Sueños tras el Metal
La búsqueda de respuestas comienza...
Limpió las lágrimas de su rostro. Y toda la tristeza que la embargaba, la cubrió con una sonrisa. La sonrisa de quien se permite dormir solo un poco más, incluso sabiendo que tarde o temprano despertará.
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Capítulo I
// Sueños rotos
A la distancia, se podía oír el borboteo del agua. Sus pies aceleraron la marcha y pronto pudo contemplar la fuente de piedra gris. El aire era fresco a causa de la brisa y humedad que emanaba. El cielo de ese día era completamente azul y el Sol se encontraba justo en la cima de la cúpula celeste.
Pero ella solo era consciente de la fuente y el agua que en ella fluía. Un profundo sentimiento de familiaridad la invadió y dio los últimos pasos para llegar hasta ella.
Tocó la fría piedra del borde y respiró el característico aroma del agua en movimiento.
Una mirada al espejo que se formaba en la base de la fuente fue suficiente para recordarle, que ella, hacía mucho que había dejado de pertenecer a ese escenario.
Su cabello negro y lacio lucía alborotado. Su piel era demasiado pálida, como si jamás hubiera sido tocada por el Sol. Sus labios gruesos y pequeños se encontraban resecos. Y sus ojos, oscuros y ligeramente alargados de los extremos, ocultaban cierta tristeza.
No. Ella, junto con sus ropas grises, ya no debían estar ahí. Era como una mancha de polvo en un bello paisaje de vivos colores.
Sus ojos repasaron su reflejo una vez más, antes de que una de sus manos tocara el agua para hacerlo desaparecer. Un fuerte chirrido se desprendió de la húmeda superficie y ella tuvo que retroceder, asustada. Entonces supo que todo estaba a punto de volver a la normalidad, lo gris a lo gris.
La alarma despertó a Nadhel, exactamente a la misma hora de siempre.
Entrecerró los ojos, inmediatamente después de abrirlos, al percatarse de la intensa luz que emanaba de la pequeña pantalla sobre ella. Presionó un desteñido botón blanco, junto a la pantalla, y la compuerta lateral de su apretada habitación se abrió.
Tal como todas las mañanas se desperezó una vez fuera de aquel compartimiento, que era apenas más grande que el tamaño de su esbelto cuerpo. Miró su monótono traje gris, carente de cualquier tipo de adornos, se calzó unos gastados zapatos, guardados a los pies de su dormitorio y se puso en marcha.
Mientras avanzaba jamás fue consciente de los cientos de jóvenes que avanzaban junto a ella, pues ya eran parte de su rutina, parte del paisaje de todos los días.
Finalmente llegó al enorme comedor, donde unas largas mesas metálicas lo recorrían en todo lo largo. Todas ellas grises, con bancas grises, con chicos de trajes grises por doquier. Ella solo era una más, otra vez, de aquel lugar sin vida ni color.
Sonrió mientras se sentaba frente a otras dos chicas, vestidas exactamente igual que ella, pero que, salvo por el color de la piel, no se le parecían en nada más.
–Hola, Nad. –saludó Ann, una chica un poco más alta, de mirada fuerte, y cabellos ondulados de un extraño color caoba.
–Era precioso –respondió ella, sin quitar la sonrisa de su rostro. Su mente comenzaba a traer imágenes y su mirada se volvió un poco ausente.
–¿Qué cosa? –necesitó preguntar Jewie, la segunda chica.
–Mi sueño –respondió Nadhel mirando los grandes ojos de Jewie.
Jewie era la más joven de las tres. Tenía un rostro aniñado, muy fino, y su pelo lacio, más largo de enfrente, era del color de la miel. Sus grandes ojos, apenas más oscuros, resaltaban por su brillo y profundidad, pero no más que el extraño rasgo que la caracterizaba: dos afelpadas orejas, parecidas a las de un zorro, echadas siempre hacia atrás, sobre su cabeza.
–¿Otra vez soñando? –rió Jewie, con voz cantarina y dulce.
–Esta vez había una fuente, una fuente hermosa. Pero lo extraño es que me pareció que la conocía, aunque no recuerde haber estado ahí.
–Quizás sí, y por eso la soñaste ¿no? –sugirió Ann.
–No sé. Incluso me veía reflejada en el agua, tal y como soy ahora… no creo que haya sido un recuerdo.
–Los sueños son raros –murmuró Jewie, ahora seria, para sorpresa de sus amigas. Hizo una mueca con sus finos labios y comenzó a trazar extrañas figuras sobre la mesa con un dedo.
–¿Por qué lo dices? –preguntó Ann. –¿Es sobre lo que me ibas a contar?
–¿Sobre qué? –preguntó Nadhel. Ella siempre llegaba tarde, debido a que su habitación se encontraba más alejada del comedor, y además, sus dos amigas dormían en compartimientos contiguos. Por eso la mayor parte del tiempo se sentía desinformada.
–Que también soñé algo, Nad. Bueno… en parte fue un sueño, pero…–comenzó a decir Jewie, aun en voz baja y sin despegar la vista del metal de la mesa.
–Pero… –la instó a continuar Nadhel.
–Cuando desperté resultó ser real.
–¿Cómo?...
–Jewie, ¿qué fue lo que soñaste? –la interrogó Ann.
Jewie al fin alzó la mirada hacia ellas.
–Que me transformaba…
Sus amigas la miraron con el ceño ligeramente fruncido.
–Miren –les indicó Jewie. Nuevamente bajó la vista, hacia una de sus manos. La estiró ligeramente y poco a poco esta fue tomando otra forma, hasta parecerse a la pata de un animal.
Ann y Nadhel se quedaron perplejas, y no supieron decir nada más cuando Jewie, luego de volver a transformar su mano, la escondió bajo la mesa.
Tras unos instantes de incómodo silencio, Ann habló.
–Bueno ¿y qué? ¿No deberíamos comer ya? –dijo mientras comenzaba a incorporarse.
–Cierto –coincidió Jewie con una sonrisa, aliviada de que Ann le restara importancia al asunto.
–Yo esperaré a Leo… –murmuró Nadhel, haciendo que sus amigas se detuvieran un momento.
–Oh, es verdad –dijo Ann, un poco incómoda.
–Pero él luego ni viene, Nad. Ya ves que lo citan muy temprano para las terapias… –intervino Jewie.
–Pero…
–Además, tú comes muy lento –continuó su amiga –si llega a venir, acabarán al mismo tiempo si empiezas antes.
Después de hablar, Jewie mostró una de sus radiantes sonrisas, que alegraban el día a cualquiera. Nadhel hizo un mohín, pero aceptó y se incorporó junto con ellas. Ann sonrió, Jewie siempre sabía como arreglar las cosas. Sobre todo si se trataba de Nadhel.
Se dirigieron a uno de los extremos del comedor, donde había una larga hilera de cubos metálicos sobre una plataforma. Cada una se formó frente a uno, y cuando hubo llegado su turno, introdujeron una credencial. El cubo despachaba una charola negra recubierta por una delgada capa de plástico. En su interior podía apreciarse una especie de masa grumosa y un par de tablillas cafés.
Cada una tomó su comida, un cubierto y fueron de vuelta a su lugar acostumbrado.
–Odio esta comida –murmuró Ann, como acostumbraba, al tiempo que quitaba la cubierta de plástico.
–La cosa verde es peor, te lo juro –bromeó Jewie, haciendo alusión al color de su platillo.
Ann miró el plato de su amiga e hizo cara de asco. Las dos soltaron una carcajada.
–Jewie, ¿no tenías terapia hoy? –preguntó Nadhel de repente. Miraba su comida, pero solo la removía con el cubierto sin hacer la menor intención de comerla.
–Eh, no –respondió Jewie rápidamente, quitándole importancia.
Nadhel alzó la vista para verla, pero ella se hallaba comiendo con gran apetito la horrible masa color verde. Nadhel miró el enorme reloj del comedor y lanzó un suspiro.
–Quizá sí lo citaron temprano…
–Nad, mejor come. Ya sabes que a él no le gusta que lo esperes demasiado –la animó Ann.
Nadhel asintió y, como si estuviera en estado de trance, comenzó a comer mecánicamente.
Jewie fue la primera en terminar y, al no saber que más hacer, comenzó a lanzar boronitas de sus tablillas a la cara de Ann.
–¡Pero que insoportable eres! ¿No puedes quedarte quieta un momentito? –gruñó su amiga.
–Es que es muy aburrido esperarlas.
–Si comieras más despacio…
–Tenía hambre… –se quejó. Luego recargó su delicada barbilla sobre sus brazos cruzados e hizo un gesto triste. Con aquella mirada y sus delicadas orejas echadas hacia atrás le rompería el corazón a cualquiera.
Ann no pudo evitar reírse de ella. La conocía demasiado bien para saber lo bien que fingía, y sin embargo no pudo negarse.
–Está bien, está bien, señorita glotona. Vamos… –luego miró a Nadhel que estaba terminando. –¿Vamos, Nad? Así sirve que matas el tiempo un rato, ya sabes que luego va para largo.
Nadhel de un momento a otro sonrió.
–Claro.
Como todos los días, se dirigieron a la amplia explanada que servía de gimnasio. Al centro había numerosos aparatos en los cuales pasaban el rato y, alrededor, una ancha pista sobre la cual podían correr.
Era al único lugar que acudían, por lo general. En aquel internado de paredes metálicas la vida era monótona y no ofrecía grandes expectativas. Desde que había comenzado la guerra, los niños fueron resguardados en aquel lugar y, a partir de entonces, no habían visto la luz del sol.
Después de cinco años, desde que los primeros niños entraran, ocurrió que algunos de ellos comenzaron a presentar cambios en su apariencia y algunos, incluso, en su comportamiento. Por eso fueron llamados tanto científicos como doctores y comenzaron a investigar la causa. Al determinar que los niños estaban mutando por haber estado expuestos a las radiaciones de la guerra, decidieron someterlos a tratamientos antes de que los cambios fueran desconocidos por el cuerpo y murieran…
Esto era lo que se sabía, lo que todos sabían, la única historia de aquel lugar. Así habían crecido las tres chicas, alejadas de sus padres, de su hogar y de sus sueños; y por lo mismo, lo aceptaban como algo normal.
Nadhel se dejó caer desde una de las cuerdas que colgaban del alto techo, jadeando.
–Perdiste –rió Jewie desde lo alto y Ann se unió a sus risas.
–No creo que algún día alguien te venza, Jewie –dijo.
–Tienes razón, es como un pequeño monito –bromeó Nadhel.
–¡Hey! –Jewie se deslizó ágilmente de la cuerda sobre la que se balanceaba y aterrizo frente a ellas. –¿A quién le dijiste monito?
–No es cierto, Jewie, sabes que te quiero.
–Claro que me quieres –comento Jewie, muy segura de si misma –¿qué harías tú sin mí?
Nadhel le sonrió, pero luego desvió su mirada hacia la entrada izquierda del gimnasio y su rostro se tornó triste.
–¿Qué pasa? –le preguntó Ann.
–No ha llegado. Quizá…
–Vendrá, no te preocupes –la interrumpió Jewie. –Mientras puedes… intentar recuperar tu credencial –rió de repente al tiempo que extraía la tarjeta del pantalón de Nadhel y echaba a correr.
–¡Jewie! –gritó Nadhel y tuvo que correr tras ella, sin poder evitar seguirle el juego.
Ann permaneció quieta, observando fijamente a Nadhel, con gesto preocupado.
Cuando Nadhel finalmente se rindió, Jewie fue a sentarse a su lado en uno de los extremos del gimnasio y le tendió la pequeña credencial.
–Eres incansable –jadeó Nadhel.
–No, tú estás en mala condición. Debería ponerte a correr más seguido –respondió Jewie con una enorme sonrisa en su rostro.
Nadhel le correspondió la sonrisa, aún agitada y con las mejillas enrojecidas. Jewie parecía no haber hecho el mínimo esfuerzo.
–Por cierto, ¿dónde está Ann? –preguntó de repente Jewie.
Nadhel no respondió enseguida, pero buscó a su amiga con la mirada.
–Creía que se había quedado por aquí… pero no la veo.
–¡Ahí está!
Nadhel siguió la dirección de la mirada de Jewie, más brillante de lo normal.
Ann acababa de entrar por una de las dos entradas del gimnasio, metió algo en la bolsa de su pantalón gris y luego alzó la mirada, buscándolas.
Jewie se incorporó de un salto y la llamó.
–¿Dónde estabas? –la cuestionó cuando estuvo lo suficientemente cerca.
–Fui a tomar agua –respondió Ann tranquilamente.
Jewie entrecerró un poco los ojos, sabía que Ann se traía algo entre manos, pero no se lo reprochó de momento.
–Bueno, ¿y ahora qué? ¿Tú también quieres perseguirme?
Ann le sonrió.
–No tienes remedio, Jew… ¡Ah!, Nad, me encontré a Leo cerca de los bebederos. Me dijo que iba a pasar la tarde en terapia, quizá salga hasta mañana.
Nadhel la miró preocupada.
–Oh, no. Pobre Leo…
–No te preocupes, se le veía bien. Sabes que es muy fuerte.
Nadhel solo asintió y bajó la vista. Jewie aprovechó la falta de atención de Nadhel para cuestionar a Ann con una de sus profundas miradas, pero ella no se inmutó. Entonces Nadhel volvió a romper el silencio.
–Creo que voy a verlo.
Ann al instante la detuvo.
–Nad, sabes que a él no le gusta que lo esperes todo el día. No quiere que te preocupes tanto. Déjalo estar un ratito.
Nadhel solo frunció los labios, pero no insistió. Había aprendido a jamás intentar discutirle algo a Ann, porque, fuera lo que fuera, ella siempre ganaba.
Por la tarde, después de comer y asearse, se quedaron a charlar en una de las largas mesas del comedor. En realidad las que platicaban solo eran Ann y Jewie, porque Nadhel parecía ausente, con la vista perdida en un punto indefinido. Y como siempre, sus amigas no le dieron importancia. Ya no.
Nadhel solía perderse en sus pensamientos, en sus sueños, en sus fantasías y recuerdos. Y cuando Leo, su mejor amigo, se ausentaba por demasiado tiempo, sus pensamientos siempre estaban dirigidos a él. Le preocupaba el hecho de que durante los últimos cinco años Leo hubiera sido sometido a numerosas terapias y tratamientos, que por lo normal, lo dejaban agotado y sin ningún resultado favorable. En lugar de eso, parecía empeorar, y a ella se le encogía el corazón el tan sólo pensar que podía perderlo.
–¿Nad?... ¡Nad!
Nadhel lentamente volvió a ser consciente de su alrededor y de la dulce voz de Jewie llamándola.
Alzó la vista hacia ella.
–Ya es tarde, ¿no piensas venir?
–Ah, sí… –dijo mientras se incorporaba, no muy segura de a dónde se dirigían.
–Ya verás que mañana lo ves –intentó consolarla Jewie.
–Sí, eso espero –murmuró.
–Bueno, Nad, te dejamos. Descansa ¿si? –se despidió Ann.
–Seguro, nos vemos.
Ann y Jewie se separaron de ella, hacia sus habitaciones. Nadhel permaneció quieta un momento, mientras se decidía hacia dónde debía ir. Finalmente retomó la marcha.
El pasillo se encontraba sumergido en la oscuridad. Pero Nadhel conocía el camino, solo esperaba no llegar demasiado tarde o las puertas ya estarían cerradas. Antes de llegar al fondo, donde una débil luz verde parpadeaba, se giró hacia la amplia entrada blanca de la zona de tratamientos y la empujó muy suavemente. La puerta no se movió. Efectivamente, ya estaba cerrada.
–¿Nad? –murmuró alguien a sus espaldas. Ella se giró rápidamente con un brillo en la mirada.
–Leo… –susurró de vuelta –¿P-por qué estás ahí?
El chico se encontraba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared del pasillo.
–Quería alcanzarte, antes de que fueras a dormir, pero he quedado agotado. Disculpa.
Ella se aproximó, preocupada.
–Deberías estar dentro, descansando…
–Lo sé –sonrió él. –Lo mismo podría decirte a ti, pero no tendría caso ¿o sí?
Nadhel se rió bajito.
–Tienes razón… ¿quieres que te ayude?
–Ya casi se pasa, no te preocupes.
Aún así Nadhel le tendió la mano y Leo la tomó para incorporarse. La débil luz que emanaba de la entrada le iluminó ligeramente las facciones. Se trataba de un muchacho alto, de cuerpo esbelto y mirada dulce. Su mandíbula hacia tiempo que había dejado de tener la redondez de un niño, y su cabello café claro le llegaba por debajo de los oídos. Sin embargo su rostro era diferente al de cualquier muchacho de 18 años.
Nadhel no se inmutó cuando percibió los extraños rasgos que deformaban su nariz y labios, más parecidos a los de un animal que a los de un humano.
Ella le tomó el brazo y se lo pasó por uno de sus delicados hombros. Leo rió en silencio.
–En serio, Nad. No es necesario.
–No importa. De todos modos necesito que me guíes de regreso. Yo no veo en la oscuridad, ¿recuerdas?
Él le apretó cariñosamente el hombro y comenzó a andar, un poco tambaleante. Nadhel sonrió para sus adentros. Después de todo, había podido ver a Leo aquel día.
Ambos se quedaron un rato platicando, fuera del pequeño dormitorio de Nadhel, como acostumbraban. Ella había insistido en acompañarlo hasta su cama, pero él se había negado y Nadhel jamás lo contradecía.
Nadhel le contó su día, tan parecido a los demás, y Leo la escuchó con atención. Luego la besó en la frente y la animó a recostarse y dormir.
–¿Qué tal te fue a ti? –le preguntó ella.
–Lo mismo de siempre. Estoy un poco molido pero tengo la esperanza de que mañana no me llamen.
–Yo también –murmuró ella.
Los dos sonrieron. Luego Leo cerró la compuerta al tiempo que le susurraba "Que tengas dulces sueños". Nadhel solamente lanzó un suspiro y cerró los ojos.
El cielo comenzaba a colorearse de rojo y a llevarse la oscuridad de la noche. Una noche triste al parecer, pues los amaneceres rojos siempre intentan aliviar alguna pérdida. Y muchas veces esa pérdida es muy grande e irreversible.
Un campo verde se extendía hasta el horizonte, y el rocío reflejaba el color del cielo.
Un movimiento en la lejanía llamó su atención. Era un niño, un niño pequeño, de grandes ojos cafés y cabello claro. Con su manito acariciaba algo… algo inmóvil… alguien inmóvil. Una piel fría y pálida.
Una de sus lágrimas cayó sobre el brazo de la chica que yacía sobre la hierba, y esta también reflejó el rojo del cielo.
Entonces Nadhel supo que aquel niño cargaría con aquella pérdida durante toda su vida y marcaría de forma irreversible su corazón.
Quiso acercarse a él, abrazarlo y darle consuelo. Pero antes de que pudiera darse cuenta que en aquel lugar ella solo era una espectadora, despertó.
Como todas las mañanas, Nadhel entrecerró los ojos justo después de haberlos abierto. La luz de la pantalla titilaba sobre ella y le lastimaba los ojos, apenas acostumbrados a la luz. Presionó de forma mecánica el botón blanco y su compuerta lateral se abrió.
Era otro día, sí, pero todo seguía igual. Se calzó los zapatos, miró sus ropas grises y caminó hasta el comedor, sin darles demasiada importancia a los chicos que pasaban a su lado y que a su vez la ignoraban a ella.
Otra vez fue al encuentro de sus amigas, que fieles a su costumbre, ocupaban el mismo lugar del día anterior.
Nadhel se sentó en silencio y clavó la mirada en la superficie de metal. Con el rabillo del ojo alcanzó a percibir como Ann guardaba algo bajo la mesa. Inmediatamente Jewie la distrajo.
–¿Qué te ocurre, Nad? Tienes cara de que vas a llorar –le dijo con total sinceridad, pero con cierto matiz bromista.
–Nada… –respondió con voz débil y algo más aguda de lo normal.
–Soñaste algo raro otra vez ¿verdad?
Nadhel no respondió, pero Jewie sabía interpretar sus gestos tan bien que no necesitó que lo hiciera.
–Hay Nad. ¿Qué vamos a hacer contigo? No deberías darle tanta importancia a lo que sueñas.
Ann carraspeó y Nadhel finalmente alzó la mirada.
–Algún día deberías escucharte, Jew –le dijo Ann.
Jewie se volvió hacia ella con el ceño fruncido y luego, en actitud infantil, le mostró la punta de su lengua. Ann se rió sin muchas ganas, como ocurría cuando algo le preocupaba.
–¿Qué pasa? –necesitó preguntar Nadhel, otra vez sintiéndose desinformada.
–No, primero cuéntame tú. –Jewie le mostró una de sus radiantes sonrisas. –¿Qué soñaste?
–Creo que estoy medio loca –murmuró Nadhel. Jewie disimuló lo mejor que pudo una risita, y afortunadamente la única que se dio cuenta fue Ann. Nadhel continuó: –Soñé con algo que recuerdo haber oído, pero que jamás vi. Fue como si alguien me lo platicara mientras soñaba… solo que fue algo muy triste.
–Ah, vale… –comentó Jewie sin entender ni una palabra, salvo que Nadhel aceptaba de a poco su locura. –Y ¿por eso estás tan triste?
–Supongo… no sé.
–Bueno, lo importante es que sabes que eres medio extraña, así no tendré que repetírtelo ¿verdad?
Sin poder evitarlo Nadhel se rió. Los comentarios de Jewie siempre tenían un tono cómico, mezclado con la seriedad que pretendía darles.
–Ahora sí. Cuéntame –pidió Nadhel.
–¿Qué cosa?
–Pues de lo que hablaban, no sé. Siento que ocultan algo.
–Aparte de loca eres medio paranoica. ¿Por qué siempre crees que te ocultamos cosas?
–Pero si serás malvada, Jewie –la riñó Ann –anda, dile.
Jewie volvió a fulminarla con la mirada.
–Si se exalta demasiado será tú culpa –le advirtió y luego lanzó un gran suspiro. –Nad ¿te acuerdas de lo de ayer?
–¿Qué cosa?
–Lo sabía… nunca pones atención a nada.
–Jew, ayer pasaron muchas cosas… –se defendió Nadhel.
–Huy sí, demasiadas –respondió Jewie con sarcasmo. –Bueno, mira, el punto es que Ann y yo sentimos que pasa algo ra…
–¡Jewie!
Nadhel se sobresaltó al oír la voz de Ann.
–¡¿Qué?! –se quejó Jewie.
Ann se llevó la palma a la frente mientras meneaba la cabeza.
–Si no te parece que vaya al grano, entonces díselo tú y enrédala más. –Jewie se cruzó de brazos y fingió poner rostro de enfado. Ella difícilmente se enojaba. Ann ignoró esto y comenzó a explicarse.
