré, cuidándote. Aunque tus ojos no me vean, mientras tu corazón me sienta, aquí estaré».
–Te quiero –susurras y entonces pareces dormir.
Yo permanezco a tu lado, contento de poder hacerte compañía, hasta que algo tira de mí. Es una sensación extraña, como si la gravedad estuviese invertida, y me reclamara en el cielo… lejos de ti.
Me aferro a la nada, al aire, pero es inútil, poco a poco me voy elevando, poco a poco tu figura empequeñece.
«¡No! » Me niego, pero es inevitable.
Entonces tú te remueves entre sueños y despiertas. Ya casi no te veo, ya casi no te siento. Miras a tu alrededor, confusa, buscando lo perdido… y lloras.
Y cegada por tus lágrimas, no adviertes una pequeña pluma olvidada, una pluma blanca que emite un débil resplandor, y a su lado… esta carta.
Adiós, Mi Vida.
La Pluma de Ángel
El ángel estaba en su fría habitación, sacando filo con su navaja a la punta de una de las largas plumas grises.
No se dio cuenta cuando la niña entró, con aire distraído y se sentaba a los pies del escritorio.
Ésta se agarraba uno de los mechones enrulados de su cabello castaño y jugaba a enrollarlo y desenrollarlo en su dedo.
«Quiero que me cuentes uno de tus cuentos» le dijo, sin dejar de mirar a la nada.
Entonces el ángel bajó la mirada, sin variar su expresión de estatua de piedra griega.
«Ya deberías estar durmiendo»
«No puedo… cuando duermo, dejo de soñar»
El ángel suspiró y le sonrió.
«Si no duermes, tu cuerpo no repondrá fuerzas… y entonces no tendrás fuerzas para seguir soñando»
La niña no despegó la vista del vacío.
«Quiero que me cuentes uno de tus cuentos» repitió.
El ángel volvió la mirada hacia la pluma que sostenía entre sus dedos.
«Esta pluma la acabo de tomar. ¿La ves? »
La niña alzó su mirada vacía hacia él. No parecía mirar nada, pero dijo sin embargo.
«Sí, la veo. Es muy bonita. »
«Es especial. Me gusta su forma, su delicadeza, los tonos que adquiere cuando la toca la luz, su textura… pero también me gusta las sensaciones que transmitirá al escribir con ella»
El ángel se tomó un momento para apreciarla y hacerla pasar por sus dedos.
«Será la primera que entregaré a una niña…» Le confesó al fin a la chiquilla que yacía en sus pies.
«¿Cómo la elegirás? »
El ángel sonrió, embelesado ante la idea.
«Será una niña que se parezca a ti. Una niña a la que le guste soñar despierta, que vea más allá de las cosas, que en su mente sea capaz de crear bellos paisajes, para contemplarlos con la mirada perdida durante horas…»
«¿Y cómo le entregarás la pluma, si no puede verte? »
«La dejaré caer, simplemente. Todos los demás verán una simple pluma de ave… pero ella sabrá que es la pluma de un ángel. Un ángel viejo, sí… que ya es incapaz de volar y que sus plumas han perdido el brillo y la pureza de antes… pero la reconocerá. Reconocerá la magia que hay en ella, la magia de poder construir sus sueños, con solo trazarlos»
«Ángel… ¿por qué les regalas tus plumas? ¿No te duele arrancártelas? »
«Lo hago porque ya he volado suficiente con ellas, ya he visto todo lo que tenía que ver, ya he recorrido todos los lugares a los que se me permitió entrar. A mí ya no me sirven. Pero a ellos sí… a los que aun son capaces de ver algo más. A los que son capaces de crear cosas bellas, aunque alrededor no haya más que tristeza y abandono. A los que las usarán para hacer que alguien más sueñe con ellos. A los que son capaces de detenerse y tomar una pluma descuidada y gris del suelo… y amarla como un bien preciado y usarla como un arma contra las penas»
«¿Y qué harás cuando se te hayan acabado todas? »
«Entonces… iré a ver los sueños que han creado con ellas… y te los contaré a ti, para que puedas dormir»
La niña asintió en silencio. Dejó de tomarse el mechón de cabello y se levantó.