–Nadhel, Jewie volvió a transformarse. Lo hace inconscientemente, mientras duerme. Pero esta vez ya sabemos porque le ocurre así…
Nadhel permaneció en silencio, aguardando. Todo le sonaba demasiado extraño. El comportamiento de sus amigas, sus comentarios a medias, y la horrible sensación de que ocultaban algo.
–…le inyectaron algo. –concluyó Ann.
–¿Có-cómo? ¿Quién?
–Anoche soñó dos veces lo que nos contó ayer. Y en ambas ocasiones se despertó por el dolor en el brazo.
–Y después de eso ya no pude dormir –murmuró Jewie, alicaída.
–Por eso se dio cuenta cuando la inyectaron por tercera vez y lo que esto le provocaba.
Nadhel no pudo más que abrir los ojos sin poder creer por completo lo que sus amigas le contaban.
–Pe-pero… Jew, ¿estás segura?
–¿Quieres pruebas? Mira. –Jewie bajó el cuello de su playera hasta la parte baja de su hombro. Como era demasiado delgada, no tuvo problemas al mostrarle a su amiga el diminuto punto rosado en su lívida piel.
Nadhel tragó saliva con dificultad.
–Desde que dejé de ir al tratamiento han ocurrido cosas raras mientras duermo… por eso…
–¿Cómo que desde que dejaste de ir a tratamiento? Eso no me lo habías dicho…
–Cómo sea, Nad. Yo no quiero seguir aquí.
Ann se aclaró la garganta por segunda vez. Estaba a punto de explicarle algo de suma importancia a Nadhel cuando ésta se dio la vuelta al sentir una mano sobre su hombro. Una sonrisa iluminó su rostro.
–¡Leo! –gritó con entusiasmo y se incorporó de un salto para abrazarlo.
Algunos de los chicos más próximos la miraron con extrañeza, un segundo después volvieron a lo suyo. Ann y Jewie intercambiaron una mirada de entendimiento.
–Hola, Nad. Te dije que quizá hoy no me llamarían, pero quieren que vaya un rato en la tarde –dijo Leo mientras le pasaba un mechón de pelo tras la oreja a su amiga.
–Oh. –La sonrisa se borró del rostro de Nadhel. –Claro, no te preocupes.
–Bueno… voy a las duchas, que con tanto tratamiento no me dejan ni un rato libre. Tú come ¿si? Y en un rato nos vemos.
–¿Tú no vas a comer?
Leo meneó la cabeza.
–Casi no me da hambre. Pero tú no te apures por eso. Te veo en un rato.
Le dedicó una dulce sonrisa y se retiró con sus acostumbrados pasos largos. Nadhel se sentó y lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la entrada izquierda. Luego se volvió hacia sus amigas, sin mirarlas.
–Ammmm, ¿Nad? –la llamó Ann.
–Hum –dio por toda respuesta.
–No irás a visitarlo hoy ¿verdad?
–¿Por qué lo dices?
–Porque necesito hablar contigo. Y es importante.
–¿Ahora?
–Ejem, disculpen pero ¿no piensan desayunar? –las interrumpió Jewie.
Ann se volvió hacia ella con gesto dramático.
–¿Por qué siempre tienes que hacer eso?
–Mira que pedí disculpas ¿eh?
–Bien, bien. Vamos.
Jewie sonrió y se adelantó, impaciente.
–Quizás al rato –le murmuró Ann a Nadhel, respondiendo a su última pregunta.
Nuevamente, Jewie fue la primera en terminar su comida. Ann se limitó a menear la cabeza, incapaz de comprender cómo Jewie podía comer la horrible masa con tanta avidez.
Esta vez, para matar el tiempo, Jewie se puso a tararear y a golpear rítmicamente los dedos contra la mesa. La canción era lenta y repetitiva, con cierto toque de melancolía.
–¿Qué cantas? –le preguntó Nadhel, mientras removía su comida una y otra vez.
–No sé… creo que en algún lado la oí –respondió su amiga con total naturalidad. Ann le lanzó una mirada de advertencia. –¿Qué? –se quejó Jewie.
–La discreción no es lo tuyo, Jew –le murmuró Ann, pero Nadhel igual la oyó.
–Y ahí van de nuevo… si no quieren que me entere de sus cosas, no me dejen con la duda y háblenlo a solas ¿si?
Sus amigas permanecieron calladas. El humor de Nadhel cambiaba rápidamente, pero ninguna, a pesar de conocerla, supo que decirle.
Nadhel volvió la vista hacia el enorme reloj y se mordió el labio, nerviosa. De repente comenzó a comer sin pausas y cuando terminó se incorporó con urgencia.
–¿A dónde vas? –le preguntó Jewie, que se había recostado a lo largo de la banca.
–Con Leo. Ya debe haber salido y quiero verlo antes de que vaya a terapia.
–Nad –la llamó Ann. –De verdad, necesitamos hablar.
–En la tarde ¿de acuerdo?
Ann suspiró. Nadhel no cedería esta vez.
–Bien, te esperaré, pero por favor no tardes.
Nadhel se marchó sin decir nada más. Necesitaba verlo. Algo no marchaba bien y sólo con él podía llegar a tranquilizarse y ver las cosas desde otro punto de vista. Saber que no había enloquecido.
Una vez fuera de los cuartos de baño, Nadhel echó una rápida mirada al interior. Ahí estaba Leo, terminando de secar su cabello con una pequeña toalla. Nadhel inmediatamente se alejó para esperarlo fuera… no quería que la viera espiando el baño de los chicos.
Se acomodó contra la pared y de pronto la música que Jewie tarareaba vino a su cabeza. Un leve escalofrío recorrió su espalda.
–Esa canción… ¿dónde la he oído? –murmuró para sí misma. E intentando aislar ese recuerdo, la cantó en voz muy bajita. Había algo en aquella melodía que la ponía muy triste, pero también la llenaba de añoranza… y no sabía por qué.
Aquella sensación se hizo tan inquietante que prefirió pensar en otra cosa…
¿De qué quería hablar Ann con ella?
Últimamente la notaba extraña. Ella solía ser alegre y bromear con Jewie a menudo. Ahora estaba seria, reprimía a Jewie continuamente y además… le ocultaba algo. Y esta vez no eran paranoias suyas. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Era posible que de un día a otro todo hubiera cambiado?
–Nad –exclamó Leo. –Creí que seguías en el comedor.
Ella lo recibió con una sonrisa.
–Hoy terminé rápido. Y la verdad... –continuó mientras se incorporaba –es que hoy no me apetecía estar con ellas...
Leo frunció el ceño.
–¿Por qué, Nadhel?
–Las siento extrañas... no sé que pasa.
–¿Extrañas?
Nadhel asintió.
–Ann dice que quiere hablar conmigo, pero a cada rato calla a Jew, para que no hable de más.
Para sorpresa de Nadhel, Leo se echó a reír.
–¡Pero si eso es típico de ellas! Sobre todo cuando Ann amanece de malas. No te preocupes, Nad. Igual vas a tener que pasar la tarde con ellas ¿no?
Nadhel gimió quedito.
–Sí.
–No te anticipes a las cosas. Si hay algo que debas saber ellas te lo dirán, y si no te lo dicen... sus razones tendrán ¿no?
–Supongo que sí.
–Bueno, entonces quita esa cara y regálame otra sonrisa.
Nadhel hizo una mueca y Leo suspiró.
–Hay más ¿no es cierto?
–Siento que algo va a pasar, Leo. Es una sensación extraña... pero es que las cosas que están pasando son como... –de repente se interrumpió –No, olvídalo, entre más intento explicarme más raro suena.
–Nad, ¿de que cosas hablas?
Nadhel meneó la cabeza.
–No importa, será mejor que lo olvide.
Leo la tomó de la barbilla para alzarle el rostro.
–Nad.
Ella lo miró a los ojos, color ocre, y no pudo evitar contarle todo.
–Primero fue el sueño... Bueno, ya sé que siempre sueño cosas raras, pero esta vez... fue como ver el recuerdo de alguien más, y después está la canción...
–¿Qué canción? – la interrumpió Leo, algo serio.
–Jewie estaba tarareándola en el comedor. Dijo que no sabía donde la había oído, y yo... me hace sentir extraña... me pone triste.
Leo se quedó pensativo un instante.
–¿Y el sueño?
–Había un niño en un campo, lloraba... –La mirada de Nadhel se volvió ausente –Y el cielo estaba rojo. Cuando intenté acercarme desperté. También había una chica, pero ella...
Leo suspiró preocupado.
–La mente nos juega malas pasadas, Nad. Creo que tienes razón, será mejor que lo olvides.
Ella se le quedó viendo, lucía triste. Pero no quiso preguntarle la razón.
–¿A qué hora tienes que ir? –dijo Nadhel cambiando de tema.
–Como en tres horas... ¿tienes planeado hacer algo?
–No... ¿tú?
Leo sonrió.
–No, pero ya se nos ocurrirá algo. Ven, vámonos de aquí.
Salieron del pasillo que daba a los cuartos de baño y Leo la guió hacia las bodegas, al otro lado del comedor. Ahí había un pequeño grupo de chicos buscando la forma de entrar a las zonas restringidas. Ellos pasaron de largo. Se sentaron en un rincón alejado y como antes acostumbraban, comenzaron a charlar.
Nadhel le preguntó sobre sus terapias, si la doctora que lo atendía le había dado buenas noticias o si todo continuaba igual. Después quiso contarle sobre el sueño del día anterior, que había sido más alegre que el de esa mañana. Leo le sonrió con la vista en el techo.
–Nad, ¿aún recuerdas tu casa?
–Más o menos... creo. Fue ya hace mucho tiempo. ¿Por qué?
–A mí me suena a que soñaste con ella.
–¿De verdad? Pero si tú no...
–Solías contarme sobre el lugar donde vivías. Era muy distinto a mi ciudad, pero podía llegar a imaginármelo. Y por como lo describes, soñaste con la fuente a donde tu madre te llevó en tu cumpleaños.
Nadhel no supo que decir. ¿Cómo era posible que Leo recordara algo que ella ya había olvidado?
–Yo... no lo recuerdo. Y en mi sueño yo era tal y como soy ahora, incluso tenía esta ropa.
Leo se encogió de hombros.
–Tu mente tiende a mezclar sucesos. No intentes encontrarle mucho sentido.
–Supongo que tienes razón.
Luego permanecieron un rato en silencio. Nadhel se preguntó si también había olvidado de esa manera la extraña canción que parecía significar algo para ella. Por lo visto, tenía muy mala memoria.
–¿Me acompañas a comer? –le preguntó Leo.
Ella se incorporó al instante.
–Es cierto, no has desayunado nada, vamos.
Pasado el mediodía Leo se despidió de Nadhel, para acudir a su cita en la zona de tratamientos, y ella lo acompañó hasta la entrada blanca. Luego, sin demasiados ánimos, se dirigió al gimnasio donde, sabía, encontraría a sus amigas. Las vio platicando cerca de un aparato con aros.
Jewie la vio antes de que se acercara demasiado.
–¿Y ahora dónde te perdiste?
–Estaba en las bodegas, con Leo.
–Ah –contestó Jewie, mirándola de arriba a abajo. –¿Y qué te dijo?
–Dijo que la fuente que soñé ayer estaba cerca de mi casa. Yo no la recordaba.
Jewie alzó una ceja.
–Insisto en que eres muy rara.
Nadhel sonrió.
–¿No dijiste que ya no me lo repetirías?
Jewie también rió.
–Tienes razón. ¿Quieres jugar?
–Jewie –dijo Ann, solamente. Ella asintió alicaída.
–Sí, sí, ya sé. Bueno, nos vemos al rato, Nad.
–¿Qué pasa? –preguntó Nadhel.
–Necesito decirte algo importante, ¿lo recuerdas?–respondió Ann.
Nadhel insistió.
–Pero no entiendo por qué corres a Jewie.
–Porque necesito que me prestes toda tu atención y es más fácil así.
Nadhel hizo una pequeña mueca, pero asintió.
Ann inspiró profundamente, intentando alejar un poco la tensión que se había creado entre ambas.
–¿Te parece si nos sentamos?
–Ya sabes lo que pasa con Jewie –comenzó Ann cuando estuvieron sentadas en una de las esquinas del gimnasio. –Y creo que entiendes lo que eso significa... no están intentando curarla, ellos son los que la transformaron. Y he estando pensando... que no es seguro seguir aquí, Nad. –Nadhel se volvió hacia ella, inquieta. Hubo un tenso silencio. –Debemos irnos. Por el bien de Jewie, y de nosotras.
Nosotras, repitió Nadhel en su mente, conciente de que eso excluía a Leo.
–No podemos huir –sentenció. –No tenemos acceso a la entrada. Es imposible salir.
Ann le dedicó una mirada cargada de significado.
–No, Nad. No es imposible.
Antes de que Nadhel pudiera siquiera despegar los labios, Ann extrajo algo de la bolsa de su pantalón, pero no se lo mostró enseguida. Lo encerró en un puño y luego pareció vacilar.
–¿Qué ocurre? –preguntó Nadhel, sintiendo el nerviosismo de su amiga.
–Hay otra cosa que necesitas saber, Nad.
Pero entonces calló y permaneció en silencio. Nadhel tampoco se atrevió a hablar, hasta que su paciencia finalmente llegó al límite, después de varios minutos cargados de tensión.
–Dijiste que era importante, ¿por qué no me lo dices todo y asunto terminado? –comentó de una manera un tanto brusca.
Ann no se ofendió, se limitó a asentir y luego aclaró su garganta un poco.
–Necesitamos hablar sobre Leo.
Al oír esto, Nadhel estalló.
–No, Ann. Sobre Leo no hay nada que hablar. No comprendo por qué pretendes dejarlo fuera de lo que quiera que sean tus planes, pero él es mi amigo... Y no veo sobre qué tienes que hablar de él conmigo.
–Nad... ¿tú no...? –Ann se mordió el labio y meneó la cabeza, preocupada.–Esto es muy difícil ¿sabes?
–Acaba con esto de una vez, por favor.
–Nad, él... él... Leo no puede ir con nosotras, pero no es por la razón que piensas, sino que...
–Basta –bufó Nadhel –Bien, él no está en tus planes, así que yo tampoco ¿de acuerdo? Haz lo que quieras, salva a Jewie, sálvate tú. Me importa bien poco.
Nadhel se incorporó y se marchó. Ann intentó llamarla, pero su amiga ni siquiera se volvió y continuó avanzando a grandes zancadas.
Dudó un momento, pero sabía que Nadhel no podía seguir actuando de esa manera y que, aunque le doliera hacerlo, debía hacerle enfrentar cara a cara los hechos. No importaba si tenía que dejar de lado la amabilidad.
Se levantó del frío suelo y echó a andar tras ella. Sabía muy bien a dónde había ido Nadhel.
Después de teclear los números de Leo en el computador, la pantalla le devolvió en letras verdes la habitación en la que el chico se encontraba. Nadhel memorizó rápidamente la clave y luego se dirigió a la blanca puerta que daba a la zona de tratamientos.
Las lágrimas ya se encontraban en el borde de sus ojos, a punto de ser derramadas. Nunca había discutido con Ann de esa manera. No hasta ahora. Y sabía quién era la única persona que podía ayudarla a calmar las cosas.
Él siempre había sido su apoyo, su consuelo y su primer y mejor amigo en ese lugar. No concebía su vida sin Leo y por eso estaba dispuesta a quedarse, o ir a donde quiera que él fuera, siempre y cuando estuviera a su lado.
Cruzó un par de pasillos sin ser vista y llegó por fin a la puerta de la habitación indicada. Con mano temblorosa tocó débilmente. Nadie respondió dentro. Sin entender la razón, abrió la puerta y echó un vistazo dentro.
La habitación se hallaba vacía.
–¿Leo? –preguntó insegura. Tampoco hubo respuesta. Una lágrima se deslizó por su mejilla. No sabía que hacer, ni tampoco dónde más podía buscarlo. Iba a revisar el informe que se hallaba en la mesita al lado de la cama cuando la puerta se abrió tras ella.
Ahí estaba Ann, con el rostro serio y un puño cerrado.
–Nadhel, él no está aquí... Así que por favor deja de buscarlo.
–¡Déjame en paz! –chilló Nadhel. Intentó dejar la habitación pero Ann la sostuvo del brazo.
–¡Ann, suéltame!
–Basta de tonterías, Nad. Necesitas escuchar de una buena vez.
–Te dije que no me importaba. Váyanse sin mí si quieren. Ojalá no se lleven una gran decepción cuando no logren salir de aquí.
–Sabes que no es eso. Estoy haciendo esto porque quiero que nos acompañes, pero antes necesitas saber algo.
–¿Sobre Leo? –intentó burlarse Nadhel, pero leyó en los ojos de Ann que así era. –¿Qué tengo que saber sobre él? Lo conozco mejor que nadie, ¿me escuchas? No necesito que alguien más me venga a decir lo que debo saber sobre mi amigo. –Cuando terminó de hablar intentó desasirse de la mano de Ann, pero no lo logró.
–Siéntate, Nadhel. Esto es importante, así que no le des más rodeos –le dijo Ann mientras la obligaba a retroceder hacia la cama. Nadhel terminó por sentarse en la orilla y le dirigió a su amiga una mirada llena de furia. Ann no se inmutó y se sentó a su lado, pero sin soltarla.
–Leo no está aquí, ¿de acuerdo?
–Y supongo que tú sabes donde está.
–Algo parecido...
–Entonces dímelo.
Ann meneó la cabeza.
–Es que tú debes recordarlo. Si soy yo la que te lo dice... no serviría de nada, te irías sin más y continuarías buscándolo.
–¿Qué es lo que debo recordar? No entiendo de qué hablas.
Ann le tomó una mano y colocó algo en ella. Era un papel, doblado y gastado por el tiempo.
–Lamento haberlo tomado. Es tuyo. Si lo miras quizás... quizás sepas a qué me refiero.
Nadhel frunció los labios y comenzó a desdoblar la hoja con lentitud. Una pequeña vocecilla en el fondo de su mente le advirtió sobre las consecuencias, pero ella la ignoró, necesitaba terminar con la absurda discusión entre las dos. Así que hizo lo que Ann le pedía.
Ante sus ojos se reveló un extraño plano con las líneas borroneadas. Se le hizo un nudo en la garganta.
–¿Qué... qué es esto? ¿Qué tiene que ver esto con...?
Se interrumpió presa de un escalofrío. Su vista se había posado en la orilla derecha del papel, donde había algo escrito a mano, con letra pequeña y alargada. Las lágrimas volvieron a asomar y desbordarse por el rostro de Nadhel.
–¿Ahora lo recuerdas? –le preguntó Ann con suavidad.
Nadhel meneó la cabeza una y otra vez con terquedad.
–Él está aquí... él está aquí... –repitió como una letanía.
–Nad, sabes que eso no es verdad.
–Él está aquí...
–Nadhel, basta. ¿No recuerdas lo que pasó ese día?
Nadhel cerró los ojos y enterró el rostro entre sus manos.
–Vete –gimió.
–Ese día él se iba y este fue su regalo de despedida ¿no es así?
–No, él sigue aquí, sigue conmigo. Eso nunca pasó –murmuró Nadhel contra sus manos.
–¿Entonces cómo explicas esto? –preguntó Ann mientras sacudía el plano –¿Por qué te escribió esto sino? Se estaba despidiendo de ti.
–Eso es mentira.
Ann suspiró. Aun no había abordado la parte más difícil y Nadhel ya se había puesto a la defensiva negándolo todo.
–Pero no es eso lo que pretendes olvidar ¿verdad? Hay algo más, algo que no puedes afrontar, pero necesito que lo hagas ahora. Casi ha pasado un año de eso, Nad, y ni yo ni Jewie te hemos querido sacar de tu error. Pero hoy, hoy necesito que lo recuerdes...
–La última terapia –murmuró Nadhel.
Ann asintió. Nadhel comenzaba a traer imágenes a su mente.
–¿Qué más, Nadhel?
–Se lo iban a llevar... él iba a curarse... Ya no estaríamos juntos, pero él estaría bien.
–Sí.
–No es posible –dijo de pronto –Yo lo vi ésta mañana, hablé con él hoy... Él jamás se marchó.
–¿Sabes por qué, Nad?
Nadhel alzó el rostro, enrojecido por el llanto.
–Porque él sigue conmigo, nada de eso ocurrió de verdad. Fue solo un sueño.
Ann negó con la cabeza.
–No, Nad. Es porque solo estás imaginándolo. Tú vives en un sueño.
Nadhel se sintió dolida.
–¿Estás diciéndome que enloquecí?
–Nadhel, necesito que me digas qué ocurrió en verdad... –Nadhel permaneció en silencio, con la cabeza dándole vueltas – Esto no iba a ocurrir. Estabas triste porque se iría, pero... solo eso. Dime qué pasó a la mañana siguiente, ¿qué fue lo que te hizo querer olvidar?
–Vine a despedirme de él pero... Leo no estaba. Busqué entonces en el informe. Decía que había sido transferido a otra habitación, y fui a buscarlo... No sé si lo encontré, no recuerdo qué pasó después.
–Lo encontraste. Estaba en esa otra habitación.
–N-no... no lo sé.
–Así es, Nadhel.
–¿Dónde está, Ann? ¿Dónde está Leo? –Nadhel se volvió hacia su amiga con mirada suplicante.
Ann tragó saliva. Había llegado el momento.
–Leo... Leo murió, Nad.
Capítulo II
// Te buscaré...
Nadhel estaba al pie de la cama, en la misma habitación, donde varios meses antes había ido a buscar a Leo. Y al igual que ahora, no lo había encontrado.
Estaba hecha un ovillo, con la cabeza hundida entre las piernas, intentando calmar el llanto que le impedía respirar, y por más lágrimas que derramaba estas no atenuaban el dolor.
Ahora lo recordaba, lo recordaba todo. Absolutamente todo, de una manera clara y terrible.
–Todo está bien, Nad. Tranquila –dijo Ann mientras le acariciaba el cabello en un intento de consolarla.
Pero Nadhel no la escuchaba. Estaba dentro de su propia pesadilla, viendo pasar miles de imágenes, y cada una abría una vieja herida en su corazón.
En el fondo de su conciencia, acompañando los recuerdos, una canción triste y lenta sonaba una y otra vez. La canción cuya letra se hallaba escrita en un viejo plano, como gesto de despedida.
«Te buscaré... », cantaba Leo en su mente.
«te buscaré, ya verás.
A cambio tú promete
que no lo olvidarás»
Las lágrimas continuaron inundando sus ojos mientras en su mente, de un momento a otro, perdía a Leo.
«Te buscaré,
te buscaré, ya verás.
A cambio tú promete
que jamás me olvidarás»
Primero ella estaba entre sus brazos, él cantándole al oído. Un momento después él se hallaba tras una cubierta de cristal, con el rostro pálido e inmóvil.