«Creo que ya ha amanecido… tendré que dormir en cualquier momento aquí… y despertar allá…» comentó con un suspiro. «Quisiera no tener que dejar de soñar nunca… volveré en la noche, ángel»
«Te estaré esperando… pero antes de que te vayas. Toma la pluma que he dejado junto a tu almohada y déjala volar en el aire que entre a tu ventana. Si regresa a ti, es que ella te ha elegido, no yo»
«Si regresa a mí, entonces escribiré este sueño con ella»
Cazando al Cazador
El espectáculo de luces hace que todo se vea como en cámara lenta.
Aquella noche pensaba en colarme dentro del antro para comenzar ahí mi cacería…
En realidad, era culpa de mis amigos que yo estuviera en un lugar como éste. Dicen que necesito "salir" más a menudo. Claro que para ellos "salir" implica ir a algún lugar donde haya chicas, música y alcohol.
Mi propio concepto de salir, un viernes por la noche, consistía en tomar la daga plateada que había sido mi única herencia, e irme de caza.
Poco común para un chico de 19 años, lo sé, pero es que todo en mí es extraño.
En fin, acabé accediendo, puesto que deduje que a mis presas también les gustaba frecuentar este tipo de lugares, por razones propias.
El ambiente es extraño e irreal. La música retumba hasta el punto de hacer vibrar el piso y las luces intercalan colores y efectos que alteran la visión y percepción de cualquiera. Incluso estando sobrio.
Sin embargo, al cabo de un rato, termino por acostumbrarme.
Un sujeto se acerca a nosotros para cambiarnos de lugar… resulta que tienen que asignarte uno al llegar, aunque, al fin y al cabo, dé lo mismo…
Después de una hora de escuchar el mismo ritmo y ver a mis amigos beber vaso tras vaso de alcohol, decido ir por mi cuenta. No sé que esperan… ni siquiera se han tomado la molestia de acercarse a alguna chica. Les digo que voy al sanitario y ellos me piden que les traiga otra ronda de bebida.
Vale, están más ebrios que nada. Me alejo pasando entre el gentío que baila y se retuerce en poses provocativas. Mis ojos pasan de aquí allá, evadiendo miradas y buscando espaldas negras.
Es entonces cuando la veo… a quien menos esperaba encontrar aquí. Se mueve al compás de la música, como los demás, pero con movimientos más suaves, ligeros, tímidos… sintiéndose fuera de lugar.
Y es que de verdad lo está.
Sus alas blancas, puras, caen sobre su delicada espalda, meneándose de aquí allá, en un vaivén extraño e hipnotizante. Pero claro, nadie más que yo lo nota. Los demás sólo ven a una chica delgada, bajita, y con rostro de niña, como si la inocencia de su mirada se reflejara en todos sus demás rasgos. Sonríe con vergüenza a las chicas que la acompañan y que la invitan a desinhibirse.
Me pregunto si será conciente de lo extraña que es su presencia aquí.
Justo cuando estoy a punto de acercarme un poco más a ella, noto que no soy el único que se ha fijado en la menuda figura del ángel.
Ahí está. Una de mis presas, alzando sobre sus hombros las imponentes alas negras, henchidas de oscuridad. Sonríe, fijo en ella, y se le acerca con cautela. Ella ni lo mira, y eso hace que mi pregunta se responda sola. Ella no sabe lo que es. Ha olvidado todo y se ha vuelto ciega al mundo al cuál pertenece.
El demonio también lo sabe, porque él acaba de invitarla a bailar, burlón, y ella se ha negado con una sonrisa, sin temerle, sin sostenerle la mirada hipnótica, y sin haberle dicho nada mas que un suave meneo de cabeza.
Aprieto los puños, con rabia. Él sabe que ella es un ángel, y también sabe que está indefensa, que se considera humana y cree que puede aprovecharse de la situación.
Se aleja, pero eso no indica que la dejará en paz… no. Continúa acechándola desde un asiento cercano, y ella no lo nota. Considero la posibilidad de acabar con él en este mismo instante, pero entonces me doy cuenta de que no está solo. Cerca de él, hay otros tres pares de alas negras, riéndose, y seduciendo a las chicas que se niegan a separarse de los chicos rubios que creen que son.
El demonio que observa a la chica de las alas blancas es moreno, y tiene el cabello rizado de un negro semejante al de sus alas. Sus ojos desprenden el mismo destello rojo que el de sus compañeros, sedientos de almas.