«Ojalá pudieras... »
Ella lloraba amargamente mientras unas manos la asían y la apartaban del cuerpo de su amigo.
«... a la distancia oír mi voz... »
Ella se debatía, pero la continuaban arrastrando lejos. Una mirada se posaba en ella.
«... y que así supieras
cuando te canto esta canción. »
Entonces Jewie llegaba a su lado y le murmuraba algo que ella no llegaba a escuchar.
-"Leo" lograba sollozar, y entonces la oscuridad lo ocupaba todo. La canción ya había llegado a su fin.
Lo siguiente que Nadhel había visto era el rostro de Leo, diciéndole que todo había sido un mal sueño, y ella le creyó. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
¿Replicarle que él ya no estaba con ella? ¿Gritarle a la cara que él no existía? ¿Que era un producto de su imaginación? No. Le creyó y a cambio Leo permaneció a su lado.
Y ahora Nadhel volvía a entrar en la oscuridad. Estaba en un punto intermedio entre la conciencia y los sueños, entre la realidad y la fantasía, entre lo que era y lo que quería.
Ann notó que Nadhel había dejado de llorar, pero aún seguía en la misma triste posición.
Se acuclilló junto a ella y la meneó suavemente del hombro.
–Nad, debemos irnos.
Su amiga no respondió. Ann esperó antes de volverla a llamar.
–Fue mi culpa –murmuró Nadhel con voz neutra, sin moverse.
–Sabes que no... Él debía someterse a la última terapia.
–Yo le dije que lo hiciera. Fue mi culpa. –La voz de Nadhel esta vez se quebró por un sollozo.
–Tú no tuviste nada que ver. La decisión ya estaba hecha.
–No –respondió Nadhel nada más.
Ann suspiró.
–Vamos, no debemos estar aquí.
Ann buscó su mano y la tomó mientras se incorporaba. Jaló débilmente de ella, sin forzarla.
–Vámonos, Nad.
Pero Nadhel parecía estar durmiendo o soñando...
Ann volvió a acuclillarse a su lado y se pasó el brazo de Nadhel por los hombros. No le resultó difícil alzarla y mantenerla de pie, Nadhel simplemente se dejaba llevar, sin poner resistencia.
–Salgamos de aquí.
Jewie se encontraba en el lugar de siempre, en las mesas del comedor. Bamboleaba sus pies mientras se preguntaba cómo irían las cosas con Nadhel.
Ann aquella mañana le había comentado lo que planeaba hacer: decirle a Nadhel la verdad sobre Leo.
Jewie había intentado disuadirla, diciéndole que no era necesario, que bien Nadhel podía imaginar que Leo iba con ellas. Pero Ann prefería no correr riesgos, temía que las cosas se complicaran al estar los cuatro juntos y que, en la mente de Nadhel, Leo les llegara a dirigir la palabra. Entonces tendrían que explicárselo a Nadhel y no sabía que tan bien podía llegar a manejar la situación en esas circunstancias.
Pero Jewie sabía otra cosa, porque era ella la que había estado junto a Nadhel momentos después de que ésta viera a su amigo muerto. Ella comprendía todo el dolor de su amiga y la razón por la cual había preferido engañarse a si misma antes que enfrentar la dura verdad. Para Nadhel era inconcebible perder a Leo de esa forma y ahora que Ann le iba a revelar lo sucedido, no quería ni imaginar el golpe tan duro que soportaría... si es que lo soportaba.
Meneó la cabeza consternada.
–Tengo un mal presentimiento sobre esto –murmuró para sí misma y luego recargó su delicada barbilla sobre sus brazos cruzados. –Pobre Nad.
Momentos después Ann y Nadhel llegaron al comedor. Nadhel caminaba con la mirada baja y perdida en el infinito, ayudada por su amiga que la sostenía y guiaba.
Jewie las vio justo en el momento que entraron, pero aguardó hasta que Ann sentó a Nadhel frente a ella.
Al ver el gesto ausente de su amiga, dirigió una mirada interrogante a Ann.
–Dejó de llorar hace un rato. Pero no sé que tiene, no habla ni reacciona a nada... es como si estuviera dormida.
–¿Nadhel? –probó a llamarla Jewie, pero, tal como Ann había dicho, Nadhel no respondió ni hizo ningún movimiento. Su rostro no reflejaba emoción alguna, solo quedaba el rastro del llanto en sus labios y ojos enrojecidos.
–Lo único que podemos hacer es dejarla así hasta que se le pase... De momento repasemos lo último... Tenemos que hacerlo esta noche.
–¿Tan pronto? –preguntó Jewie alarmada.
–No es conveniente permitir que intenten algo más contigo.
–Pero Nad no está bien.
–Ahora sabe lo que tiene que saber. Está lista.
Jewie asintió no muy convencida. Sabía que Nadhel no estaba lista, pero tampoco le agradaba la idea de acostarse aquella noche, sabiendo que en cualquier momento una aguja podía salir de la nada y pincharla en el brazo.
Ann extendió el gastado plano frente a ella. Había repasado una y otra vez las líneas que allí se encontraban hasta que se percató de las tenues indicaciones impresas al reverso.
Al principio había creído que Leo únicamente le había dejado aquella hoja a Nadhel por la canción escrita en ella, pero al mostrársela a Jewie, ella le había comentado sobre la advertencia de Leo de que ninguna se dejara someter a la última terapia.
Ahora su teoría era que Leo le había hecho un segundo regalo a Nadhel: le había dado la clave para escapar. Lo único que hacía ruido en su cabeza era el hecho de que Leo hubiera aceptado ésa última terapia, ésa que había acabado con él, incluso después de advertirle a Jewie sobre ella. Si lo sabía ¿por qué lo había hecho entonces?
Suspiró mientras entornaba los ojos intentando comprender las últimas líneas de las indicaciones, éstas hablaban sobre la apertura de uno de los conductos que marcaba el plano, uno que había sido averiado tiempo atrás y lo habían cerrado. El único que llevaba al exterior.
–¿Qué sucede? –preguntó Jewie al ver la frustración en el rostro de Ann.
–No entiendo lo que dice aquí… las letras están borradas casi por completo.
–Mmmm, ¿y es importante?
–Ya sabemos dónde está y cómo encontrarlo. Después habla de detener la corriente, pero…
–¿Qué?
Ann meneó la cabeza.
–Quizá no sea tan importante después de todo, ya veremos cuando estemos ahí. Ahora, ¿recuerdas quién tenía la lámpara?
–Sí, Ceyn. Iban a intentar sacar algo más de las chatarras, pero no me dijo cuando.
–¿Crees que puedas ir a hablar con ella?
Jewie frunció el ceño.
–No creo que me la presten si no es para algo "importante".
–Pues inventa algo… o pon una de esas caras que solo tú sabes hacer. Le partes el corazón a cualquiera.
–Muy graciosa.
–Anda, Jew. Hazlo por Nad.
Jewie miró a Nadhel, que continuaba perdida en el vacío. Quizá Ann tenía razón, aquel lugar acabaría con la poca cordura de su amiga si no hacían algo. Y por si eso fuera poco, unos científicos locos pretendían experimentar con ella…
–Bien… te veo en un rato.
Ann le sonrió agradecida.
–Te vas ir al cielo.
–No, solamente voy a hablar con Ceyn y luego a largarme de aquí, así que más vale que puedas abrir ese dichoso conducto.
Ann se rió para sus adentros por la extraña respuesta de su amiga, pero asintió. Y nuevamente hizo un esfuerzo por descifrar unas letras que ya habían desaparecido.
Mientras tanto la mente de Nadhel era un ir y venir de recuerdos. Y aquellos que causaran daño eran enviados a lo más recóndito de su memoria. En cambio, otros los colocaba en un lugar especial y los impregnaba de cariño.
Con ayuda de todos los demás construía recuerdos nuevos, recuerdos ficticios para llenar los huecos que habían dejado los otros.
Nadhel jamás se había dado cuenta concientemente de esto, simplemente lo hacía como una reacción ante el dolor. La muerte de Leo había sido el detonante para que ella pusiera en marcha esta extraña habilidad, que sin embargo, había tenido desde niña.
Jewie regresó sonriendo al comedor. Ann alzó la vista del plano al sentir que se acercaba. A pesar de no estar de humor, la apariencia de su amiga la hizo sonreír. Llevaba el traje gris manchado de las rodillas y los brazos, el cabello alborotado y las mejillas llenas de polvo.
–¿Con quién te peleaste? –bromeó.
Jewie por toda respuesta arrojó y atrapó una pequeña pieza metálica.
–¿Cómo la conseguiste? –preguntó Ann sorprendida.
–Te dije que planeaban entrar en una de las bodegas. A cambio de la lámpara tuve que entrar yo, ninguno de ellos cabía por la rendija que abrieron, la otra ya la habían vuelto a cerrar. Fue fácil –rió Jewie.
–Sí, es lo que veo –se burló Ann.
–Bueno, aquí está –le dijo entregándole el pequeño cilindro metálico. –Y si no necesitas más de mis útiles servicios, me voy a cambiar.
Ann se rió abiertamente.
–Gracias, Jew. Eres la mejor. Ahora ve a ponerte decente para que no asustes a nadie –volvió a burlarse.
Jewie se alejó con una enorme sonrisa. Le encantaba ser de ayuda en lo que fuera.
Las luces finalmente se apagaron. El reloj del comedor marcaba el fin de ese día y todos, o la mayoría de los chicos, se encontraban ya en sus habitaciones.
Ann esperó un poco más para asegurarse de que nadie circulaba por los pasillos. Luego llamó a Jewie, que estaba escondida cuidando de Nadhel.
–¿Recuerdas como llegar a los elevadores?
Jewie asintió.
–Bien, tú ve enfrente, pero no te separes mucho para que pueda seguirte. Yo llevaré a Nad.
Jewie le tendió la mano de Nadhel para que la sostuviera. Luego preguntó:
–¿Crees que se recupere antes de que entremos en los conductos?
–La verdad, lo dudo. Me temo que tendremos que llevarla nosotras.
Jewie suspiró con pesar. El estado de su amiga no era normal, para no decir bastante extraño. ¿Era posible que alguien permaneciera ausente del mundo por tanto tiempo? Con ésta pregunta en mente, emprendió la marcha en la oscuridad.
Nadhel, atrapada en su propia mente, dio con un último recuerdo, justo cuando sus amigas la llevaban por enfrente de la entrada a las duchas y luego atravesaban el comedor.
–¿Qué pasa? –le preguntaba ella a Leo.
Él aquel día había sido sometido a varias pruebas, antes de la última terapia. En ese momento acababa de salir de los sanitarios y Nadhel esperaba que fueran a sus habitaciones. Pero Leo no se movió, se quedó quieto frente a ella: apenas una sombra en la oscuridad de la noche.
–Nad, ¿vendrías conmigo? Hay algo que quiero mostrarte –le pidió Leo, en respuesta.
–¿Ahora? –preguntó Nadhel sorprendida.
–Sí, si no te importa dormir algo tarde.
–No… –respondió insegura. Unas horas antes, Leo apenas si podía moverse, sumándolo a que ya era de noche y la oscuridad apenas le permitía ver algo.
–Ven –le indicó Leo tomándola de la mano.
Nadhel la sostuvo con fuerza cuando él tiró hacia delante para guiarla. Caminaba seguro, cómo si se supiera el camino de memoria… o viera claramente.
–Ves en la oscuridad ¿no es así? –tuvo que preguntarle Nadhel, en un murmullo.
–¿Por qué lo dices? –se rió él.
–Porque yo no logro ver nada, apenas sé en donde estamos.
Leo tardó un poco en responder.
–¿De verdad no ves nada?
–No… ¿tú si?
–No veo precisamente bien, pero alcanzo a distinguir donde están las cosas.
Nadhel sonrió al recordar algo.
–Debe ser verdad lo que dijo Jewie… sobre tus ojos.
–La verdad es que nunca lo había notado. Además de mi horrible nariz y boca, pensé que no había tenido más cambios.
–No son horribles…–dijo Nadhel con sinceridad. A ella jamás le había molestado el aspecto de su amigo.
–¿Ah no?
–No te ves tan mal –dijo un poco entre risas al ver que a Leo si le incomodaba. Él también se rió ante el cumplido.
–Bueno, debo admitir que pudo haber sido peor…–dijo Leo al cabo de un instante.
Entonces Nadhel alcanzó a ver un pequeño triángulo naranja brillando en medio de la oscuridad. Leo se adelantó para oprimirlo y este parpadeó unos segundos, después unas puertas se abrieron ante ellos.
Ann alcanzó a Jewie frente a las puertas de los elevadores. Presionó el botón naranja para activar uno y entraron llevando a Nadhel con ellas.
–Ann… –dijo Jewie en voz baja.
Ann esperó a que Jewie continuara pero no lo hizo.
–¿Qué ocurre?
–No me gusta como marcha esto… creí que Nad… que sería lo mejor para ella, pero…
Jewie volvió su rostro a la expresión ausente de Nadhel, la inquietaba verla así, tan alejada, tan asustada de la realidad que prefería no verla.
–Estará bien. Ya se le pasará, ya verás. Quizás salir del internado la ayude un poco.
–O quizás empeore… no me gustaría verla otra vez… así.
Ann miró a Jewie. Su rostro mostraba una verdadera preocupación y un leve escalofrío la recorrió al recordar que era Jewie la que cargaba con el peso de haber visto a Nadhel totalmente destrozada.
–Ya pasará –volvió a repetir, pero esta vez con cierta duda.
Las puertas se abrieron en medio de la penumbra. Jewie tomó nuevamente la delantera, pero Ann la llamó antes de que se alejara demasiado.
–Creo que ya podemos usarla, aquí no hay nadie –dijo tendiéndole la diminuta lámpara.
Jewie accionó el botón y un débil rayo blanco cortó las sombras.
–¿Hacia dónde? –preguntó cuando se dio cuenta de que no sabía en donde estaba.
–Derecho y luego a la izquierda. Debemos cruzar tres pasillos, creo.
–¿Crees?
–No, son cuatro. Cuatro y al quinto das vuelta a la izquierda.
–Ann… –se quejó Jewie con voz aguda.
–Vamos, Jew. Tranquila.
Jewie lanzó un suspiro de resignación y comenzó a andar, siguiendo las instrucciones de Ann.
–Quinto –murmuró cuando ya habían caminado cerca de media hora.
–Ahora a la izquierda…
Jewie miró en aquella dirección, pero lo que le esperaba era otro aterrador corredor en penumbras.
–¿Qué tan a la izquierda?
–Mmmm… creo que es hasta el fondo, no estoy segura. Debe de haber una bodega pequeña.
–No se alcanza a distinguir ninguna puerta.
–Quizás si nos acercamos más…
–Ann, este lugar es enorme, ¿y si nos perdemos y no salimos antes de que todos despierten?
–Paso por paso, Jew. Anda… ¿o prefieres ir con Nad?
Jewie asintió nerviosa y Ann detuvo a Nadhel hasta que Jewie ocupó su posición.
–Muy bien, vamos.
Una hora más tarde la luz de la lámpara recorría el pasillo de izquierda a derecha, en busca de alguna entrada, pero las paredes eran completamente lisas.
–No lo entiendo… –murmuró Ann apesadumbrada –debería estar aquí.
–Quizás me equivoqué al contar los pasillos.
–No, yo también los conté.
–¿Segura que era al quinto?
–Sí… Debería estar aquí… –volvió a decir, comenzando a inquietarse.
–¿Y si regresamos y…?
–Espera –la interrumpió Ann al darse cuenta que Nadhel tiraba ligeramente de Jewie, aun con mirada ausente.
–Jew, sigue a Nad.
–¿Qué?
–Mira sus pies…
Jewie lo hizo. Los pies de Nadhel no avanzaban, pero intentaban caminar, solo su debilidad les impedía ir en esa dirección al depender del sostén de Jewie.
–Pero ella… ella está soñando –dijo Jewie.
–Lo sé, pero… él…
–¿Leo?
Ann suspiró.
–Lo siento, es una tontería ¿verdad? Estoy cansada, ¿tú no ves ninguna puerta?
–Leo pudo haberle mostrado el camino… –dijo Jewie entendiendo la idea de Ann. Y sin hacer caso a lo último, se dejó guiar por Nadhel. Su amiga la llevaba hacia la pared izquierda.
La mano de Leo se posó sobre la pared de metal y comenzó a recorrerla suavemente mientras avanzaba.
–Debe ser por aquí –le dijo a Nadhel.
Nadhel también palpó la superficie. No sabía lo que Leo buscaba, pero ya se había cansado de pedirle explicaciones. Leo estaba empeñado en mantener el secreto.
El chico escrutó las sombras con sus pupilas totalmente dilatadas, como las de un gato, y frunció los labios.
–No hay nada… –murmuró– me pregunto si…
–¿Qué sucede? –quiso saber Nadhel, pero Leo volvió a ignorarla.
–Ven… creo que nos equivocamos de pasillo.
–Leo…
–Tranquila, Nad. Ya sé donde es.
Nadhel se detuvo en seco, giró sobre sus pies y avanzó nuevamente como si alguien tirara de ella, llevando consigo a Jewie.
–Está regresando –dijo Jewie sorprendida.
–Hay que seguirla… no debí haber sido la única en errar el camino.
Nadhel las hizo retroceder hasta un pasillo anterior y se internó en él, acelerando el paso. La fuerza invisible que la guiaba iba cada vez más rápido, cada vez con mayor seguridad.
Ann, que iba unos pasos más atrás, alumbraba ambos lados del corredor. Justo cuando Nadhel se detuvo, la luz les desveló los contornos de una entrada.
–La encontró –murmuró Ann, mientras se adelantaba para explorar el interior. Cuando alumbró varias pilas de cajas, sonrió. –Gracias, Leo… –susurró.
Entre Ann y Jewie lograron improvisar unas escaleras con las pesadas cajas de metal que, por fortuna, se encontraban vacías. Nadhel se había quedado quieta nada más entrar y solo de vez en cuando se volvían hacía ella para cuidar que no emprendiera nuevamente la marcha.
Ann trepó por las cajas y abrió la rejilla que estaba justo en el centro del techo. Cuando lo hizo, el aire le barrió los cabellos de la cara y un fuerte ruido de engranes llegó hasta ella.
–Sube tú primero, Jew. Así ayudaremos las dos a Nadhel.
Su amiga trepó ágilmente y dejó los brazos fuera para recibir a Nadhel, quien obedientemente, trepó hasta ella mientras Ann la sostenía.
Una vez las tres en el piso superior, Ann se detuvo para recordar las indicaciones.
–¿Hacia dónde? –le preguntó Jewie a gritos para hacerse escuchar por encima del ruido de las máquinas.
–Ayúdame a encontrar el origen de la corriente.
Jewie se alejó unos pasos hasta que una ráfaga le dio de pleno y la detuvo suavemente.
–Por acá –volvió a gritar, y continuó avanzando, cada vez con mayor dificultad.
Entonces sus ojos se posaron en un recuadro negro, desde donde entraba el aire zumbando por la velocidad. Ann se acercó a Jewie y dejó a Nadhel apoyada en sus hombros.
–Espérame aquí –le indicó.
Ann se inclinó hacia delante, para cortar el aire con su cuerpo y logró palpar la entrada de la corriente.
Sosteniéndose lo mejor posible de la pared, palpó el interior hasta que su mano dio con la palanca que buscaba a tientas. Para accionarla necesitó poner todo su peso sobre ella, pero ésta al final cedió. Al instante una compuerta en el fondo de aquel conducto cortó la fuerte corriente y ella sonrió triunfante. Entonces un sonido constante llamó su atención. Con ayuda de la lámpara pudo comprobar que, sobre la palanca accionada, un contador daba marcha atrás… el aire volvería a correr al cabo de dos minutos.
A sabiendas de que el tiempo era escaso se puso a buscar una nueva entrada oculta.
Jewie llegó con Nadhel cuando ella examinaba un rectángulo en la pared contraria a la palanca.
–No sé como abrirla –le confesó a Jewie, cuando la oyó llegar.
–¿No lo dice en el plano?
Ann meneó la cabeza.
–Ésta era la parte que no se leía.
Jewie frunció los labios, mientras recorría con la mirada la silueta de la puerta. Una pequeña bisagra llamó su atención.
–De aquí debe sostenerse la puerta, si presionamos aquí puede que… –al intentarlo, se interrumpió. La puerta no cedió. Suspiró con pesar.
–Si tiramos con algo… un alambre… –pensaba Ann –No, tiene que abrirse por este lado…
Ninguna de las dos se percató que Nadhel alzaba la mirada… hacia la mano de Leo…
…que le señalaba la pequeña bisagra del lado izquierdo del marco de la puerta.
–Mira, Nad. Esto es lo que quería mostrarte.
Nadhel le miró y luego colocó sus dedos en la bisagra, empujándola suavemente. El mecanismo sonó con un clic y la compuerta se entreabrió.
Nadhel abrió los labios ligeramente para decir algo, pero el grito de júbilo de Jewie la interrumpió.
–¡Nad! ¡La abriste!
Entonces la nube de sueño en la que estaba envuelta Nadhel se rompió y ella parpadeó, saliendo del trance.
Miró a su alrededor, confundida.
–¿Le-Leo? –murmuró. Pero en ese instante el contador, con un suave pitido, anunció los escasos segundos que restaban para que la corriente volviera a abrirse paso.
Ann tomó a Nadhel del brazo y la llevó con ella al interior del conducto. Jewie entró detrás ágilmente y en el último instante alcanzó a cerrar nuevamente la compuerta. El aire rugió detrás del metal.
Nadhel se deshizo de la mano de Ann y corrió hacia la entrada cerrada.
–¡No! ¡Leo! –sollozó. Presionó su rostro sobre la fría superficie hasta que otra idea asaltó su mente –. Tenemos que volver –le dijo a Ann –no podemos dejarlo…
Ann se acercó a ella y atrayéndola, la rodeó con sus brazos.
–Lo siento, Nad. Lo siento mucho… no podemos regresar.
–Pe-pero Leo… él está afuera.
–No, Nad. Pero escucha, él quería que huyeras, quería que fueras libre, por eso te trajo… nos trajo hasta aquí. Él… él tenía otras cosas en mente. Déjalo.
Nadhel meneó la cabeza, intentando contener las lágrimas.
–No puedo…
–Él estará bien, confía en mí –la consoló Ann, conciente de que era imposible que Nadhel aceptara la muerte de su amigo.
Eso pareció aliviar la inquietud que Nadhel sentía por dentro y, por fin, asintió.
–Por él –se susurró a si misma.
–Gracias, Nad –le dijo Ann y se separó de ella.
Las dos se volvieron a Jewie, que las esperaba escrutando las sombras de más adelante.
–Vamos, Jew –le indicó Ann y, encendiendo la lámpara, tomó la delantera para guiarlas.