Decido regresar con mis amigos, ya que desde ahí podré vigilar al demonio y pasar desapercibido, como un humano más.
Un ángel también podría darle caza a éste, con mucha más probabilidad de éxito que yo en una pelea justa. Pero sucede que los demonios no se limitan por las reglas, son tramposos y esquivos, y les gusta atacar en grupo.
En un lugar como éste, las alas de un ángel atraerían la atención de cualquier demonio… tal como lo ha hecho la chica. Si ella estuviera armada y dispuesta a pelear, ya la habrían eliminado; pero no, él pretende jugar con ella.
Es por eso por lo que yo tengo más posibilidades aquí, en un mar de humanos, encubierto por mi naturaleza, pero con unos ojos que ningún humano debería tener… a menos que… los hubiera heredado, tal como la daga que llevo oculta en la pierna.
Poco a poco, el ambiente se hace más pesado, el humo del cigarro provoca una capa grisácea que contribuye a darle un aspecto irreal al lugar. Apesta a alcohol y vómito, y muy probablemente, yo soy el único humano sobrio en el antro.
Aproximadamente a las cuatro de la madrugada, el demonio se levanta y va directo hacia el ángel, la mirada fija en ella.
Mi cuerpo se tensa. No sé cuál será el desenlace de esto, pero no puedo evitar entrometerme. No puedo dejar que se aproveche de la situación y robe su alma… un alma tan pura, tan blanca como sus alas.
Lo sigo.
A cierta distancia, vuelvo a ver las bellas alas del ángel, un poco más erguidas que antes y que se mueven con soltura.
El demonio se le acerca por la espalda, sin que ella se dé cuenta. Acelero el paso.
Está justo detrás de ellas, alarga la mano y… la toma por la cintura, acercándola a su cuerpo.
La chica se tensa y vuelve la cabeza hacia él, parece reconocerlo como el chico que la había invitado a bailar, porque vuelve a mirar a sus amigas, un poco sonrojada, y lo deja estar.
La escena no podría ser más extraña.
Un demonio y un ángel, bailando… y encima es la música electrónica que ya me tiene hastiado.
El sujeto sonríe, envuelve con sus brazos el torso de ella y aspira el aroma de su cabello. También percibo como eleva sus alas llenas de penumbra y roza las de ella, de un blanco absoluto y brillante. Luz y oscuridad. Polos opuestos.
Alguien me empuja y me doy cuenta de que estoy petrificado, entre el mar de figuras humanas que bailan muy cerca unos de otros.
Me aproximo hacia la pared, y observo desde ahí. Ambos me dan la espalda. Si él pretende hacerle daño, le lanzaré la daga desde aquí. Esta vez no se trata solo de dar caza a un demonio, sino de proteger a la chica ángel.
Debí haberla invitado a bailar yo y así mantenerlo alejado… pero siendo sincero conmigo mismo, no me hubiera atrevido. Sólo él ha tenido el valor y la descaradez de acercarse y bailar con ella. Tocarla con su impuro ser…
Estoy apretando los dientes mientras veo cómo él intenta deslizar sus manos hacia arriba… la chica lo detiene, haciendo que regrese sus manos hasta su cintura.
No pasa ni un minuto cuando él lo intenta de nuevo, pero no lo logra. Entonces aproxima su rostro hacia ella, hacia su mejilla, pero el ángel gira el rostro, incómoda. Él vuelve a inhalar el perfume de su cabello y luego exhala un espeso humo.
Ahora desliza sus manos hacia abajo, la chica intenta detenerlo otra vez, pero él logra abrirse paso e introduce sus manos en las bolsas del pantalón de ella.
El ángel se encuentra tensa, pues sus pies se mueven con cierta torpeza y su pose es incómoda. Sus amigas le sonríen.
Veo cómo el demonio hace que sus cuerpos se aproximen aún más, y que el vaivén del baile provoque roces entre ellos…
Ya sé lo que quiere, quiere tentarla. Hacer lo mismo que hace con las otras humanas.
No te funcionará. No con ella. Pienso con fuerza.
Es denigrante adivinar sus intenciones. ¡Pretende seducir a un ángel! Engatusarla y hacer que le entregue su alma. Sólo porque ella ya no recuerda nada… y se cree una simple humana, una simple mortal…
Dudo que ella caiga en sus trampas, pero aún así pretendo cuidar de ella por esta noche.