Nadhel se volvió con pesar hacia la compuerta cerrada. Jewie lo notó y se abrazó del brazo de Nadhel, animándola a caminar a su lado.
–Me alegra que vinieras –le dijo –no hubiera soportado estar sólo con Ann, me hubiera aburrido mucho –bromeó.
Nadhel sonrió en la oscuridad, a su pesar.
La caminata duró varias horas, pues tenían que recorrer el perímetro de todo el edificio, por dentro del conducto. A menudo las paredes resonaban bajo el peso de las chicas y esto les puso los nervios a flor de piel, concientes de que si las oían, terminarían por dar con ellas.
Tampoco se atrevían a hablar, pues incluso el eco de los cortos susurros resonaba por doquier.
Finalmente doblaron una esquina por cuarta vez y tras algunos minutos, la lámpara iluminó el final del conducto.
– Llegamos –murmuró Ann.
Jewie lanzó un suspiro.
Ann aceleró el paso, pisando con cuidado. Cuando alcanzó el fondo miró a su izquierda. El conducto descendía ahora. Con ayuda de la luz proveniente de la lámpara alcanzó a distinguir la escalera vertical que se hallaba soldada a una de las paredes.
–¿Qué pasa, Ann? –preguntó Jewie, en voz baja.
–Tenemos que bajar… –respondió –pero tenemos que hacerlo con cuidado, no me gustan estas escaleras.
La primera en descender fue Jewie, ya era la que podía ver mejor en la oscuridad. Además era de complexión ligera y muy hábil con las manos y pies.
No sabían si las escaleras resistirían el peso de las tres, el metal estaba en mal estado y en muchas partes corroído; y por esto optaron por esperar hasta que cada una llegara hasta el fondo sola.
En la pared contraria a la escalera había recuadros con hélices que tiempo atrás habían servido como ventiladores por donde el aire se incorporaba al conducto; la escalera era para darles mantenimiento.
Los pies de Jewie tocaron el suelo firme del fondo después de un tiempo que a las tres les pareció interminable. Sacó la pequeña lámpara de su bolsillo y les hizo señas a sus amigas. Apenas les llegó un débil punto luminoso.
–Lo logró –respiró Ann aliviada –¿quieres ir primero o después de mí, Nad?
–Baja tú primero.
–¿Segura?
Nadhel asintió y Ann se dio la vuelta para comenzar a descender.
–Nos vemos abajo.
Nadhel casi al instante la perdió de vista y su corazón comenzó a latir con fuerza, sabiendo que ella sería la siguiente.
Otro débil parpadeo de luz la sacó de su ensimismamiento. Ann había llegado también. Dudó durante un largo rato… estaba a punto de dejar atrás todo lo que podía considerar importante: su forma de vida, el lugar donde había pasado los últimos 7 años de su vida y… a Leo.
Una estrofa de una canción resonó en su mente, dándole ánimos.
–Te buscaré, Leo, es una promesa. Cuando toda esta locura termine, yo te buscaré –le murmuró con voz rota a la oscuridad, luego, con el corazón en un puño, se dispuso a ir al encuentro de sus amigas.
El metal de la escalera crujía cada que su pie se posaba en un escalón inferior, desprendiendo miles de astillas de metal oxidadas. A su espalda, la oscuridad comenzaba a disiparse con exagerada lentitud.
Ya había descendido un buen trecho y sus manos las sentía llenas de polvo y óxido, pero nada le indicaba que estaba más cerca de su objetivo. El frío del exterior le entumecía las piernas y todo su cuerpo temblaba por el vértigo.
Aquello duró un rato más, poniéndola cada vez más nerviosa e insegura, hasta que sintió que no pudo más y se aferró de los barrotes, negándose a continuar.
."Tranquila, Nad. No tienes por qué tener miedo" susurró una voz familiar traída desde el fondo de su mente, y otro recuerdo más fue traído a su memoria.
."No te preocupes" le dijo Leo, mientras ella secaba las lágrimas de su rostro, "yo estaré contigo". Nadhel se removió dentro de su apretada habitación, tratando de conciliar el sueño. "Aquí estaré hasta que duermas. Lo prometo". Ella cerró los ojos y una dulce melodía comenzó a brotar de los labios de Leo. Una canción de cuna.
–Leo… –sollozó ella.
."Aquí estaré, cuidándote…".
Entonces la voz de Jewie le llegó desde el fondo, junto con un pequeño rayo de luz.
–Vamos, Nad. Ya te falta poco –la animó.
Respiró hondo y bajó un pie, luego otro… y algo crujió con un gran estruendo.
El penúltimo trecho de la escalera se vino abajo, llevando consigo a Nadhel, que se aferraba con fuerza. Toda la estructura se bamboleó a uno y otro lado del conducto, siempre cayendo, hasta que quedó atorado entre dos láminas irregulares y el golpe obligó a Nadhel a soltarse.
Su cuerpo se precipitó inevitablemente. En un intento de asirse de algo, uno de sus hombros se cortó con una varilla salida y finalmente cayó contra el suelo de costado.
–¡Nad! –Jewie se aproximó a ella alarmada.
Hubo un débil gemido por respuesta.
–¿Se…se encuentra bien?
–¿Nadhel?
La oscuridad le rodeaba por doquier, la atrapaba y envolvía con brazos negros. La canción sonaba. Se sentía mareada, perdida entre la nada. De pronto, comenzó a oír retazos de una lejana conversación entre dos niños.
."Hola, ¿puedo sentarme?".
."Oí que acabas de llegar, ¿cuál era tu nombre?".
."Es un lindo nombre…".
. "Todo es muy extraño…".
."Descuida, te acostumbrarás pronto".
. "¿Tu ciudad fue atacada?".
."Apropósito, me llamo Leo… me llamo Leo… Leo".
–Leo… –balbuceó Nadhel.
–Nad, despierta, por favor.
Un hilo de luz rasgó su oscuridad, llamándola.
–Está abriendo los ojos… ¿Nad?
Nadhel se quejó. Sentía el cuerpo dolorido y un fuerte aguijonazo en el brazo.
–¿Qué ha pasado? –preguntó confundida.
–Te has dado un buen golpe –le dijo Jewie –¿cómo te sientes?
–La escalera se vino abajo… –recordó en voz alta.
Una luz la recorría de aquí a allá.
–Se cortó –dijo entonces Ann, tocándola ligeramente de la parte baja del hombro.
–¡Ay!
–Lo siento… Jewie, sostenme la lámpara.
Ann se rasgó una tira de su playera, ya gastada por el tiempo. Tomó con suavidad el brazo de Nadhel y le cubrió la herida con la tela gris. No le serviría de mucho, pero al menos la herida no estaría tan expuesta.
Unas cuantas lágrimas escaparon de los ojos de Nadhel, pero se contuvo de llorar.
–Listo. ¿Puedes levantarte? –le preguntó Ann.
–Eso espero –susurró, para que no se le rompiera la voz.
Jewie le pasó un brazo por la espalda para sostenerla, mientras Ann la ayudaba a incorporarse con ambas manos.
–¿Todo bien? –preguntó Ann.
–Sí, creo que no me he roto nada –comentó Nadhel, intentando relajar un poco la tensión.
Ann suspiró.
–Bueno, entonces en cuanto se aclare un poco el día, saldremos. Si quieren descansen un rato.
–¿No deberíamos marchar ya? –preguntó Nadhel.
–La salida da a una pendiente, y hay mucha tierra suelta. Con la poca luz que tenemos podríamos pisar mal y caer, no sé que tan alto.
–Bueno, Nadhel ya se ha dado el porrazo de su vida, no creo que le importe otro más ¿verdad, Nad? –bromeó Jewie.
Nadhel se rió. No le importaba que Jewie se estuviera burlando de ella, siempre agradecía su buen humor.
–¿Falta mucho para que amanezca?
–Un par de horas, tal vez.
–Entonces, con su permiso… –dijo Jewie, mientras se acomodaba contra una de las paredes –yo si pegaré el ojo un rato.
Nadhel se dejó deslizar a su lado.
Ann sonrió, se sentó en la salida que daba al exterior y su mente comenzó a trazar planes, nada podía salir mal… no ahora.
Capítulo III
// Cenizas
Poco a poco unos suaves rayos se fueron filtrando por los agujeros del metal carcomido. Ann parpadeó y abrió los ojos por completo, sin haber podido conciliar el sueño. Se sentía agotada por la larga caminata en la oscuridad y la tensión hacía que todos sus músculos se sintieran rígidos.
Se incorporó del suelo y se volvió hacia sus amigas. Nadhel dormía recargada en la pared y Jewie apoyada en Nadhel.
–Vamos –dijo con voz débil –está a punto de amanecer.
Una de las suaves orejas de Jewie se movió, percibiendo el sonido.
–¿Tan rápido? –se quejó entre sueños.
Ann por toda respuesta se volvió hacia la puerta metálica y la empujó con su cuerpo, ésta se abrió con varios rechinidos. El ruido acabó por despertar a Nadhel.
–¿Qué pasa? –preguntó desorientada.
–Nuestra guía dice que dormir es malo, así que levántate –dijo Jewie, al tiempo que se desperezaba.
–¿Qué?
–Que te levantes –repitió Jewie, tirando de ella. La herida de Nadhel lo resintió.
–Espera, espera –la detuvo, llevándose una mano debajo del hombro.
–Oh, lo siento… lo había olvidado.
–Vamos ya –las apremió Ann.
Esta vez Jewie ayudó a Nadhel con mayor cuidado y fueron al encuentro de Ann, quien inspeccionaba el exterior aun cubierto por las sombras de la madrugada.
Bajaron por la pendiente, que se hallaba fuera de la salida del conducto, apoyándose en algunas salientes rocosas. Había demasiada tierra suelta que no representaba un apoyo fiable en aquella semipenumbra.
Cuando estuvieron en suelo firme, Ann alumbró a su alrededor sin demasiado éxito. Más allá de donde estaban, los contornos eran difusos, solo se distinguía el cielo de las extrañas elevaciones del terreno.
–¿Dónde estamos? –preguntó Nadhel débilmente.
–Es como si estuviéramos en una olla gigante –murmuró Jewie.
Ann se volvió hacia ella para preguntarle algo, alumbrándola sin querer con la lámpara. El efecto de la luz sobre los ojos de Jewie la tomó por sorpresa y soltó una exclamación ahogada.
–¿Qué pasa? –preguntó Jewie con aire inocente.
–Tus ojos… brillan.
Nadhel se colocó al lado de Ann para mirar también.
–Es cierto –murmuró –se ven verdes…
Jewie frunció el ceño.
–Sí, claro –replicó con sarcasmo.
–Tiene sentido… –comenzó a decir Ann –tal vez por eso ves mejor en la oscuridad… ¿sabes dónde estamos?
–Si me quitaras la luz de encima quizá podría decirte –protestó Jewie.
–Sí, lo siento.
Jewie volvió a mirar a su alrededor y luego tras ella.
–Estamos encerradas –dijo al fin.
–¿Qué?
–Sí, es como decía: una olla. Es como si estuviéramos dentro de una enorme olla formada de tierra. Tendremos que escalar para salir.
Ann soltó aire pesadamente.
–¿De qué lado es más bajo?
Jewie volvió a mirar. Ellas habían salido por la abertura del conducto que se encontraba a mitad de la pendiente más alta. Dándole la espalda a ésta, del lado izquierdo parecía disminuir.
–Allá. Creo que es lo más bajo y hay varias piedras para apoyarse. ¿Quieres que lo intentemos?
–¿Tenemos otra opción? –preguntó Ann con cierto sarcasmo.
–Sí, podemos acampar aquí hasta que vengan y nos lleven de vuelta al internado.
–Bueno, supongo que todas preferimos lo primero –concluyó Ann y echó a andar en la dirección señalada por Jewie.
–Sí, supongo que sí –dijo ella, siguiéndola, luego se volvió –. ¿Nad?
Nadhel miraba con gesto triste la salida del conducto.
–Claro… –murmuró apesadumbrada y se volvió hacia Jewie –. Vamos.
Cuando alcanzaron la ladera, el cielo ya era de un gris más claro.
Ann pudo comprobar que Jewie tenía razón: estaban dentro de un enorme agujero en la tierra, de varios metros de profundidad. Conciente de que el tiempo apremiaba e ignorando su cansancio, comenzó a subir apoyándose en las salientes rocosas.
Nadhel la miró un instante antes de decidirse a hacer lo mismo. A cada paso que daba lejos del internado, sentía que algo tiraba de ella, atándola a lo que dejaba atrás y provocándole un profundo dolor de pérdida, haciendo que la tarea de escalar la pendiente le resultara aun más difícil de lo que había imaginado.
Jewie por su parte estaba teniendo algunas dificultades para avanzar, lo cual era raro. Siempre había sido de cuerpo flexible, ágil y rápida. Pero no era alta, ni fuerte, y en las circunstancias en que estaba, se necesitaba de ambas cosas. Tenía que dar largas zancadas antes de alcanzar una saliente en la que apoyarse y subir; e impulsarse con las manos y piernas era algo que la agotaba en exceso. Mientras esto ocurría no dejaba de recordar las numerosas veces en que había derrotado a sus amigas en carreras y escapaba de ellas con suma facilidad. Se había colado por un sin fin de conductos pequeños y huecos para acceder a las zonas restringidas… pero ahora, ahora era la más rezagada y la más agotada. Exhalando con pesar siguió avanzando, sin dejarse vencer, pero forzando su cuerpo al máximo.
Cuando el sol ya era visible para todas, Ann alcanzó, finalmente, la cima de la ladera. Se dejo caer agotada en la tierra y se echó un brazo sobre los ojos. Estaba empapada en sudor y su respiración era agitada. Pero lo había logrado, había dado otro paso hacia su libertad.
Nadhel fue la siguiente en llegar, varios minutos más tarde. Ann le tendió la mano y ella se dejó caer de rodillas sobre el suelo, con la mano sobre el corazón, sintiéndolo saltar con fuerza y resonar en sus oídos. La cabeza le dolía y se sentía algo mareada.
–Eso estuvo de muerte –le dijo a Ann. Su amiga le sonrió cariñosamente.
–Descansa un rato… ¿dónde va Jewie? –se preguntó de pronto, examinando el interior del cráter. Se encontraba en una gran roca plana saliente, esforzándose por sostenerse de alguna otra, y luchando contra la arena y tierra que continuaban mandándola abajo una y otra vez.
–Jew ¿estás bien? –le gritó. –¿Necesitas ayuda?
Jewie la miró con sus grandes ojos llenos de frustración.
–Estoy cansada, es todo… en un segundo las alcanzo…
–Jew, si quieres yo…
–¡No! Estoy bien, quédate ahí.
Ann asintió, si Jewie no quería ayuda ella no la obligaría, pues sabía que su amiga siempre la pedía solo cuando de verdad la necesitaba. Jewie no era orgullosa.
Se apoyó un instante contra la superficie rocosa sobre la que estaba. Sus piernas le temblaban del puro cansancio. Respiró hondo un par de veces y luego volvió a mirar hacia arriba. Ann la miraba con preocupación. Pero no podía pedirle que bajara para ayudarla… ella tenía que hacerlo. Esta era la primera gran dificultad a la que se enfrentaban y tenía que vencerla, de verdad podía hacerlo…
Entonces, como para darse ánimos, toda su mente se llenó de los recuerdos que la habían obligado a dejar el internado: las dolorosas terapias, el malestar después de ellas, los extraños sueños en los que se transformaba y… la aguja que la inyectaba mientras dormía…
Una sensación extraña le subió por la garganta y de su boca escapó un gruñido apenas perceptible. Entonces las sienes le comenzaron a punzar y el dolor la hizo arrodillarse. Cuando intentó sostenerse de algo se dio cuenta de lo que estaba sucediendo: su mano había dejado de ser la de una chica.
Un estremecimiento le recorrió la espalda al tiempo que escuchaba la voz de Ann a lo lejos.
–Jew… Jewie ¿Estás bien? ¿Qué…?
Jewie se encorvó otro tanto ante una punzada en el vientre, seguida de espasmos en brazos y piernas.
."No puedo… no puedo estar cambiando…".
Entonces su vista se nubló por unos segundos, mareada. Al momento siguiente toda su visión había cambiado: los colores del ambiente los percibía algo más tenues. Intentó ubicarse y se encontró con que estaba en cuatro… patas, con las ropas holgadas aún sobre ella y algo que le molestaba en las patas traseras. Casi por reflejo se lo sacudió de encima, caminando un poco, y entonces se dio cuenta que se movía con total naturalidad en aquella posición. Miró a su alrededor y luego tras ella: lo que le había estado estorbando eran sus propios zapatos.
Se acercó a ellos, sabiendo que más adelante los necesitaría. Gruñendo bajito los tomó con… ¿su hocico?
."Esto es demasiado… extraño".
Luego retomó su objetivo.
."Muy bien, ahora a salir de aquí".
Sintiendo ya las ventajas de su nueva forma comenzó a escalar. El impulso que le proporcionaban sus cuatro patas era enérgico y escalaba con suma facilidad, como si sus músculos ya no resintieran el esfuerzo. Y cuando la tierra suelta resbalaba, sus garras se aferraban a ella, impidiendo que retrocediera. Sonrió para sus adentros.
."Vaya, esto no es tan malo después de todo".
Con júbilo, aceleró la marcha, trepando con ágiles zancadas y graciosos saltitos. Se sentía fuerte, libre… sin ganas de detenerse. Era como si todo el mundo hubiera cambiado, a pesar de que era su cuerpo el que lo había hecho. Volvió a saltar con alegría hacia el final de la pendiente cuando se dio cuenta de que acababa de aterrizar ante una sorprendida chica.
Sin saber porqué ocurrió, todo su cuerpo se relajó y después de un intenso escalofrío pudo parpadear como si acabara de despertar de un sueño. Inmediatamente se miró las manos.
–¿Qué… qué fue eso? –preguntó Ann alarmada, a sus espaldas.
Jewie no respondió, se limitó a sonreírle a Nadhel, que aún se encontraba en el suelo, sentada y con los ojos y boca abiertos.
Luego vio sus zapatos en el suelo y, como si nada anormal hubiese ocurrido, se dispuso a calzárselos.
–Jewie –exigió Ann, arrodillándose a su lado –te… te transformaste.
–Sí, creo que sí –respondió Jewie sonriendo.
–Pe-pero tú… ¿sabías cómo hacerlo? ¿Lo habías hecho antes?
–No.
–Entonces ¿Por qué…?
–No sé, Ann –Jewie se incorporó de un salto y sintió que sus piernas volvían a protestar de fatiga. –No sé por qué ocurrió, yo solo… sentí que cambiaba, sin poder evitarlo… fue increíble.
–¿Increíble? Jewie… –el rostro de Ann adquirió una expresión extraña, ¿compasión? –Ellos lo lograron. ¡Te cambiaron por completo!
–Pero sigo siendo yo…
–No, ellos hicieron que… te convirtieras en… un animal.
–¿Y? ¿Viste como escalé? Esto es genial.
Ann meneó la cabeza con pesar.
–Este era su objetivo… y lo están logrando. Si llegaran a saberlo…
–Pero escapamos ¿de acuerdo? Ya no pueden usarme, estamos a salvo.
–Bueno… seguimos estando muy cerca del internado ¿saben? –las interrumpió Nadhel.
Las dos se volvieron hacia ella y luego al lugar donde miraba: el enorme edificio gris, contrastante contra el sol que ya estaba alzándose por encima de la impresionante construcción.
–Tenemos que irnos. Ya –murmuró Ann, como si de pronto temiera ser escuchada. Luego agregó: –Y, por favor, Jewie, procura no volver a transformarte.
–Pero…
–Ellos no deben saberlo –cortó y emprendió la marcha hacia el edificio.
Alrededor de ellas se extendían varias cordilleras, formando la enorme cuenca dentro de la que estaban, pero éstas parecían disminuir en altura hacia el este, por lo que tendrían que rodear el internado y seguir el camino hacia dónde había nacido el sol.
Jewie y Nadhel se mantuvieron rezagadas, dejando que Ann fuera varios pasos más adelantada.
Jewie porque Ann parecía enfadada con ella por transformarse.
Nadhel porque, como acostumbraba, iba sumida en sus pensamientos. Sentía que tras las paredes de metal se quedaba una parte de sí misma… una parte que, se había prometido, algún día volvería a buscar.
De pronto, sacada de su ensimismamiento, Nadhel se percató de la inmensa puerta que llevaba al interior del internado y sintió que algo le apretaba el corazón al tiempo que, del baúl de su mente, escapaba un viejo recuerdo.
–No tengas miedo, Nadi. Verás que te acostumbrarás y hasta harás nuevos amigos.
La niña intentó limpiarse las lágrimas que empapaban sus mejillas, pero de sus ojos oscuros brotaron aún más.
–Oh, ya, cariño. No llores. No será tan malo –volvió a decir la mujer y envolvió a una pequeña Nadhel entre sus brazos –Shhh, tranquila.
–Quiero estar contigo –sollozó la niña.
–Pero ahora no se puede, nena. ¿Recuerdas lo que dijo tu papi?
Nadhel negó con la cabeza.
–Es para que estés a salvo. Hasta que termine el peligro ¿de acuerdo? Después yo vendré por ti.
El vehículo volador sobre el que iban comenzó a descender y finalmente se posó sobre la tierra, creando una polvareda a su alrededor.
–Llegamos –murmuró la mujer. Nadhel se abrazó a ella con más fuerza.
–¿No puedo quedarme contigo?
–No, cariño. Este es un lugar especial para los niños… pero tranquila. ¿Recuerdas la historia que solía contarte?¿La que tanto te gusta?
Nadhel asintió.
–A lo mejor y por fin lo conoces…
La pequeña dejó de llorar y volvió a limpiarse los ojos con sus manitas.
–Vamos –le indicó su madre, ayudándole a descender a la tierra.
Frente a ellas se alzaba una construcción gris de proporciones sorprendentes. Nadhel apretó con fuerza la mano de su madre.
–¿Qué es, mamá? ¿Dónde estamos?
–Es aquí, Nadi. Seguro que por dentro es más bonito.
–No me gusta. Yo… yo no quiero quedarme.
Su madre la acercó a su cuerpo con ternura.
–No pasará nada malo. Estarás bien –al último, su voz se quebró.
–Mami…
En ese momento la enorme puerta comenzó a abrirse con un fuerte pitido y el sonido de engranes. Ambas se sobresaltaron.
Los demás niños, que habían viajado solos en el vehículo, fueron llevados dentro. Nadhel se abrazó a su madre.
–Llévame contigo, por favor.
–No, pequeña… no puedo.
Un hombre de bata blanca y rostro frío se acercó a ellas.
–Nosotros nos haremos cargo –dijo con voz de acero.
Tomó a Nadhel del brazo y la alejó de su madre sin vacilar.