Después de más de una hora, él sigue con ella. No la deja, está aferrado a no soltarla.
No puedo evitar sonreír al ver como ella lo pisa en un descuido, pero él no se inmuta.
Quizá esté nerviosa, o cansada… ¿qué haría si supiera que quien la toca es un alas negras? ¿un demonio? ¿Y qué haría si alguien le dijera que ella es un ángel?
No lo creería, seguramente.
Ahora las amigas de ella le indican otro lugar. Una plataforma cuyo piso tiene recuadros luminosos de diversos colores. Ella accede a ir con ellas… y el demonio también. Va tras ella, le tiende una mano para ayudarla a subir y… vuelve a colocarse tras su espalda, envolviéndola con sus brazos, acercándose mucho a ella.
Cambio de posición y vuelvo a acortar la distancia. No podrá llevársela, no lo dejaré. Antes enterraré mi daga en su sucio cuerpo, le arrancaré la piedra y la romperé para liberar a las almas cautivas en su interior.
Bostezo.
La noche parece interminable. Y más observando los descaros de este maldito demonio. Luce tan patético arrimándosele de es manera a la chica de alas blancas. Como si con eso fuera a caer redondita en sus brazos y le fuera a entregar a su alma así como así. Su preciosa alma... Él debe desearla... Pero no la obtendrá.
Una de las chicas que acompañan al ángel la toma de la mano y tira de ella, intentando alejarla del demonio. ¿Qué está pasando?
Impulsivamente, me acerco, pero debo de pasar desapercibido, y hago algo que en mi vida he hecho. Con un enorme esfuerzo, sigo el ritmo de la música y me muevo a su compás.
Me siento totalmente fuera de lugar, pero al menos así ahora me percato de lo que sucede.
La chica ángel tiene una ligera expresión de angustia. Su amiga vuelve a tirar de ella, pero entonces el demonio alza la vista y la clava en ella. Sus ojos rojizos destellan con una amenaza y ella suelta la mano del ángel.
El demonio aproxima sus labios hasta el oído de la chica alada y se hace oír por encima del estruendo de la música. Los demás quizá no lo oyen, pero yo sí, puesto que mis oídos son tan sensibles como mis ojos para percibir la voz característica de los seres alados. Demonios y ángeles por igual.
«¿Cómo te llamas? » Pregunta él, con voz seductora, pero impregnada de maldad.
«Angie» Responde ella, acercando sus labios al oído de él. Su voz es hermosa… y su irónica respuesta hace sonreír al demonio.
«Yo soy…» Se presenta. No llego a escuchar su nombre, pues se lo ha hecho llegar solo a ella.
Ella asiente ligeramente, pero no dice nada más, humedece sus labios resecos, incómoda.
«Me gustas mucho» Le dice entonces él con intensidad, casi con fervor. Me da asco.
Ella se vuelve hacia él para responderle. Cruzo los dedos involuntariamente.
No te dejes engañar. No dejes que él te engañe…
Parece dudar antes de decir:
«Pero apenas nos conocemos» Replica con inocencia. El demonio parece frustrado. Las miradas de las amigas de la chica están clavadas en él.
«¿No crees en el amor a primera vista? » Le pregunta enigmático y, sin esperar a que ella responda, la suelta y se va.
Ella se vuelve, confusa, y lo ve alejarse. Suspira, y estira sus pies, notablemente cansada, pero también un poco aturdida.
Yo también suspiro.
Esta noche no la tocará… pero hay algo en la última pregunta que él hizo, que me hace creer que no se dará por vencido tan fácil.
Y yo tampoco…
Averiguaré quién es este ángel y quien cree ser en el mundo humano. La protegeré de quien quiera dañarla.
Pero, antes… a matar a ese maldito demonio.
Tan sólo un sueño
Te encontré, una noche, en mis sueños. El cielo estaba azul, un azul oscuro, precioso, salpicado de luces incandescentes, más grandes que las estrellas, o, al menos, daban la apariencia de estar más cerca. Como si fueran una lluvia de polen luminoso.
El pasto, bajo mis pies descalzos, estaba húmedo y frío, pero no me importaba pisarlo, porque ahí estabas tú.
Llegaste, atravesando una neblina negra y espesa, y justo cuando yo te miraba con gesto sorprendido, me sonreíste, y la soledad que siempre había estado conmigo se esfumó.
Te acercaste, poco a poco, como en cámara lenta, mientras las luces jugaban con tu cabello y hacían destellar tus ojos, del color de la plata. Yo me quedé quieta, muy quieta, tan quieta como puede estarlo una estatua, y esperé.
Si había esperado tantos años, ¿por qué no unos minutos más?
Cuando estuviste frente a mí, tu sonrisa de desdibujó, y me miraste muy serio, con esa mirada tuya, tan profunda, tan cautivadora, tan llena de secretos y palabras, tan llena de sueños. Como éste.
Bajé la vista, un poco nerviosa. No sabía lo que pensabas en ese momento, de mí, de estar ahí… de encontrarte de pronto en uno de mis sueños.
Debió parecerte extraño, porque entonces lanzaste un rápido vistazo a tu alrededor, y alargaste tu mano para tomar una de las luces que flotaba hasta ti. Se quedó quietecita en tu palma, titilando, suave y ligera.
Fue cuando me tocaste, por primera vez. Alzaste mi mano y pusiste la luz en ella, luego cerraste mi puño y besaste mis nudillos, volviendo a fijar tu vista en mí.
Me quedé embelesada, atrapada, cegada…
La luz de tus ojos era aún más hermosa que el mágico paisaje que nos rodeaba.
Abrí mi palma, con el pretexto de querer mirar la luz y así conseguir librarme de tus ojos de luna.
La lucecita ahora formaba un pequeño remolino, que cambiaba de colores y se removía, liberando a su vez más destellos.
Entonces tu aliento los hizo volar. Lo hiciste apropósito, pues cuando alcé la vista hacia la lejanía, tomaste mi barbilla para dirigir mi rostro de nuevo hacia ti, con suavidad. Tu mirada parecía decir: "No te distraigas, mírame. He venido sólo por ti".
Suspiré. Claro, había sido yo la que había deseado que aparecieras. ¡Y justo cuando una estrella fugaz surcaba el cielo!
Y mira que cumplen lo que prometen, al pasar tan veloces, sabiendo que sólo uno, de todos los humanos que la vieron, estaba deseando algo en ese mismo momento.
Y me tocó a mí.
Parece increíble, ¿no? Justo a mí.
Un suspiro tuyo hizo que volviera a la realidad. A la realidad de mi sueño, quiero decir.
¿Ahora qué? Me pregunté. Tanto tiempo esperando este momento, para que al final, no supiera que hacer ni que decir.
Y tú lo sabías. Sabías lo que yo pensaba, como si leyeras mis pensamientos. Porque te acercaste aún más, ladeaste mi cabeza, y… tus labios quedaron en mi oído. Sentir tu aliento tan cerca, a punto de confesarme un secreto, hizo que me estremeciera. Sentí cómo tu boca se abría, cómo estaba a punto de formular una palabra… la primera palabra que me dirías, a mí, sólo a mí.
Pero callaste, y jamás sabré por qué. Sólo permaneciste así, esperando algo. Incluso te oí pasar saliva, como si no supieras si debías o no decirme tu secreto.
En vez de eso, colocaste tus labios en mi cuello y suspiraste. Lento. Me pareció que fue tan lento… porque cada una de las células de mi piel percibieron ese roce, una por una, las sentí.
No pude esperar más. Mi mano se alzó, con la intención de rodear tu cuello y pegarme un poco más a ti. No podía alejarme por más tiempo de tu ser.
Pero eso fue como reventar una pompa de jabón. La última campanada que rompía el hechizo.
Te atravesé.
Con mi mano, te atravesé. No pude tocarte, y aún así te diste cuenta, porque te alejaste, con una mirada seria de advertencia.
«Tan sólo es un sueño» Susurró una vocecilla en mi mente.
Te volviste bruscamente, y echaste a andar. Internándote cada vez más en aquella neblina negra que de repente volvía a brotar.
No. ¡No podías irte! ¡No así! ¡Espera!... por favor…
Correr tras de ti fue inútil, pues pronto yo también me encontraba envuelta en la oscuridad, pero sola… muy sola.
Hacía frío.
«No me dejes…» Suplicó mi pensamiento. Y esa noche… esa noche… te encontré, y te perdí.
Lo único que pudo rescatarme de la pesadilla fue un grito, mi grito, gritándole a la oscuridad.
Poemas y Pensamientos
Pronto...