–¡No! –Chilló la niña –¡Mami!
Su madre se dio la vuelta con el rostro entre las manos y el corazón destrozado.
–Mamá… –la llamó por última vez Nadhel, antes de que la puerta de metal se cerrara y la apartara de ella para siempre.
–¿Nad? –preguntó Jewie, mirándola –¿estás bien?
–S-sí –tartamudeó Nadhel, volviendo a la realidad.
–Estás llorando –le hizo saber Jewie. Nadhel se llevó una mano a la mejilla, sorprendida. Estaba húmeda.
–Ah, yo…
Jewie le sonrió.
–No importa, creo que sé por qué es… yo, la verdad, no lo recuerdo. Después de que…
Ann las interrumpió con un grito de asombro.
–¡Tienen que ver esto!
Las dos corrieron alarmadas hacia ella.
–¿Qué pasa? –le preguntó Jewie justo antes de llegar.
Ann miraba fijamente algo detrás del internado. Su rostro lucía aún más pálido de lo normal.
Jewie fue la primera en colocarse a su lado y ver lo que la había puesto así. Sus delicadas cejas se alzaron y sus labios se separaron ligeramente.
–¿Qué… qué le ocurrió? –dijo en un susurro.
Nadhel salvó la distancia hasta ellas disminuyendo la velocidad de su carrera. Luego se volvió hacia el punto que miraban sus amigas, no muy segura de querer averiguar lo que ahí había.
El paisaje que se extendía frente a ella era abrumador.
Parecía una antigua y pequeña ciudad totalmente devastada: las ventanas rotas, las puertas venidas abajo, las paredes carcomidas por ácido y los techos derruidos, albergando balas y pequeños misiles. A su alrededor el espectáculo era aun más escalofriante. El suelo estaba cubierto de armaduras y cascos sosteniendo lo que aún quedaba de sus antiguos portadores, sus armas aun descansaban a su costado, sin dejar lugar a las dudas sobre la causa de su muerte. Los árboles que se habían logrado mantener en pie, ya muertos, desprendían cenizas blancas y grises, dejando que el viento se tiñera con ellas y las esparciera, en señal de un silencioso lamento.
Durante un largo momento, ninguna de las chicas se movió. El panorama les había llenado el corazón de tristeza y temor, y ninguna de ellas quería ser la primera en avanzar hacia el aterrador campo de batalla.
El penetrante silencio se rompió cuando, de pronto, un ave negra aleteó desde algún escondrijo y fue a posarse sobre uno de los árboles muertos. Miles de partículas blancas se desprendieron del tronco. El ave se acomodó sobre la rama abriendo y cerrando las alas para mantener el equilibrio. Luego posó sus ojos amarillos sobre las tres chicas y graznó con un curioso ruido gutural. Dio varios saltitos y luego comenzó a limpiarse las plumas.
–¿Qué es eso? –preguntó Jewie en un susurro. Ahora las tres miraban atentamente el pájaro negro.
–Un ave… ¿qué iba a ser? –respondió Ann.
–Nunca había visto uno negro… ni tan grande.
Jewie intentó dar un paso hacia él, pero algo crujió y el ave echó a volar, extendiendo sus grandes alas que lanzaron destellos azules a la luz del sol.
La chica resopló desilusionada.
–No pensé que hubiera algo vivo por aquí –murmuró Nadhel.
–Ni yo… este lugar está completamente muerto –dijo Ann –¿cuándo lo habrán destruido?
–Ni idea –respondió Jewie acariciándose un brazo, notablemente alterada.
–Bueno… tenemos que atravesarlo ¿no?
Ann y Jewie se volvieron hacia Nadhel, asustadas. Ella se sintió ligeramente incómoda.
–Si intentáramos rodearlo tardaríamos mucho –se explicó.
–Sí, tienes razón –asintió Ann, pero sin poder ocultar un ligero nerviosismo.
–A mí no me hace mucha gracia andar pisando cadáveres –añadió Jewie.
–No tenemos otra opción, Jew –le dijo Ann.
–Bueno, entonces vamos –zanjó Nadhel, y decidida avanzó hacia las ruinas.
Ann se demoró unos instantes antes de decidirse a seguirla, no demasiado convencida.
Jewie tomó aire y, manteniendo su vista en lo alto, echó a andar con pasos titubeantes, rogando por que ningún cuerpo muerto se atravesara en su camino.
Nadhel observaba con atención los edificios a su alrededor, no parecían tratarse de una ciudad cualquiera, pues sus paredes eran de gruesas láminas de metal… como el internado. Y dentro –luego de echar un rápido vistazo por una ventana rota –solo había podido apreciar extraños aparatos, mesas, sillas y un sin fin de papeles cubiertos de polvo. Pero nada que pudiera darle pistas de lo que había podido ser ni de por qué había llegado a ese desastroso fin.
–Este lugar me pone los pelos de punta –murmuró Jewie, varios pasos por detrás.
–Y que lo digas –coincidió Ann, ahora con las manos alrededor de su cuerpo, como si tuviese frío, y mirando con cierta paranoia hacia un lado y otro.
–¿Por qué les da miedo? Ya no hay nadie… solo son un montón de ruinas –comentó Nadhel.
Ann fijó su vista en ella y ésta le devolvió la mirada. Ann realmente lucía asustada, con sus grandes ojos cafés muy abiertos.
–Tu ciudad no fue destruida ¿verdad, Nad?
–No, pero…
–Quizás por eso no oyes todo lo que oigo yo… –dijo Ann volviendo a caminar.
Nadhel la miró alejarse y luego se volvió hacia Jewie.
–No, no yo oigo cosas, no estoy tan loca –respondió Jewie a una pregunta no hecha –Me da miedo tanto muerto, ¿de acuerdo?
Nadhel le sonrió.
–Lo siento. Había olvidado que todas habíamos pasado por situaciones distintas –dijo tomando el brazo de Jewie.
–No te preocupes, es bueno que una de nosotras siga manteniendo la calma. ¿Te imaginas que todas nos pusiéramos a gritar y correr como desquiciadas?
Nadhel se echó a reír.
–Pero camina, Nad –la apremió Jewie.
El sol se alzó sobre las ruinas y comenzó a descender por el oeste, tras ellas. La ciudad, o lo que hubiese sido, no era demasiado grande, pero debido a los numerosos escombros, tuvieron que dar varios rodeos antes de atravesarla por completo.
Afortunadamente lo lograron cuando el sol aún iluminaba con tonos naranjas el cielo a sus espaldas.
Más allá de las ruinas, el terreno se interrumpía bruscamente en una pendiente pronunciada y luego se extendía llano hasta las montañas del este.
En un punto lejano parecía haber un paso entre ellas, por el cual podrían salir de la cuenca.
–¿Cómo bajamos? –preguntó Jewie. Estaba ansiosa por abandonar el lugar.
–Quizá mañana se nos ocurra algo –sugirió Nadhel.
–¿C-cómo que mañana?
–Podríamos pasar la noche en uno de los edificios. No hemos dormido desde ayer y si continuamos… puede que no encontremos un mejor lugar.
–¡¿Un mejor lugar?! Cualquier lugar es mejor que éste, créeme.
–Nad tiene razón, Jewie –intervino Ann –lo más seguro es dormir aquí. Y, la verdad, yo estoy agotada.
–Pe-pero… ¿y las cosas que oyes?... por favor, dime que no hablas en serio.
–Sí, me trae malos recuerdos, pero los ojos ya me pesan y más allá no se ve dónde podríamos pasar la noche. No falta mucho para que oscurezca.
–¿Y si nos alcanzan?
–Ese es otro punto –volvió a hablar Nadhel –. Aquí será más difícil que nos encuentren si descansamos. Al aire libre es más arriesgado bajar la guardia.
–Y necesitamos reponer las energías –secundó Ann.
Jewie las miró alternadamente y por fin se dio por vencida. Era ella sola contra las dos. No las haría cambiar de opinión. Suspiró abatida.
–Si no logro dormir, será su culpa –se quejó.
Ann le sonrió con pesar.
–Lo sé, Jew. A mí tampoco me hace mucha ilusión, pero no tenemos una mejor opción. Verás que con el cansancio acabarás rendida.
Jewie hizo un mohín, pero no volvió a protestar.
Nadhel ya se encontraba inspeccionando un curioso edificio achaparrado que no parecía haber sufrido gran daño. Quitó algunos escombros de la entrada y empujó con su cuerpo la gran puerta metálica. Dentro se elevó una nube de polvo y cenizas. Nadhel se alejó un poco tosiendo, hasta que ésta se disipó y entonces pudo inspeccionar el interior. Sobre una larga mesa había varios planos extendidos, las sillas aún permanecían de pie alrededor de ella y numerosas cajas grises de diversos tamaños se apilaban contra las paredes.
Tomó los planos mejor conservados y los colocó sobre el piso, abarcando una superficie considerable. Ann entró junto con Jewie y le ayudaron a despejar la zona, lo mejor posible, del polvo que de vez en cuando las hacía estornudar.
–No creo poder dormir así –murmuró Jewie alicaída cuando sus amigas ya se recostaban.
Ninguna le respondió y se dejó caer junto a ellas. No pasaron más de diez minutos para que se quedara profundamente dormida, justo cuando el sol ya lanzaba los últimos rayos rojos, agonizando en el oeste.
Las tres chicas durmieron sin soñar. Sus mentes y cuerpos estaban completamente agotados. No habían dormido ni comido en todo ese día y ninguna de ellas se había atrevido a enfrentar el hecho de que no durarían mucho más si no recuperaban las energías perdidas.
Ese día había estado cargado de las dudas y preocupaciones de la huida y de la inquietante sensación de que en cualquier momento podían salir a buscarlas y darle fin a sus anhelos de libertad.
La luna apareció brillante en el cielo y las estrellas salpicaron la negrura de la noche como si fueran diminutas gotas de luz.
El día renació con suaves tonos rosáceos, y el sol fue abriéndose paso lanzando sus rayos amarillos hacia las sombras que aun cubrían el lugar donde hacia tiempo una terrible batalla se había desatado.
Cuando los primeros tenues rayos asomaron, los pequeños roedores nocturnos se removieron hacia sus oscuros escondites.
Jewie giró sobre sí misma y en un breve pestañeo abrió sus grandes ojos miel.
Los finos hilos de luz, que se colaban por las numerosas grietas en el metal carcomido, le dieron en el rostro, como pequeñas caricias luminosas.
¿Dónde estoy?" Fue lo primero que se preguntó.
Un rápido vistazo a su alrededor le trajo poco a poco a la memoria los sucesos del día anterior. Suspiró profundamente.
Se removió un poco sobre la dura superficie que se encontraba cubierta por los planos, y luego se sentó sobre ella, para desperezarse.
Todo el cuerpo le dolía, pero se sentía completamente descansada.
Hubo unos suaves ruiditos en el exterior y sus afelpadas orejas se irguieron al instante, tratando de captar el origen del sonido.
Se oyó otro breve correteo de animalillos y luego unos acompasados golpes sordos… pasos. Varios hilillos de luz se cortaron a la vez y Jewie, en una rápida maniobra, se puso de cuclillas para después erguirse con sigilo. Los pasos cesaron. Alguien estaba fuera.
Unas piedras crujieron y luego los hilos de luz reaparecieron. El sonido se extinguió.
Alarmada, Jewie se inclinó sobre Nadhel, que era la más cercana a ella, y la movió por el hombro. Nadhel se removió bruscamente entre sueños y golpeó a Ann con un brazo. Ésta se despertó al instante.
–¿Qué demo…?
Jewie la hizo callar con un gesto.
–Shhh, hay alguien fuera –susurró.
Los ojos de Ann se abrieron por la sorpresa y miró a su alrededor, temerosa.
–¿Estás segura? –preguntó también en un murmullo.
Jewie asintió. Las dos se miraron, comprendiendo lo que eso significaba. Las habían encontrado… o pronto lo harían.
–Tenemos que salir de aquí –murmuró Ann.
–Pero… ¿y si nos oyen?
–No podemos quedarnos, tienen cómo rastrearnos… –dijo casi para sí misma, estremeciéndose.
–Ann… tengo miedo.
Ann también lo tenía, pero no se lo demostró.
–No dejaremos que nos lleven de vuelta. Tú despierta a Nad.
Jewie asintió con tristeza y se arrodilló junto a su amiga que aún dormía. Volvió a moverla del hombro y esta vez la chica abrió los ojos oscuros.
Se quejó al percibir la tenue luz del ambiente.
–¿Qué sucede? –preguntó adormilada.
–Hay alguien fuera, Nad. Tenemos que irnos.
La noticia acabó por despejar por completo la mente de Nadhel de los retazos del sueño.
–¿Lo vieron?
–Yo oí algo, unos pasos…
–Pero… si salimos nos verán ¿no?
–Y si nos quedamos terminarán por encontrarnos –le respondió Ann –Al menos afuera tenemos posibilidades de huir.
–Está bien –aceptó Nadhel.
Entre las tres cargaron la lámina de la puerta, ya algo vencida de las bisagras que la sostenían, y la abrieron cuidando de no hacer ruido. Se oyeron unos leves rechinidos, pero el aire que silbaba en el exterior los atenuó.
Ann se asomó con cautela y al ver la calle desierta les hizo una señal para que la siguieran fuera.
Caminaron con sigilo, una detrás de otra y mirando hacia todos lados, sintiéndose de pronto vigiladas.
Entonces el pie de Nadhel dio contra una larga varilla y ésta removió con la otra punta un montón de escombros. Entre el golpeteo, un ratón salió corriendo a toda velocidad.
Las chicas se sobresaltaron, y sus corazones se aceleraron, palpitando con fuerza.
–¿Lo habrán oído? –murmuró Jewie, preocupada.
–Será mejor que nos apresuremos –dijo Ann –no tardarán en venir para ver que ha pasado.
Pero en el mismo instante en que volvía a andar para emprender la huida, una voz la detuvo, helándole la sangre en las venas.
–¡Quietas! –ordenó la voz – Si una se atreve a moverse… disparo.
«Se acabó» fue todo lo que pudo pensar Ann.
Capítulo IV
// Secreto
Aquella noche fue parecida a muchas otras.
El horrible sueño, que se repetía una y otra vez, fue el mismo. Pero la ansiedad que la invadía fue mayor porque, una tarde antes, se había prometido que, al amanecer, iría a buscarlo para decirle todo, y librarse por fin del enorme peso que cargaba desde hacía casi dos años.
Justo cuando él se daba la vuelta con total indiferencia y la dejaba sola en la nada… despertó.
Con los ojos abiertos en la oscuridad, agradeció, como siempre, que las paredes que la rodeaban no dejaran escapar sonido alguno. Y se mintió, una vez más, diciéndose que no había gritado. Era ridículo que alguien gritara por un sueño tan tonto…
Se sacudió la sábana de encima, empujándola con los pies, y luego se giró para bajar del mueble que hacía de cama.
Una vez de pie se estiró de manera extraña y buscó a tientas el interruptor de la lámpara de luz azulada.
Se cambió la rota camiseta con que dormía por una mejor conservada –la mejor que tenía – y se deslizó dentro de los holgados pantalones que debía remangar para no arrastrarlos por el piso.
El espejo le devolvió una mueca malhumorada, una vez que estuvo frente a él.
«Mi rostro luce espantoso» se dijo, mientras cepillaba su largo cabello maltratado por el sol. Luego lo dividió con la uña y se hizo una trenza sobre cada oreja.
Bostezó audiblemente y salió arrastrando los pies, camino hacia el baño que compartía con otras cincuenta personas. Por suerte, ella era de las primeras en levantarse.
Cuando su cara estuvo limpia y los cabellos sueltos aplacados, se dirigió a la zona de vigilancia de los radares.
A medida que se acercaba, su corazón latía con más y más fuerza, y las manos soltaban gotitas de sudor. Casi sentía como la sangre le palpitaba en la punta de los dedos.
La amplia puerta se vislumbró cuando dio una última vuelta en uno de los muchos pasillos laberínticos. Un nudo se le formó en la garganta.
«Tengo que hacerlo hoy…», se repitió.
No llamó a la puerta. Nunca lo hacía y menos en esas circunstancias.
Él no debería estar ahí, y sin embargo era donde lo encontraba por las mañanas, antes de que las personas que trabajan en aquella zona se despertaran. En los últimos años, incluso, no acudían en varios días, pues el exterior era un paraje desolado y sin actividad. Ahí no había nada que vigilar.
Pero él… él seguía insistiendo. Acudiendo siempre que las circunstancias se lo permitían, mirando los monitores, atento al primer indicio de movimiento.
Ella no sabía por qué lo hacía, a pesar de habérselo preguntado en varias ocasiones. Sólo sabía que cuando ella iba a su encuentro él soltaba un profundo suspiro, le sonreía con tristeza y la invitaba a tomar algo caliente en la cocina desierta. Y era esa sencilla rutina lo que más disfrutaba del día, lo que la motivaba a levantarse cada mañana, lo que hacía que siguiera apoyándolo… a pesar de que su insistencia no sirviera de nada.
Esa mañana sería diferente. Ella no iría a ponerle una mano en el hombro, para decirle que no importaba, que tarde o temprano ocurriría, aún sin saber lo que él esperaba. No. Ese día ella se sentaría a su lado, le quitaría la vista de los monitores y… le diría todo. Al fin. El peso que día a día presionaba su corazón con fuerza, se iría… o al menos no dolería. Ya no podía soportarlo más. Lo había estado planeando desde hacía mucho y al final se había armado de valor para llevarlo a cabo.
Ni siquiera sabía porqué había ocurrido. No recordaba haberlo visto sino hasta hacía dos años, cuando él había "regresado". Era el primero en escapar y todos estaban ansiosos en hacerle miles de preguntas, deseosos de la información que les diría qué hacer para lograr el principal objetivo.
Luego, poco a poco, perdieron interés. Ya no se ocupaban de vigilar la prisión metálica y todos los planes trazados hasta el momento, fueron olvidados. Simplemente existían, ocultos, sin grandes ilusiones.
Entonces ellos se hicieron amigos, porque los dos compartían el mismo pensamiento. Si nadie hacía nada, ellos lo harían, solos. Pero aquella amistad se echó a perder, para ella, cuando, sin razón aparente, el dolor en el pecho comenzó a torturarla. Sentía que cada vez que se separaban, todo se venía abajo. Cada vez que miraba sus ojos oscuros, se mareaba. Cada vez que él pronunciaba su nombre, no podía pensar en nada más, salvo en su voz, profunda y grave.
«Debo de estar loca…», se recriminó. «¡Por favor, Süle! ¡Te lleva cinco años!»
Y ahí estaba. Frente a la puerta de la zona de vigilancia.
«Muy bien, allá vamos» suspiró.
Fiel a su costumbre, Rheyn se encontraba observando los monitores que mostraban una perspectiva del exterior basada en la temperatura de los objetos.
Cuando ella, muerta de nervios, entró, él se volvió con una mirada que la dejó paralizada por varios segundos.
Rheyn le sonrió, pero no con la decepción acostumbrada.
–A ti te quería ver –dijo, algo agitado.
–A-ah ¿ah sí? –preguntó la chica perpleja, con el corazón latiéndole con fuerza y las manos temblorosas.
–Ven, tienes que ver esto… –dijo señalándole el monitor que él había estado observando.
Ella se acercó lentamente y se sentó a su lado, conteniendo el aliento.
Había tres puntitos rojos en la parte noreste del mapa.
–¿Qué podrá ser? –preguntó, conciente de que eso era totalmente anormal.
–No tengo idea… no me había percatado hasta hace un momento, no se han movido y…
–¿Por qué querías verme? –lo interrumpió, sin poder contenerse. Aquel comentario anterior la había tomado totalmente desprevenida.
–Tú… –comenzó a decir Rheyn, clavando en ella una de sus profundas miradas–¿podrías salir a investigar?
La joven parpadeó aturdida. ¿Cómo podía alguien afectarla de esa manera?
–Oh… claro –aceptó casi al instante, sin ser demasiado conciente de lo que ocurría. Sólo sabía que no podía negarse a cualquier cosa que él le pidiera.
–Esa es mi Süle, gracias –zanjó Rheyn, sonriendo.
Al instante siguiente, Süle se encontraba caminando hacia la puerta oeste, luego de haber ido corriendo a su habitación para recoger sus utensilios.
Todo su plan se le había venido abajo con ese pequeño cambio en los radares.
Tal vez todo hubiera salido bien si él le hubiera pedido que lo acompañara a averiguar, los dos… juntos.
Pero también sabía que Rheyn tenía obligaciones y no podía descuidarlas. Ella era la que podía ir a su antojo de aquí a allá, y de hecho lo hacía. Por eso conocía tan bien el exterior.
«Demonios», susurró.
Ahora, probablemente, tendría que esperar otro tiempo para armarse nuevamente del valor que acababa de perder con tan solo mirarlo a los ojos.
Ella no era así. No se le podía manipular tan fácilmente ni afectarla de esa manera. Pero él… ¿Por qué él? ¡¿Por qué justamente él?!
Süle aceleró el paso.
«Tengo que sacármelo de la cabeza», se dijo, antes de burlar la ineficiente vigilancia que representaba el hombre dormido a la entrada de la puerta oeste. Más tarde quizá tendría que dar una rápida explicación, pero no le causaría problemas.
Enfadada consigo misma, salió al exterior. El sol aún no asomaba, pero el cielo ya estaba coloreado de naranja y rojo. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la ladera del oeste, hacia la antigua base militar destruida y llena de cenizas.
La conocía tan bien que casi vislumbró en su mente el lugar exacto en donde el radar había señalado los tres puntos rojos, inmóviles.
«Seguramente resultará ser una tontería», se quejó «alguna manada de coyotes o algo así…»
Apretó el paso, quería terminar con aquello tan pronto como fuera posible y luego encerrarse en su habitación a torturarse interiormente.
Antes de conocer a Rheyn, le hubiera resultado cómico imaginarse a sí misma enamorada de alguien. Era estúpido. Pero ya estaba flechada y no había remedio. Lo había intentado todo… hasta que se convenció de que la única manera de sacarse esa sensación de encima era diciéndoselo todo.
«Se reirá de mí en cuanto se lo diga» fue su primer pensamiento al concebir la idea.
Pero con el tiempo fue imaginando las otras posibilidades…
Rheyn estaba solo. No le conocía a más pretendientes y él no parecía interesado por ninguna de las demás chicas. Era muy pequeña, pero la posibilidad estaba ahí.
«Soy una tonta» comenzó a atormentarse, «ni siquiera es tan guapo» pensó, pero lanzó un gran suspiro.
Una vez junto a la ladera ascendente, sacó de su cinto el gancho-proyectil que ella misma, con ayuda de su padre, había ideado y construido. Apuntó hacia la cima y disparó.
El gancho se extendió en el aire y al caer se incrustó en la tierra reseca, en donde volvió a contraerse para aferrarse firmemente. Entre él y el aparato propulsor había quedado extendida una fuerte cuerda metalizada que Süle tomó para ayudarse a escalar.
Sus brazos eran fuertes y, gracias a que ya era parte de su rutina, el ascenso no se le dificultó en lo absoluto. Iba a aquel lugar varias veces a la semana, recorriendo las solitarias calles atestadas de escombros y oyendo el silbar del viento que lo llenaba todo de cenizas. No era un lugar bonito, pero a ella le agradaba la paz que allí la inundaba, como si fuera la última persona en el mundo…
Y ahora, resultaba que había tres puntos más dibujados en el mapa. Animales, seguramente, aunque no acababa de comprender por qué habían ido a parar ahí, a esa zona muerta, cuando había mejores refugios en las montañas.
«Pero… ¿y si no son animales?» se preguntó de pronto, una vez en lo alto de la ladera, frente a las ruinas. ¿Podría… podrían ser…?
«Eso es… eso es lo que Rheyn estaba esperando», se dijo, con un nudo formándose en su garganta.
Y conteniendo el aliento echó a andar por las calles aun en semipenumbras. Absorta en sus pensamientos caminó descuidadamente, hasta que un grupo de roedores huyó por todo lo ancho de la calle, provocando pequeños ruiditos cuando pasaban junto a huesos, láminas o demás piezas metálicas.
Süle se detuvo en seco. Si lo que había detectado el radar… eran personas… Tenía que ser sigilosa, hasta asegurarse de qué diablos se trataba. Reanudó la marcha, cuidando que sus pies se apoyaran con suavidad, haciendo el menor ruido posible.
En uno de los edificios a su alrededor debería encontrarse su objetivo, pero el viento insistía en silbar y provocar una ligera polvareda color gris que volvía los contornos borrosos. Decidió entonces rodear la zona, en busca de alguna pista que la ayudara. En una ocasión creyó escuchar unos leves cuchicheos, pero no estaba completamente segura, a veces el continuo murmullo del viento traía sonidos distorsionados.
Recordó la primera vez que había recorrido las ruinas con su padre. Ella entonces era una niña y ese lugar le provocaba escalofríos. Además de que los cadáveres habían invadido sus sueños durante demasiadas noches.
Su padre la llevaba de la mano, pero cuando hablaba para dar órdenes, no se dirigía a ella. Después de, en contra de su voluntad, haber recorrido todo el perímetro de aquel horrible lugar, su padre había meneado la cabeza desaprobadoramente.
–No hay nada que rescatar de aquí –había dicho. Y jamás volvió a poner un pie en las ruinas.
En cambio Süle había aprendido a perderle poco a poco el miedo. Desde que su padre le había presentado a su nueva pareja, ella había huido hasta allí para refugiarse del resto del mundo en lo que, ella decía, parecía el fin del mundo.
Ahí nadie la molestaba ni interrumpía, ahí había aprendido a usar su arma disparándole a la nada, y ahí había acudido a llorar cuando el sentimiento por Rheyn se había hecho tan intenso que creyó que no podía soportarlo por más tiempo.
Ese era su lugar feliz, su lugar de paz, de reflexión y de consuelo… las viejas ruinas de una base militar.
Un tintineo metálico la sacó bruscamente de sus recuerdos. Ahora con todos sus sentidos alerta, se volvió hacia el lugar del que había provenido.
Aceleró la marcha, sorteando con ágiles zancadas cualquier obstáculo en su camino. Pero justo después de haber doblado en una esquina, la sorpresa la detuvo.
Ahí.
Casi al final de aquella calle se percibían, de manera difusa, tres siluetas. Tres siluetas humanas.
«No puede ser…»
Con mucha cautela se pegó a una de las paredes y avanzó poco a poco hacia ellas, el corazón se le aceleró por segunda vez en ese día.
Murmullos.
Una de las siluetas dijo algo e hizo ademán de alejarse. Süle se le adelantó.
Saltó hacia delante y a toda prisa sacó el arma del otro compartimiento de su cinto. Una vez a sus espaldas, habló con su acostumbrada voz autoritaria:
–¡Quietas! –ordenó– Si una se atreve a moverse… disparo.
Entonces se percató que las siluetas pertenecían a tres muchachas, de trajes grises, cuyos cuerpos quedaron totalmente petrificados por el miedo.
Capítulo V
// Veredicto
-"Se acabó" pensó Ann.
Todo su cuerpo se hallaba paralizado, por la sorpresa, el miedo y, finalmente, la decepción de saberse derrotada. Sus sueños de libertad acababan de resquebrajarse y ser arrastrados por el viento.
Cerró los ojos para contener las lágrimas de frustración.
Se acabó… maldita sea" se repitió, apretando los puños con fuerza.
El viento volvió a soplar, alzando nubes de cenizas.
La voz rompió el cruel silencio.
–Dense la vuelta.
Con exagerada lentitud las tres chicas le obedecieron, resignadas, y con el corazón encogido de miedo.
Pero sus ojos se posaron en quien no esperaban.
Con un arma delgada y ligera, sujeta en su muñeca, una extraña chica les apuntaba. Tendría tan solo unos cuantos años más que ellas y su figura, aunque alta, era menuda. Sus brazos estaban ligeramente marcados por el ejercicio, pero si no fuera por el arma, no representaría un gran peligro. Su piel era morena, con diminutas pecas salpicando sus hombros. Su cabello de un color oscuro estaba atado en dos largas trenzas que caían cubriendo sus oídos. Su gesto era duro y decidido, y su ceño fruncido acentuaba unos extraños ojos verdes grisáceos. Sus ropas gastadas y sucias, que consistían en una camiseta y unos pantalones holgados, le conferían cierto aire salvaje.
Su dura mirada escrutó a cada una de las tres chicas, que aún no sabían cómo interpretar su presencia. El escrutinio se detuvo en Jewie.
Los grandes y expresivos ojos de Jewie sostuvieron la mirada de la muchacha que la amenazaba sin razón aparente. Unos segundos después el arma volvió a su funda con un suave clic.
–¿Vienen de la prisión metálica? –preguntó la chica, aun con tono autoritario.
–¿Hablas del internado? –inquirió Jewie, con su suave voz de niña.
La chica le dedicó una media sonrisa.
–Sí, como sea…
–Huimos de ahí ayer –se atrevió a decir Ann, más tranquila al sospechar que la chica no las llevaría de vuelta, como había creído.
La extraña asintió en silencio. Luego echó a andar hacia el este, pasando entre ellas de largo, sin mirarlas. De pronto se volvió con gesto pensativo.
–Me gustaría que vinieran conmigo, sino les importa –agregó antes de reanudar la marcha.
Nadhel se volvió hacia Ann.
–¿Crees que deberíamos ir con ella? –le preguntó en un susurro.
–No creo que nos haga nada –respondió Jewie, adelantándose a la respuesta de Ann –. Parece una buena persona.
–¿Qué? –exclamó Nadhel en voz baja –¡Nos acaba de apuntar con un arma!
–Pero no te disparó… Yo voy con ella –cortó Jewie encogiéndose de hombros y, con un gracioso trote, marchó tras la desconocida.
–¡Jewie! –intentó detenerla Ann, pero su amiga ya estaba más cerca de la extraña que de ellas – Demonios –resopló – Será mejor que vayamos con ella, no quiero dejarla sola.
Nadhel suspiró con cansancio, pero le dio la razón.
La chica percibió el trote que sonaba unos pocos metros detrás de ella. Sonrió.
–Así que te llamas Jewie –comentó. Le había sido imposible ignorar la pequeña discusión a sus espaldas.
–Sí –respondió Jewie con una gran sonrisa – ¿Tú cómo te llamas?
–Süle.
Jewie parpadeó. Sul. Curioso nombre. Luego trató de hacer conversación, alegre como siempre.
–¿ Vives por aquí? Yo creí que no había nadie. Todo parece tan muerto...
–Mmmm, algo así…
–Oh… y… ¿alguien más vive contigo?
Süle se echó a reír con un suave sonido, apenas perceptible.
–Claro que sí. Ya los conocerás –comentó más animada.
–¿De verdad? –exclamó Jewie con alegría.
–Jew –jadeó Nadhel tras ella.
–Hola, Nad –sonrió Jewie –Ella es Süle –dijo haciendo un gesto hacia la joven – Süle, ella es Nadhel…y la chica enojona es Ann –rió divertida.
Ann entornó los ojos. Süle se volvió con cierta brusquedad hacia ellas, haciéndolas detenerse en seco. Ya habían llegado a las afueras de las ruinas.
–Encantada de conocerlas, aunque sé que el sentimiento tal vez no sea mutuo. Tendrán que perdonarme el susto que les di, no era mi intención, de verdad… Como ya dijo su amiga, mi nombre es Süle y vivo no muy lejos de aquí. Me gustaría explicarles lo que sucede, pero me temo que no tenemos mucho tiempo y es arriesgado hacerlo ahora. Esperen a que estemos a cubierto y responderé a sus preguntas, si les parece... no sabemos cuánto tardarán en salir a buscarlas –dijo al final, clavando su mirada inquisitiva en ellas para poner énfasis en sus palabras.
Las tres asintieron, movidas por el miedo de sentirse descubiertas.
Süle las guió hasta la pendiente que interrumpía bruscamente el terreno, a unos cuantos metros de la ciudad en ruinas.
Una vez más hizo uso de su gancho, y apuntó hacia la tierra para asegurarlo. Todas dieron un pequeño brinquito.
–Muy bien, irán detrás de mí –les indicó– intenten tomar la cuerda con firmeza, si se les va se quemaran las manos.
Y se dejó deslizar hacia atrás, dando ágiles saltos y sosteniéndose con sus firmes piernas.
Jewie ni siquiera lo pensó dos veces, tomó la cuerda e imitó la maniobra de la chica. Su habilidad era menor, pero de igual manera llegó a salvo.
–Esta vez ve tu primero, Nad –dijo Ann mirando hacia el terreno que se extendía más abajo.
–¿Segura?
–Quiero ver que tal te va… si no caes… es que no hay peligro –respondió con una breve sonrisa.
Nadhel frunció los labios ante la broma un tanto inoportuna de Ann.
–Ya entendí… yo soy la torpe… –comentó sin mucho ánimo y se agarró de la cuerda para descender.
Lo cierto era que Nadhel aquel día no se sentía bien. Había amanecido con un ligero dolor de cabeza y a medida que caminaba sentía que ésta le daba vueltas. En varias ocasiones se tambaleó un poco, pero por fortuna no ocurrió nada parecido a la caída en los conductos.
Ann fue tras ella apenas la vio tocar el suelo.
–¿Te sientes bien? –le preguntó Süle a Nadhel al verla tocarse la frente con cierto malestar.
–Sí… no es nada…
Süle la escrutó con sus penetrantes ojos grisáceos.
–Bien, entonces sigamos.
–A dónde nos llevas, si puede saberse –preguntó entonces Ann, ya recuperada de la sorpresa y asumiendo nuevamente su papel de líder.
–No está muy lejos, cuando lleguemos podrán verlo por ustedes mismas.
–No se ve nada cerca…
–Aún en la misma entrada no verás nada –cortó Süle y avanzó con paso decidido.
Ann hizo una mueca pero no replicó, luego los tambaleantes pasos de Nadhel llamaron su atención.
–¿Segura que estás bien? –le preguntó en un susurro.
–Solo me duele un poco la cabeza, es todo… –sonrió Nadhel.
–Debe ser porque no has comido nada… esperemos que ésta chica tenga algo a la mano… no me gusta tu aspecto…
–No, ni a mí el tuyo –bromeó Nadhel, tratando de no pensar en la debilidad que se iba apoderando de ella.
Cuando el Sol ya había emergido por completo tras las montañas, Süle se detuvo. Escrutó tranquilamente a su alrededor y luego se hincó sobre la tierra.
A tientas buscó una diminuta palanca y la accionó.
El resultado fue que un cuadrado de tierra, perfectamente delimitado, se fue desplazando para dejar a la vista unas escaleras metálicas descendentes.
–Entren –las invitó Süle con una sonrisa autosuficiente. Los rostros de las chicas no tenían precio.
Después de que todas estuvieron dentro, Süle cerró la compuerta a sus espaldas, sin dejar rastro alguno que indicara que ahí había algo más que tierra.
Al final de las escaleras, un hombre de ojos caídos se incorporó para cerrarles el paso.
–¿Qué sucede, Olffen? –preguntó Süle tomando la delantera.
El hombre pareció sorprendido.
–Tú… ¿a qué hora te escapaste, muchacha? Sabes que tienes que pedir una autorización para…
–Si hubieras estado en lo tuyo, podría haberte dado mis explicaciones, pero supongo que necesitabas descansar los ojos… –cortó Süle, avanzando sin inmutarse.
El hombre no pudo más que hacerse a un lado. Luego pareció darse cuenta de otra cosa.
–¡Pero qué…! ¿Y estas niñas? –exclamó.
–Ahora no tengo tiempo. Vienen de afuera, así que las llevaré a una junta, si no te importa.
Süle se internó por el largo pasillo que seguía hasta bifurcarse en dos. Las tres fugitivas únicamente siguieron a Süle, intentando ignorar al hombre que las miraba totalmente aturdido.
Luego de atravesar un sin fin de corredores, todos alumbrados por pequeñas luces verde-azules y de paredes metálicas, llegaron finalmente a una amplia sala de forma circular. Las entradas que llevaban a ella eran cuatro, distribuidas cada una igual que los puntos cardinales. En el centro había una mesa baja de un vidrio semitransparente y grueso. Alrededor se agrupaban algunos sillones y asientos de diversos diseños. Y a manera de decorativo, por algunos espacios abiertos en las paredes, surgían plantas de un color verde oscuro.
–Siéntense –les indicó Süle, alargando una mano hacia los asientos. Fue a una pequeña máquina en el pasillo contrario al que habían entrado y llenó tres vasos delgados con un poco de agua. –Supongo que están sedientas –dijo poniéndolos sobre la mesa –Necesito buscar a algunas personas… pueden esperarme aquí, no tardaré demasiado…
Y desapareció por otro corredor diferente.
Süle entró en uno de los cuartos de vigilancia sin percatarse de quién estaba dentro.
–¿Sucede algo? –le preguntó un joven de barba y cabellos desarreglados, sentado despreocupadamente frente a un monitor de gran tamaño.
–Ah… buscaba a Lirt, ¿lo has visto?
El joven la miró un instante, pensativo. Se rascó la barba y luego presionó una tecla antes de prestarle toda su atención a la chica.
–¿Al jefe? Lo vi en la mañana… –explicó con voz monótona – pero creo que ahora anda en las reparaciones de allá abajo.
–Oh, bueno, gracias –dijo Süle apresuradamente y salió casi corriendo. Siempre existía una segunda opción.
En el pasillo tropezó con alguien.
–¡Süle! ¿Qué pasa cariño?
Ella alzó la vista hacia la mujer que la sostenía de los hombros.
–Deyna… yo… –luego se lo pensó dos veces antes de decir: –Necesito que hagas algo por mí…
–¿A qué se refería con una junta? –preguntó Nadhel aún asimilando lo que veía a su alrededor. El agua había calmado un poco su malestar.
–Supongo que nos harán alguna especie de interrogatorio –comentó Jewie, jugando con el vasito alargado –. ¿Creen que pueda tomar más agua?
–Dijo que traería a alguien… ¿serán los que controlan el lugar? –preguntó Ann a su vez, ignorando a propósito la pregunta de Jewie.
–Sólo espero que aquí no sea parecido a lo que pasa en el internado… –murmuró Nadhel.
–No nos harán nada –replicó Jewie –deja de preocuparte, Nad.
–No lo creo… esto más bien parece una especie de ciudad –respondió también Ann, tranquilizando a Nadhel.
–Me pregunto cómo habrá dado con nosotras… –pensó Nadhel en voz alta.
Jewie se encogió de hombros y se incorporó en dirección a la máquina de agua. Justo en ese momento un joven moreno entró en el lugar, quedando por un momento asombrado al ver a Jewie frente a él. Ella encogió sus orejas de cánido e hizo ademán de volver a su lugar.
–Ustedes… –murmuró el chico –son las que escaparon del Centro ¿no es así?
Las tres permanecieron calladas. No hacía mucho que habían llegado y el chico inmediatamente había sabido, o adivinado, de dónde venían.
–Süle las trajo –añadió, buscando una respuesta.
–S-Sí… –tartamudeó Jewie.
El chico soltó un largo suspiro. Luego volvió a mirarlas y frunció ligeramente el ceño.
–Bueno, supongo que… eso es bueno –dijo sin mucho ánimo –¿a dónde ha ido Süle?
–Dijo que buscaría a alguien… para una junta, creo –respondió Ann, también con el ceño fruncido.
–Oh, es cierto… hace mucho que no hacen una. Bueno, les deseo suerte con el veredicto –sonrió sin ganas –espero verlas luego –se despidió y regresó sobre sus pasos.
–¿Veredicto? –exclamó Jewie –¿qué quiso decir con eso?
–Ni idea –murmuró Ann, un poco alicaída.
–Van a decidir que hacer con nosotras –murmuró Nadhel. Tenía la mirada ausente clavada en el techo.
–Son todos a los que encontré –le murmuró Deyna.
–Lirt está en las reparaciones, supongo que los demás también.
–Bueno, con ellos bastará. ¿Entrarás?
Süle se encogió de hombros.
–Para observar solamente, supongo.
–De acuerdo, cierra la puerta.
Las personas, reunidas en una de las salas circulares, tomaron asiento inmediatamente después de que Deyna les hiciera una señal.
Süle se limitó a recargarse contra la pared más cercana a la entrada, con los brazos cruzados y gesto aburrido.
Ahí se demostraría en qué grado los habitantes del refugio habían olvidado su principal misión…
–¿Sabes cómo escaparon? –le susurró alguien al oído.
Ella se volvió hacia el hombre que había tomado lugar a su lado. Su piel era muy blanca, y su cabello, de un negro intenso, contrastaba con sus ojos azul mar.
–No. Quería ver qué decidían ellos primero –contestó la chica haciendo un gesto con la cabeza al grupo de personas reunidas, que escuchaban la breve explicación de Deyna.
–Ya veo…
–Supongo que da igual cómo lo hicieron si de todos modos las van a echar –se atrevió a susurrar.
–También está la posibilidad de que…
Süle lo interrumpió con una sonrisa sarcástica.
–Por favor, Elion. Poco les importa ya lo que hagan con todos esos niños… Hoy… hoy me tocó ver a una de las niñas… mutada.
Elion adoptó una expresión asombrada.
–¿Tiene cambios? ¿Visibles?
–Sus oídos… o debería decir orejas…
–Pobre chica…
–Tendrá a lo mucho catorce años… es tan pequeña… Me duele imaginar a los demás que hay dentro…
–Pero si ellas…
El silencio que se creó en la sala le hizo interrumpirse. Los dos se volvieron hacia el centro de la reunión. Deyna tomó la palabra tras una pausa.
–Ya se han expuesto las razones… y no me queda más que decir que ninguna de ellas puede ignorarse ni tomarse a la ligera. Por la propia seguridad del Refugio y sus habitantes… las niñas recién llegadas tendrán que irse. Gracias por su asistencia.
Sin más ceremonias, la mujer se levantó y los demás hicieron lo mismo en un creciente murmullo.
Süle apretó los puños y salió dando un golpe a la puerta.
–Süle.
–Déjame.
–Süle, cariño, escucha.
–No, Deyna. Ya dijiste lo que tenías que decir… ahora voy por mi cuenta ¿si?
–Lo sé. Por eso quería hablarte… sé que vas a querer ir con ellas, pero…
–¿Qué? ¿No puedo? ¿Me lo impedirás?
–No, puedes acompañarlas. Pero no más allá del Paso.
–¿Por qué?
–Porque tu padre se molestaría bastante con ambas. Y te iría a buscar, eso lo sabes.
Süle resopló. Para su desgracia, Deyna tenía razón.
–Está bien, sólo déjame ahora explicarles todo este embrollo a ellas. Son las más afectadas, y las que no se han enterado de nada.
–Claro.
–¿Hasta cuándo tengo?
–Con él tardaron tres días. Que no pase de esta noche, si es posible.
–Bien.
Süle se dio la vuelta con brusquedad y siguió avanzando con pasos pesados. Elion la alcanzó poco después.
–Te acompaño –le informó.
–Vale.
–¿Te sientes bien, Nad? –le preguntó por enésima vez Jewie.
Nadhel estaba con la cabeza recostada en el respaldo del sofá y los ojos cerrados.
–No es nada, solo estoy un poco mareada…
–Tan pronto como vuelva esa tal Süle, le diré que te de algo de comer… –la animó Ann.
Nadhel hizo una mueca.
–No tengo hambre… creo que es por el sol, no sé…
–¿No quieres más agua? –le preguntó Jewie, con el vaso lleno entre sus delicados dedos.
–Ya, Jewie. Con los cinco vasos que te tomaste tú… acabarán cobrándonosla –la reprimió Ann.
–Tenía sed… –murmuró Jewie bajando la mirada y fingiendo arrepentimiento.
Nadhel se removió un poco y entreabrió los ojos.
–¿No creen que ya se tardó bastante?
–A saber lo que andará haciendo… pero al menos aquí no está tan mal para descansar.
–Cierto –murmuró Nadhel volviendo a cerrar los ojos y llevándose el brazo a la frente. Después de algunos minutos de silencio, susurró: –Extraño a Leo.
Ann y Jewie se alarmaron y se miraron entre sí, sin saber muy bien qué hacer.
–Ojalá hubiera venido con nosotras… –continuó Nadhel, y luego de una pausa balbuceó: –Sus manos estaban frías…
Ann la miró extrañada y le tocó la frente con el dorso de la mano. Estaba caliente.
–Tienes fiebre –le dijo. Nadhel pareció removerse entre sueños.
–No, estoy bien. No pasa nada –y se incorporó frotándose los ojos. –¿Dónde está Süle?
–Aquí –respondió la aludida.
Las tres chicas se volvieron hacia la entrada por donde la joven entraba, tras ella venía un hombre alto, pálido y de ojos azules. Süle parecía enfadada.
–¿Qué pasó? –le preguntó Jewie.
Süle torció el gesto.
–Bola de cobardes… –luego se interrumpió sacudiendo la cabeza –Bueno, no importa. Supongo que primero les contaré lo principal.
–Te escuchamos, entonces –añadió Ann.
–Ah, antes que nada… les presentó a Elion –dijo haciendo un gesto hacia el hombre que la acompañaba. Éste inclinó levemente la cabeza, pero no habló. –Veamos… supongo que no por nada huyeron del Centro ¿no es cierto? –comenzó tomando asiento.
–¿Por qué le llaman Centro? –interrumpió Jewie.
–Porque, para los degenerados que lo dirigen, es el Centro de Experimentación en Primera Fase. Yo prefiero llamarlo la prisión.
–¿En primera fase? –preguntó Ann.
–Sabían lo de los experimentos, ¿no es así?
–A-algo así… cambian a algunos de los chicos, como a Jew –dijo Ann, mirando a su amiga de reojo.
Jewie solo frunció los labios.
–De acuerdo, ese es otro punto… Respondiendo a lo primero, es porque ahí realizan la primera fase de los cambios. Después se los llevan.
Ann y Jewie entendieron una parte de lo que ya sabían. Nadhel se limitó a desviar la mirada, con el ceño fruncido.
–Y, lamento decírselos, pero… no experimentan solo con algunos, chicas –continuó Süle. –Sino con todos.
–¡Pero ni a Nad ni a mí nos han llevado a terapia! –protestó Ann.
–Las terapias son solo el pretexto para estudiar a los que ya tienen cambios, y claro, de paso aumentárselos. Pero sus experimentos empiezan desde que les dan de comer, hasta registrar todo mientras duermen. Por eso cada una tiene una comida diferente ¿me equivoco?
–¿Y cómo lo sabes? ¿Estuviste ahí, acaso?
–No, no estuve ahí –respondió Süle, pero no dio más explicaciones.
Ann había adquirido un ligero color rojo en sus mejillas. Estaba enfadada, y su enojo lo estaba dirigiendo contra Süle. Se hizo un breve silencio. Fue Elion quien se atrevió a romperlo.
–Hicieron bien en escapar de ahí –dijo –Esos hombres no conocen límites.
–Pero… todo esto ¿por qué? –preguntó Jewie consternada.
–Por la guerra… quieren usar las mutaciones como armas –respondió él, sin variar el tono de su voz.
Jewie abrió sus grandes ojos con asombro, ligeramente húmedos.
Süle se compadeció de ella, lucía frágil e inocente, y ya tenía que andar huyendo de quienes habían estado experimentando con ella.
–Pero entonces ¿por qué hacen eso con nosotros? La mayoría son niños… no pueden luchar –logró decir Ann, controlando sus emociones.
–Es que… –murmuró Süle –ustedes solo son el experimento. Lo que funciona… lo usan, lo que no… pues… –dejo la frase inconclusa.
–Eso no es justo –dijo Jewie con voz aguda y haciendo un puchero.
–Lo sabemos –intentó consolarla Elion –no por nada estamos aquí. Los habitantes de este refugio son los que saben y se oponen a lo que pasa en el Centro, por eso vamos a ayudarlas.
–¿Ayudarnos? –preguntó Ann.
–Bueno, más o menos –añadió Süle –Lo que sucede es que…
El desvanecimiento de Nadhel hizo que Süle se interrumpiera de golpe.
–¡Nad! –gritó Jewie, al tiempo que Ann la atrapaba antes de que cayera del sillón.
–¿Está bien? –preguntó Elion alarmado.
–Estaba un poco mareada… –murmuró Ann, examinando a Nadhel con gesto preocupado –y tenía un poco de fiebre.
Elion le ayudó a recostarla, inmediatamente se percató de la venda improvisada en su brazo. La tela gris estaba manchada de un rojo muy oscuro, casi negro.
–¿Qué le pasó en el brazo?
–Oh, no. Es verdad. Fue cuando salíamos del internado. Cayó y se lastimó con el metal del conducto. Yo le vendé el brazo y…
Elion no la dejó terminar, alzó a Nadhel en brazos.
–Tengo que llevarla con Ima –le dijo a Süle –Seguramente tiene la herida infectada, espero que no pase de eso.
Süle solo asintió y le dejó espacio para pasar.
–¿Estará bien? –preguntó Jewie.
–Las heridas con metal son peligrosas… –respondió Süle, con gesto serio. –Pero quizá Ima sepa que hacer, es la mejor doctora que conozco y por suerte está aquí, con nosotros.
–Gracias –murmuró Ann, consternada.
–No se preocupen, seguro que saldrá adelante. Tiene que hacerlo…
–¿Por qué lo dices?
–Porque no van a poder quedarse, chicas.
–Sí, creo que eso ya lo suponía…
–¿Puedo preguntarles algo?
–¿Qué? –respondió Ann, con cierta brusquedad.
–¿Cómo es que… supieron lo que ocurría? ¿Cómo se enteraron de la verdad?
–Un día antes de escapar, Jewie vio una aguja que la inyectaba dentro de su dormitorio –dijo Ann frunciendo el ceño al recordarlo –y eso sirvió para confirmar lo que sospechábamos ¿verdad, Jew?
Jewie asintió con energía.
–Y… ¿por qué lo sospechaban?
–Por Leo –respondió Jewie esta vez.
–¿Quién es Leo?
–Era… el mejor amigo de Nad.
–¿Era?
–¡Cielo santo! Elion, ¿qué le sucedió?
–Hola, Ima. Disculpa que te moleste… te traigo a una chica nueva.
–Para nada es molestia. Recuéstala aquí.
Ima se levantó de su asiento y le ayudó a poner a Nadhel sobre una pequeña camilla improvisada, de aspecto frágil.
–¿Sabes qué le pasó?
–No sé si te enteraste, es una de las chicas que escapó del Centro. Sus amigas dicen que se hizo un corte con metal cuando huían. Hace no más de 5 minutos que se desmayó. Está hirviendo.
–Infección –asintió Ima, y procedió a humedecer un trapo para ponerlo sobre la frente de Nadhel. –Veamos.
Se acercó una silla y con suma delicadeza quitó la venda que Ann le había hecho en el brazo a Nadhel, luego recortó un poco más la manga de la playera que cubría la zona. Cuando la herida estuvo expuesta torció ligeramente el gesto.
–Esto luce un poco mal. Elion, hazme el favor de acercarme ese estuche… gracias.
Tomó algodón de un paquete y lo humedeció con un líquido desinfectante para limpiar la zona del brazo enrojecida y sucia. Después, con mucho cuidado retiró la costra amarillenta y suave que se había formado sobre la herida. Cuando el pus comenzó a brotar de ella, se ayudó de una gasa para extraer el líquido lo mejor que pudo. Humedeció más gasas y limpió la herida a conciencia.
Nadhel se removió, soltando unos débiles quejidos.
–Tranquila, nena. Vas a estar bien –le murmuró mientras aplicaba una especie de pomada alrededor, en la zona enrojecida e hinchada.
Nadhel posó la vista en la joven que tenía sentada a un lado. No tendría más de 25 años, su piel era color crema y su cabello rubio lo llevaba recogido en una media cola.
–Creo que no habrá necesidad de suturar, no es demasiado profunda –continuó hablando mientras colocaba tres pequeños trozos de tela adhesiva para cerrar la herida.
–¿Dónde estoy? –preguntó Nadhel.
–Te traje a la enfermería –respondió Elion, Nadhel se volvió hacia él –Te desmayaste.
–La cabeza me daba vueltas… –recordó Nadhel.
–La infección te provocó fiebre –le informó la doctora – ¿Has comido el día de hoy?
–No…
–Por eso fue el desmayo, estás muy débil. Terminando aquí, llévala directo al comedor, Elion. Necesita recuperar fuerzas –dijo con una sonrisa encantadora.
Nadhel se sintió extraña. Tenía la idea de que los doctores siempre eran gente adulta, pero la doctora que la atendía… lucía demasiado joven, sin experiencia.
–Aguarda un segundo –le indicó antes de levantarse y tomar algo de uno de los muebles. Oyó cómo extraía algo de un plástico y luego como agitaba un pequeño botecito de cristal. Cuando estuvo lista, se acercó a Nadhel.
–Voy a aplicarte una vacuna en el otro brazo, ¿de acuerdo?
–¿Vacuna?
–Aún estamos a tiempo de prevenir algo más grave, tranquila.
Hizo a Nadhel sentarse sobre la camilla y le indicó que se descubriera el brazo. Nadhel se lo sacó por debajo de la playera y desvió la mirada al sentir el algodón que le limpiaba la piel.
–Relájate.
Seguido de la instrucción, vino el piquete. Nadhel se mordió el labio inferior y cerró los ojos con fuerza.
–Muy bien. Ahora necesito que te tomes esto –dijo, tendiéndole una pastilla y un vaso con agua.
–¿Qué es? –preguntó Nadhel, insegura.
–Es un antibiótico –le explicó la doctora, pero Nadhel de igual manera desconocía la palabra.
–Para evitar que se vuelva a infectar –le ayudó Elion.
Nadhel asintió, a su pesar. Tomó la pastilla y la tragó con ayuda del agua. Hizo un gesto al sentir como esta pasaba por su garganta reseca.
–Listo –dijo la joven rubia –Toma la cajita, quiero que las tomes a diario, a esta hora si es posible, tiene las justas. También te pondré una venda delgada para que no se ensucie demasiado la herida y podrás irte.
Nadhel volvió a asentir, mientras su estómago rugía. La doctora tenía razón: estaba débil y con hambre.
–¿Cómo pudo olvidar todo?
Jewie se encogió de hombros.
–Es Nad… siempre ha sido un poquito extraña. Pero creo que fue porque lo quería mucho… deberías haberlos visto. Eran inseparables, incluso Nad se colaba en la zona de terapias para verlo…
–Y fue eso lo que hizo la última vez… –añadió Ann –Leo iba a irse, y Nadhel fue a buscarlo…
–Yo sólo vi cuando unos doctores la sacaban llorando. Fue horrible, Süle. Nad gritaba e intentaba soltarse, estaba fuera de sí. Pero al día siguiente ya actuaba como si nada hubiera pasado.
–Que extraño… Pero, entonces, fue por él que…
–Leo le dijo algo a Jewie, antes de irse… –respondió Ann antes de tiempo.
Jewie pasó saliva. También a ella le dolía un poco hablar de Leo, los últimos días que había pasado con él, habían sido especiales. Más que nada porque él había compartido un secreto con ella, un secreto que ya jamás le rebelaría a nadie…
Su mente comenzó a llenarse de recuerdos, pequeñas escenas… hasta que dio con una en especial: ella y Leo discutiendo, cerca del comedor.
–Mira, Jewie. Te dije que este no era un buen momento para decírselo y es la verdad.
–¿Por qué? –le exigió ella, furiosa.
–Porque me iré –respondió él, simplemente, con el rostro abatido.
La expresión de Jewie cambió completamente. Todo rastro de ira desapareció de su agraciado rostro.
–¿Qué? –dijo sin voz.
–Me someterán a la última terapia. Y no sé lo bien que esto resulte. De cualquier manera, después de eso quieren hacerme unas pruebas. No estaré aquí y no sé por cuanto tiempo será.
–Lo… lo lamento –balbuceó.
Ella comprendía mejor que nadie lo que significaba someterse a las terapias. Y ahora sentía un peso enorme al saber que Leo sufriría la peor de todas.
–Por eso Nadhel está así –le explicó Leo –Por favor, cuídenla mucho.
–¿No… no puedes negarte? ¿Sabes lo mucho que arriesgas? –replicó ella, buscándole una salida.
–Lo sé. Pero me temo que ya no puedo echarme para atrás… es demasiado tarde. –Luego de una pequeña pasusa, Leo continuó –Pero escucha, si a cualquiera de ustedes le sugieren lo mismo, inmediatamente hagan lo posible para zafarse ¿de acuerdo?
–Leo… ¿qué es lo que está pasando? –preguntó Jewie, nerviosa.
–No estoy seguro, pero por favor, promételo.
–Lo prometo.
–Gracias.
–Pero… ¿por qué tú no…?
–Porque esa ya no es la mejor opción ahora. Necesito mantenerla a salvo –susurró.
-"¿A salvo?… ¿de qué?"-
–Nosotras la cuidaremos, descuida –dijo sin embargo.
–Se los agradeceré siempre –dijo Leo, con cierta tristeza.
A Jewie se le encogió el corazón. Luego volvió su mirada hacia la mesa en la que Ann y Nadhel aun esperaban: Ann con gesto preocupado, Nadhel con el rostro entre los brazos, llorando.
–Creo que deberíamos volver –dijo Jewie al fin.
–Me dijo que no dejáramos que nos ocurriera lo mismo que a él –dijo Jewie por fin, volviendo al presente –Que para él ya era tarde… y se iba porque necesitaba "mantenerla a salvo" –murmuró con tristeza.
–¿Mantener a salvo a quién? –preguntó Süle.
–A Nadhel –respondió Ann.
–Creo que no entiendo. ¿Se fue para mantenerla a salvo?
–Eso fue lo que me dijo… no entendí el porqué, pero me hizo prometerle que la cuidaríamos, cómo si supiera que algo malo ocurriría…
–Y al parecer no se equivocó… Nadhel ha sufrido mucho desde entonces, aunque intente negárselo a sí misma.
–¿Hace cuánto fue eso? –quiso saber Süle.
–Como un año… –recordó Jewie –¡Ah! y también fue por él que logramos escapar. Enséñale, Ann.
Ann lanzó una mirada de advertencia a Jewie.
–¿Qué? –replicó Jewie –No pasa nada si lo sabe…
–¿Saber qué?
–Leo nos dio un mapa. Bueno… un plano o algo así… y en realidad se lo dio a Nad. Pero por suerte Ann lo encontró fuera de su dormitorio y lo descifró –le explicó Jewie a pesar de que Ann la miraba ceñuda.
–¿Puedo verlo? –le preguntó Süle a Ann.
Ella suspiró.
–Supongo que no tiene sentido ocultarlo… –dijo sacando el trozo de papel doblado de la bolsa de su pantalón –Sólo no…
–¿Qué es esto? –dijo Süle, señalando un texto escrito a mano.
–Es para Nadhel, te agradecería si no lo leyeras…
–De acuerdo, lo siento.
Süle se acomodó en su asiento para echarle un vistazo a las líneas borroneadas del plano.
–Son los conductos de aire del internado –comenzó a explicarle Ann –el que está más tenue es el averiado, y es el que lleva al exterior.
–Ya veo… –murmuró Süle, absorta. –¿Me dejarían hacer una copia…? –preguntó de repente.
–¿Una copia?
–No tenemos más que un plano de la planta baja… éste nos sería útil.
–¿Cómo harás la copia? –preguntó Jewie con curiosidad.
–Hay un aparato que guarda documentos, está en la sala de juntas. Después de eso las llevaré a comer ¿les parece? –sugirió Süle con el entusiasmo pintado en su rostro.
–Es-está bien –aceptó Ann, guardándose sus dudas.
Realmente aún no sabían quién era esa chica, ni porque necesitaba un plano del internado.
–¿Puedes caminar? –preguntó Elion al ver a Nadhel salir de la enfermería un poco tambaleante.
–Sí, ya no me duele tanto la cabeza –dijo, aún presionando una compresa fría que le había dado Ima.
–Eso es bueno… pero aún así, si necesitas apoyarte o descansar, dime ¿de acuerdo?
–Sí –asintió Nadhel –Gracias.
–Ten, guarda esto, para que te limpies la herida… en caso de lo que necesites –dijo dándole un botecito de plástico. Nadhel lo tomó y se lo metió en la bolsa del pantalón.
Apenas conocía a Elion y ya se sentía a gusto con él. Era un hombre tranquilo y hablaba lo necesario, sin acertijos.
–Iremos directo al comedor, no está muy lejos –le informó.
–¿Qué comen aquí?
–Cultivamos algunas plantas… ¿ves el tono de luz?
–Sí, es cómo azul… o verde.
–Es la luz que mejor aprovechan las plantas, no lo pusimos por simple capricho –rió –Y también criamos unos animales pequeños. Vivían en las montañas, pero no había demasiados. Trajimos algunos y al parecer se reproducen rápido cuando tienen alimento.
–¿Y el agua? En el internado estaba restringida…
–Hay un manantial pequeño bajo las montañas del Norte. El Centro no extrae el agua de ahí, ellos la traen del mar, parece. Por eso la restringen, supongo que no ha de ser fácil.
–¿El mar está cerca?
–Sí, está a varios días de camino. Yo nunca he ido, pero es lo que dicen…
–Yo tampoco he visto nunca el mar… ha de ser muy bonito.
Elion le sonrió.
–Seguro que algún día lo verás.
–No sé ni que va a pasar mañana… –dijo Nadhel pensativa –¿Süle hizo la junta?
–Sí… pero no nos fue bien.
–Nos van a echar –adivinó Nadhel –Después de todo es a nosotras a quienes persiguen, no quieren problemas.
–Eso no tendría porque ser así, pero… –Elion suspiró –Lo lamento, en serio.
–No importa, igual ya me han ayudado… con la herida. Quien sabe si hubiera sobrevivido, si no hubiera sido por Ima…
Elion permaneció en silencio. Lo cierto es que la chica se había salvado por poco. Si Süle no las hubiera encontrado…
–¿Cuántos años tiene?
–¿Quién?
–La doctora. Se ve… muy joven.
Elion se echó a reír.
–¿Lo notaste? A todos nos sorprendió, en realidad. Ella llegó hace 6 años, y tenía el mismo aspecto que ahora… no quiso dar muchas explicaciones cuando se lo preguntaron, pero aseguraba tener 30 años. Dijo que era por un accidente. Sólo el jefe habló con ella y supo lo que ocurrió, para los demás sigue siendo un misterio…
–¡¿Treinta?!
–Actualmente 36. Lo sé, aparenta como 10 años menos…
–Jamás lo hubiera imaginado…
Elion suspiró.
–Sino fuera porque ha hecho grandes cosas como doctora, juraría que está mintiendo, de verdad.
Nadhel asintió. Comenzaba a imaginar la clase de accidente que había tenido, considerando las circunstancias.
Después de haber guardado la copia del plano en los archivos del refugio, Süle llevó a Ann y Jewie por varios corredores, todos con el mismo aspecto y alumbrados por los fuegos verde-azules de las lámparas.
En el camino al comedor pasaron por un amplio corredor al que Süle llamó "Los cultivos". Sobre las paredes de ambos lados había largos canales en los que crecían pequeñas plantitas verde oscuro, las más grandes tenían ya en sus ramas diminutos frutos color vino. Conforme avanzaron, vieron que las plantas variaban en forma y tamaño, ya que correspondían a cultivos diferentes.
Cuando salieron de ellos llegaron a una amplia galería que se extendía hacia abajo.
–Aquí tenemos a los kromys –explicó Süle señalando hacia abajo.
–¿Qué es eso? –preguntó Jewie.
–En realidad, no lo sabemos. Se parecen a los cerdos, pero son más pequeños. Y tienen un cuerno en la frente –se encogió de hombros –Los encontramos en las montañas y resultó que sabían bien.
Sonrió al ver la expresión de sus invitadas.
–Por cierto, creo que hoy darán de comer carne… –dijo y se echó a reír, divertida.
–Creo que se me ha quitado el apetito –murmuró Ann.
–Yo me comería lo que fuera… me ruge el estómago… –comentó Jewie.
Recorrieron la mitad de la galería desde el pasillo que la rodeaba desde arriba. Abajo se vislumbraban varios corrales con animalillos cafés y peludos. Había un par de personas limpiando su suciedad y otras más alimentándolos.
Finalmente, Süle las internó en un pasillo más antes de llegar al comedor: un espacio no demasiado amplio, con mesas variadas y una gran barra metálica con ollas sobre ella.
Las acercó a un estante con platos metálicos y les señaló las ollas.
–Pueden servirse ustedes. Yo les traeré jugo de bayas –dijo y se dirigió al otro lado del comedor.
Ann tomó un plato y se aproximó a la barra que sostenía los recipientes con comida.
–No se ve tan mal… –le murmuró a Jewie.
–Tu expresión no dice eso… –se burló su amiga –Vamos, comida es comida… y después de la comida del internado, no puede haber nada peor ¿o sí?
–Ahí están –dijo alguien.
–Hola –saludó la suave voz de Nadhel, tomando un plato y acercándose a ellas.
–¡Nad! –exclamó Jewie –¡Qué bueno que estés bien! ¿Qué pasó?
–Tenía la herida infectada, pero Ima me curó. ¿Qué hay de comer?
–¿Ima es la doctora?
–Sí… ¿qué es eso?
–Eso es carne de kromy, muchachas –respondió Süle, trayendo dos vasos de plástico grueso –Sírvanse y siéntense ya… y sin hacer gestos, Ann.
–Supongo que no están muy acostumbradas a la comida casera, Süle –intervino Elion, con una sonrisa. Le alegraba ver a Süle tan animada.
–Tonterías. Está mejor que lo que les dan allá. Ésta no tiene nada de medicinas –bromeó.
Los cinco tomaron asiento en una de las mesas. Ann removía su comida sin atreverse a probarla, mientras que Nadhel le daba sorbitos al caldo verde que remojaba la carne, y Jewie comía a grandes bocados.
–Esa chica sí que tiene buen apetito –le dijo Elion a Ann.
–Siempre ha sido así, no se cómo está tan delgada. Devoraba la masa que nos daban en el internado.
–¿Y tú?
Ann suspiró y tomó un pedazo de carne marrón.
–Supongo que es esto o morirme de hambre…
–¿Qué hicieron mientras? –les preguntó Nadhel, tratando de ignorar el pequeño picor que sentía en la lengua.
–Vimos a estas cosas vivas –dijo Jewie alzando su cubierto –No son muy bonitas que digamos.
Nadhel se rió.
–Entonces me alegra no haberlas visto… supongo que por eso Ann no come.
–Ann rezonga de todo –se burló Jewie. Como consecuencia Ann le dirigió una mirada de enfado.
–Y tú te comerías hasta la tierra, supongo –le respondió.
–Ya, no se peleen –intervino Süle, trayendo consigo otra ración.
–Ya es costumbre –le explicó Nadhel –Por eso yo ni me meto.
Süle iba a comentar algo más cuando un fuerte sonido inundó la estancia. Era un leve pitido, muy agudo, sin pausas y que lastimaba los oídos; pero, lo que en realidad era aterrador eran los fuertes golpes metálicos que se oían a poca distancia, como el movimiento de pesados engranes. Inmediatamente unas luces rojas se encendieron en el techo, titilando, y todos en respuesta abandonaron sus lugares en un gran murmullo.
Varias voces gritaron algo sobre dirigirse a las entradas, pero el desorden era tal que ninguna se atrevió a moverse de su lugar.
Nadhel se incorporó, alarmada, pero no supo a dónde ir. Süle y Elion de repente habían desaparecido entre la multitud.
«¿Qué está pasando?» Pensó consternada.
De pronto, alguien la tomó por el hombro y ella dio un salto, pero se volvió buscando su rostro. Süle le habló en tono urgente.
–Tenemos que sacarlas de aquí, y rápido.
Capítulo VI
// Noche de Lluvia
Rheyn se encontraba cortando una gruesa lámina metálica cuando Elion lo encontró.
–Süle me ha enviado a buscarte –dijo al entrar en la zona de reparaciones.
Rheyn se irguió pasándose una mano por la frente. Esperó a que Elion continuara.
–¿Puedes venir?
–¿Es urgente? –Preguntó a su vez, en tono cortante.
–Me temo que sí, Rheyn. Y ella te necesita.
Rheyn se tomó un tiempo antes de decidir.
–¿Te dijo para qué?
–No sé si lo sepas… ella encontró…
–A tres chicas. Sí, lo sé.
–Han decidido que es arriesgado dejarlas quedarse.
El chico suspiró con pesar.
–Lo sospechaba… ya no dejarán que pase otra vez, ¿eh?
Elion no respondió. Lo miró fijamente con sus ojos azules, esperando su respuesta.
–Vale, lo haré solo porque es ella quien me lo pide…
–Creí que tú eras uno de los que estaba en contra del Centro.
–Todos aquí están en contra del Centro, Elion. Pero tienen miedo de hacer algo…
–¿Tú también tienes miedo?
–No.
–Ella te buscará cerca de la entrada Norte, en la bodega de la salida, ¿está bien? –dijo Elion ya a punto de retirarse.
–¿Tú tienes miedo, Elion?
–Sí. Temo por la vida de esas chicas… y si lo preguntas porque crees que no ayudaré, te equivocas. Seré yo quien creará la distracción, tal como me lo ha pedido Süle. Tú deberías hacer lo mismo.
–Ahí estaré –zanjó Rheyn frunciendo los labios.
Elion se retiró.
Entre ellos, no se llevaban precisamente bien, pero se toleraban. Rheyn pensó que, si Süle se lo hubiera pedido personalmente, habría aceptado de inmediato, sin darle tantas vueltas.
Pero lo cierto era que le molestaba el hecho de que ella hubiera hecho todo por su cuenta, después de haber ido a investigar y hallar a las chicas fugitivas. Y además, había involucrado a Elion, lo había enviado a darle órdenes, a él, cuando el mismo Elion se había desentendido a la hora de hacer algo con respecto al Centro en un principio. No tenía sentido.
Por otro lado, estaba la cuestión de que ese día se había llevado una gran decepción. Las tres chicas, no eran a quienes él esperaba que Süle encontrara.
¿Por qué ellas? En 3 largos años, ¿por qué ellas habían sido las únicas que habían logrado salir?
Ellas... ¿qué habían hecho ellas, que Nira no? No parecían mucho más capaces que la chica a la que él esperaba...
Suspiró abatido.
Y ahora tendría que ayudarlas a huir, porque lo había prometido. Se lo había jurado a sí mismo...
Resignado, se limpió el sudor de la frente y subió las escaleras, fuera de aquella zona en ruinas.
–¿Qué ha sido eso, Süle? –preguntó Ann, acelerando el paso para ponerse a la altura de la chica morena.
–Han salido a buscarlas. Las luces rojas se encienden cada que las puertas del Centro son abiertas, para que se sellen las entradas del Refugio y se active el sistema que camufla nuestra temperatura...
Ann guardó silencio un instante, mientras las tres eran guiadas a toda velocidad por diferentes pasillos.
–Pero todo ha ocurrido más pronto de lo que esperaba –continuó Süle –Supongo que se han dado cuenta de quién se les escapó...
En ese mismo instante, Süle frenó delante de una puerta angosta, de metal. Presionó un botón y ésta se deslizó a un lado. Dentro, había unas cortas escaleras descendentes, de unos cinco escalones, que llevaban a una pequeñísima habitación. Entre el desorden, se alcanzaba a distinguir un viejo colchón sobre una base de un material negro.
–¿A qué te refieres con eso? –reclamó Ann, ahora inquieta por el último comentario de su guía.
Süle respondió echando una rápida mirada a Jewie.
Ann frunció el ceño.
–¿Estás diciendo que han salido sólo por ella?
–Es la única de las tres que tiene cambios, la única que les sería de utilidad, en todo caso.
–Ann... –empezó a decir Jewie.
–Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Por qué nos has traído aquí? –la interrumpió Ann, ignorándola a propósito.
–Este es mi cuarto –respondió Süle –Quiero darles algunas cosas para el viaje.
–Ann –volvió a llamarla Jewie.
–¿Qué?
–Si solo me buscan a mí...
–Cállate, Jewie. No digas tonterías... nos buscan a todas.
–Pero Süle tiene razón, yo soy la única con cambios y...
–Escucha, Jewie –interrumpió esta vez Süle –De cualquier forma estarán buscándolas a las tres, saben que van juntas, y si localizan a una...
–Por eso... quiero decir, si yo me entregara... Nad y Ann podrían huir.
–Estás loca –le espetó Ann, enfadada.
–Jew, no vamos a dejarte, no digas esas cosas –pidió Nadhel a su vez.
Süle meneó la cabeza.
–Es al contrario, tú debes ser la prioridad en el escape. Ya tengo algo en mente, descuida –se explicó mientras hurgaba en los montones de objetos esparcidos por la habitación.
Jewie se mordió una uña, nerviosa.
–Pero...
–Jewie, vuelve a decir cualquier otra cosa sobre sacrificarte y te golpearé en tu tierno y lindo rostro –la amenazó Ann, echando humos.
Finalmente, Süle pareció hallar todo lo que buscaba, lo apiló sobre su cama y luego sacó tres bolsas de debajo de ella. Fue repartiendo los objetos en cada una de las viejas mochilas y se las tendió.
–Les puse comida y varias cosas que pueden servirles... cuerdas, mantas... en fin, ya tendrán tiempo de echarles un ojo. Ahora vamos.
Se dirigió a grandes trancos de vuelta a la puerta y la cerró una vez que todas estuvieron fuera.
El desfile a través de los pasillos se reanudó, sin que ninguna supiera a donde se dirigían esta vez. El Refugio era un interminable laberinto de corredores.
Al cabo de un cuarto de hora de, prácticamente, correr por ellos, Süle les señaló el final de uno.
–Al fondo hay unas escaleras que llevan al exterior, espérenme ahí. Necesito ir por alguien y explicarle un par de cosas.
–¿No has dicho que bloquearon las entradas? –la cuestionó Ann.
–Sí, pero he pedido a Elion que me deje ésta libre. Ahora las alcanzo... –dijo desapareciendo, hecha una flecha, por el corredor de la izquierda.
Rheyn ya estaba ahí, esperándola, a un lado de la entrada a la bodega.
–Gracias por venir –le dijo ella con voz agitada –te estuve buscando para la junta, pero...
Rheyn se encogió de hombros.
–Me llamaron a las reparaciones.
–Ya veo –Süle lanzó un gran suspiro –. En fin, quería que me ayudaras a sacarlas de la cuenca... ¿si te dijo Elion? Encontré a tres chicas que lograron fugarse de ese horrible lugar...
–Sí, me enteré.
–¿No es fantástico? –exclamó Süle.
Rheyn miró hacia otro lado.
–Tres niñas en tres años... claro, lo es.
–Tú esperabas que fuera alguien más, ¿no es así?
Rheyn entrecerró los ojos.
–¿Por qué lo dices?
–Vamos, después de mirar tanto tiempo los radares, ¿vas a decirme que no estás feliz porque estas chicas hayan escapado?
–¿Y quién dice que no lo estoy?
–Tu cara de completo aburrimiento...
Rheyn la miró, ceñudo, pero no replicó.
–Ellas escaparon gracias a un plano –continuó Süle –y me han dejado hacerle una copia. Con él podremos salvar a más chicos, ya verás. Así que ahora ponme atención, porque no tenemos mucho tiempo...
La noticia inmediatamente atrajo la atención de Rheyn, y se concentró en atender al plan de su amiga. Süle sonrió para sus adentros.
–Ya se tardó... –murmuró Ann –. Tal vez deberíamos...
–Nos dijo que la esperáramos, Ann. Ya debe tener algo en mente –la tranquilizó Nadhel.
Jewie continuaba mordiéndose la uña.
–Deja de hacer eso... –le pidió Ann con el ceño fruncido y unos ojos que echaban chispas.
–Estoy nerviosa ¿sí? No tienes porque gritarle a todo el mundo.
Ann torció los ojos.
–No te estoy gritando.
–Ahora no, por favor –las interrumpió Nadhel, que no despegaba la vista del pasillo por donde Süle se había ido.
–Si tan sólo Ann no...
–Chisst, ya viene.
Y efectivamente, Süle acababa de doblar por la misma esquina, hacia ellas, pero esta vez traía compañía: un chico, alto y moreno, de unos veintitantos años... el mismo que se había topado con Jewie en la sala circular y les había deseado suerte en el veredicto...
–¿Otra vez él? –susurró Ann, con cierta molestia. En ese momento, casi todo parecía irritarla.
–Listo –anunció Süle –Chicas, les presento a Rheyn. Él nos ayudará con el escape. Ahora, en marcha.
Sin esperarlas, Süle subió las escaleras hasta llegar a la puerta horizontal que llevaba al exterior. Activó una palanca, y esta se deslizó, dejando ver unas grandes rocas, que indicaban la proximidad de las montañas, y un cielo gris con nubes salpicadas de naranja. En menos de una hora, anochecería.
–Ve por él –le indicó a Rheyn tan pronto el chico estuvo fuera –. Muy bien, este es el plan –añadió, dirigiéndose a las tres muchachas –Rheyn se llevará a Jewie, irán más rápido, así que ella estará a salvo en caso de que nos alcancen. Si eso sucediera, yo me quedo y ustedes corren, ¿vale? Si todo sale bien, los alcanzaremos cerca del Paso del río Enil. A partir de ahí será Rheyn quien las sacará de la cuenca y les dirá qué ruta seguir. Yo les cubriré las espaldas. ¿Alguna pregunta?
–Yo tengo unas cuantas –respondió Ann, molesta de que simplemente les ordenara que hacer, y sin haberlas tomado en cuenta.
–De acuerdo, en el camino –cortó Süle y se volvió hacia la cueva en que había entrado Rheyn, con una correa de cuero en mano.
En ese momento, el chico salía tirando de algo... algo grande...
–Él es Naúh –explicó Süle, mientras las otras se quedaban mudas de asombro.
Naúh era parecido a un lobo, de pelaje color arena y grandes ojos negros. Lo raro era que fuera de un tamaño impropio de un lobo. Su espalda llegaba a la altura del cuello de Rheyn, sus orejas eran grandes y las llevaba echadas hacia atrás, y sus patas eran alargadas, haciéndolo ver desproporcionado.
Rheyn sonrió y le acarició el hocico.
–Tranquilas, no suele ser peligroso... a menos que lo ataquen, claro.
–Jewie, él será tu transporte esta noche –le indicó Süle con una gran sonrisa.
–¿Uh?
–Vamos, sin miedo, móntalo.
Jewie tragó saliva antes de animarse a dar el primer paso hacia la enorme bestia. Lucía intimidante... de un zarpazo podía matar a alguien...
Naúh se volvió hacia Jewie cuando ella ya estaba a unos pocos pasos. Clavó sus ojos oscuros en los de ella con intensidad y las piernas de la chica titubearon. Fue un momento extraño, porque Jewie, a pesar del temor que sentía, le sostuvo la mirada, de una forma dulce e inocente.
Entonces ocurrió algo inesperado. El enorme lobo bajó la cabeza, la coló bajo las temblorosas manos de Jewie, y se echó a sus pies, para facilitarle el ascenso.
–Vaya... –jadeó Rheyn, notablemente sorprendido –jamás había hecho eso con un extraño... ni siquiera con Süle –rió –. Debes haberle caído bien.
Jewie también sonrió. Y ya sin temor, acarició el grueso y áspero pelaje de Naúh.
–Jew, ten cuidado –le pidió Ann, nerviosa.
–No pasa nada, ¿verdad, bonito?
Entonces se animó a montarlo y Naúh inmediatamente volvió a incorporarse.
–Wow –exclamó la chica, riendo –¡Sí que eres alto!
Süle se echó a reír, fascinada y Rheyn la secundó. Ann y Nadhel intercambiaron una mirada de preocupación.
–Bueno, será mejor que se vayan. Nos vemos cerca del Paso –añadió Süle, al tiempo que Rheyn, de un ágil salto, se colocaba detrás de Jewie, sobre la espalda del enorme lobo.
–Cuídate –se despidió el chico con una dulce sonrisa. Luego se inclinó un poco hacia delante y murmuró algo muy rápido, acariciando el costado de Naúh.
Con un breve aullido de júbilo, Naúh echó a correr.
Jewie necesitó sujetarse del nudoso pelaje del animal, al sentir el viento golpearla de frente. Bajó la cabeza, recostándola contra el lomo del lobo, y comenzó a marearse al ver como el paisaje se tornaba en líneas horizontales de tonos grises y pardos. Rheyn sujetaba la cuerda que Naúh llevaba alrededor del cuello y sus fuertes brazos se encontraban a los costados de Jewie, por lo que supuso que no la dejaría caer.
Cerró los ojos, intentando pensar en otra cosa que no fuera el fuerte vértigo que le hacía cosquillas en el estómago. Además, estaba cansada. Ya casi volvía a anochecer, y ahora resultaba que estaba en plena huida. Tanto había temido el momento en que saldrían a buscarlas, a cazarlas… y ahora, no podía mantener mucho tiempo los ojos abiertos. Agradeció para sus adentros haberse encontrado con Süle, si no hubiera sido por ella, quizá aún seguirían caminando sin descanso por el árido terreno, sin comida, sin agua, sin dormir… Había sido un gran golpe de suerte, definitivamente.
Aún no lograba explicarse porque insistían en ayudarlas, pese a que no obtenían nada a cambio, pero se alegró por ello. Aún había personas amables en el mundo…
El cielo poco a poco se fue oscureciendo y la temperatura descendió.
¿Cuánto duraría el viaje? No se atrevía a abrir los ojos. Como cuando viajaba en el auto con su padre y ella siempre se dormía. Suspiró.
De pronto, algo detuvo sus pensamientos: una gota se había estrellado contra su mejilla. Una gota fría, refrescante, diminuta. Se llevó la mano a la mejilla para sentirla. Entonces, lo olió, como si fuera un familiar perfume olvidado: el olor a lluvia.
Otras gotitas se estrellaron en su rostro y manos, llevando sus pensamientos a un escenario similar. ¿Cuándo había sido la última vez que había visto llover? Lo recordó de golpe, y las imágenes fueron tan claras, que creyó estar de vuelta ahí, en ese lugar… en ese entonces…
Despertó de un profundo sopor y limpió las delicadas gotas de sudor de su frente. Se sentía un poco mareada y con una gran resequedad en la garganta. Miró a su alrededor, esperando encontrase en algún lugar familiar y suspirar aliviada, pero no lograba ver nada, estaba inmersa en una oscuridad bochornosa.
Oía un leve tintineo sobre ella, pequeños golpecitos consecutivos que caían sobre un toldo metálico; fuera de dónde quiera que estuviera, llovía.
Se incorporó sobre el asiento forrado de tela aterciopelada, todavía confundida. Esperó algunos instantes, para que la sangre dejara de golpear sus sienes, y luego tanteó a su alrededor. Sus pequeños dedos encontraron el frío vidrio de una ventana, contorneada de algún aislante plástico y luego de más tela.
Lanzó un fuerte suspiro de alivio. Se encontraba en el automóvil de sus padres, y seguramente volverían en un momento.
Entrecruzó sus piernas sobre el asiento y se puso a juguetear con el peluche colgado de la ventana trasera. Afuera, las gotas se volvieron débiles y una brisa salada recorrió las calles desiertas.
¿Dónde estaban?, se preguntó de pronto. Ninguna luz se veía en el exterior, ningún murmullo, ningún chapoteo... estaba sola.
Su corazón se contrajo de pánico y de sus bellos ojos comenzaron a brotar lágrimas.
–¿Mamá? –llamó desconsolada –¿Papá?
Nadie respondió. Asustada, buscó la manija de la puerta y salió. Fuera, el aire cargado de humedad le golpeó el rostro, empapándolo de un ligero vapor salado.
Miró a su alrededor, buscando algún movimiento, pero la calle estaba vacía y los edificios en completa oscuridad.
Otra corriente de aire descubrió el velo de nubes que cubrían la luna llena. El leve reflejo azulado iluminó a su alrededor. No sabía que hacer, ni porqué estaba allí... sola.
Volvió su rostro al suelo bajo el vehículo, los rieles siempre flotantes del auto permanecían adheridos al piso. Estaba completamente apagado. ¿Por qué?
Intentó controlar su miedo y comenzó a andar. No sabía muy bien dónde estaba, pero posiblemente hallaría a alguien que le ayudara a encontrar a sus padres. La lluvia detuvo su tintineo finalmente, y en su lugar se oyó el chapotear de unos pasos a una calle de distancia.
Jewie distinguió una figura a lo lejos y echó a correr hacia ella, esperanzada.
Al parecer aquel hombre no se había percatado de su presencia, hasta que oyó los zapatitos golpear el suelo húmedo. Se volvió hacia ella y le sonrió.
Jewie se detuvo en seco, y fue él quien se aproximó con cierta cautela. Era un hombre joven y de tez clara, su ropa era de aspecto militar y en su mano derecha sostenía un casco.
–Hola –la saludó cortésmente cuando estuvo a unos pocos pasos de la diminuta niña.
–Hola... –respondió Jewie en un débil susurro.
–¿Qué haces por aquí a estas horas?
–Yo... buscaba a mis papás.
–¿Estás sola?...
Ella no respondió, y el hombre le volvió a sonreír.
–Ven, te llevaré conmigo y buscaremos a tus papás.
Jewie tomó la mano libre que él le había tendido, porque eso era lo que necesitaba. Que alguien la ayudara.
–Estarás bien... irás a un lugar seguro –le dijo el hombre mientras reanudaba la marcha.
Y se internaron en las oscuras calles de aquella ciudad cerca del mar. Fue la última vez que Jewie vio su hogar, la última vez que oyó la lluvia caer.
Ann y Nadhel vieron como Jewie desaparecía poco a poco en la lejanía, hacia la oscuridad del Este.
–Vamos –las animó Süle– ella estará a salvo, pero faltan ustedes. No querrán dejarla sola ¿verdad?
Esto las hizo reaccionar de la repentina angustia que sentían. Echaron a andar tan pronto las palabras hicieron eco en su mente.
–¿Qué es el Paso? –preguntó de pronto Ann.
–El Paso del río Enil. Es la única entrada a esta cuenca, y la única salida, bueno, si es que vas a pie. Está a unas cuantas horas.
Ann asintió. Lo había visto cuando se encontraban en las ruinas, desde la orilla de la meseta.
–Así que tú… ¿nos cubrirás las espaldas? –volvió a inquirir.
–Tan pronto terminen de revisar las ruinas, les será más que fácil seguirlas… desde el aire. Mi plan es retrasarlos un poco, para que puedan salir de la cuenca antes. También le he pedido a Elion que cree un par de distracciones, pero no servirán de mucho –frunció los labios.
–¿Y cómo planeas retrasarlos tú?
Süle sonrió con picardía.
–Con esto –palmeó un costado de su cadera, donde se encontraba su arma sujeta al cinto.
Ann intentó no imaginarse el resto.
–Será peligroso.
–Nadie conoce mejor esas ruinas que yo, Ann, descuida.
–Seguro –comentó, no muy contenta con la idea.
–Süle –interrumpió Nadhel –¿puedo preguntarte algo?
La joven se echó a reír.
–Eso es una pregunta.
Nadhel suspiró con cansancio.
–Es que… no sé si te moleste.
–¿Qué es?
–Exactamente… ¿por qué nos echaron? Quiero decir, dijiste que tienen un sistema para disfrazar la temperatura, y que tenían selladas las entradas, entonces ¿por qué…?
–Hay algo que… olvidé mencionarles –se excusó ella–. Verán, cuando entraron en el internado, les pusieron algunas inyecciones ¿no es así?
–No estoy segura… ocurrió hace mucho.
–Bueno, no importa… Hubo una que les aplicaron aquí –se señaló el nacimiento del brazo, justo arriba del pecho– pero no era como las otras. Lo que les inyectaron fue un rastreador, uno diminuto y con una señal de corto alcance. Si se alejan lo suficiente, no las encontrarán a través de él, pero si se hubieran quedado con nosotros en el Refugio… bueno, hubieran dado con ustedes, y con nosotros. La verdad es que esa fue la principal razón que dieron para que tuvieran que irse. No sabemos como camuflar la señal.
–Ya veo…
De pronto, comenzó a llover, y el cielo rugió rompiendo el silencio. Varias gotitas se enredaron en el cabello de las tres chicas.
–Genial –murmuró Ann –. Lo último que nos faltaba.
–Para nosotros es una buena señal… –comentó Süle– eso significa que aun tendremos agua.
–Es cierto… Elion me contó lo del manantial –recordó Nadhel.
–Yo tengo más preguntas –cortó Ann, abrazándose el cuerpo para conservar el calor.
–Dime, Ann –accedió Süle.
–¿Cómo rayos sabes todo lo que sucede dentro del internado? Dijiste que nunca estuviste ahí.
–En realidad, a mí me lo dijeron, pero supongo que quieres saber también cómo es que todo el Refugio lo sabe… ¿les apetece escuchar una historia un tanto larga? Supongo que tengo que empezar por el principio, después de todo.
–Eso es justo lo que quería, además, tenemos toda una noche por delante –asintió Ann.
Süle tomó aire y miró al cielo, mientras ordenaba sus ideas.
–Cuando la guerra estaba por llegar a mi ciudad, se corrieron los rumores acerca del refugio prometido a los niños. Nunca supimos exactamente de quién venía esa propuesta, pero al contrario que muchos, mi padre no se dejó engañar. Él siempre ha sido así, sólo confía en él mismo. Estuvimos a punto de huir junto con un grupo de gente que planeaba ocultarse en las montañas, hasta que todo terminara… pero él… al ver que muchos caían en la mentira, no resistió más y quiso investigar por su cuenta, para ver que planeaban exactamente. Junto con algunos conocidos, organizó un grupo que seguiría a los vehículos voladores. Al principio pensó en dejarme, pero su misma falta de confianza le obligó a llevarme. Llegamos aquí, a esta cuenca, pero mucho tiempo después, por lo que la prisión metálica ya estaba completamente cerrada. Fue cuando uno de sus hombres reconoció el lugar. Según él, una guerra ya se había desatado antes, pero sin involucrar a las ciudades… nadie había sabido de ella; y este lugar, la base militar, fue destruida y abandonada en ese entonces. El Centro debieron construirlo tiempo después, eligiendo el lugar por su posición aislada y relativamente oculta. Pero… las ruinas, las que están al lado del Centro, eran solo una fachada, una parte de lo que en realidad constituía toda la base. Los que atacaron, jamás se percataron de las construcciones bajo tierra, y eso era algo que el amigo de mi padre sabía.
» Buscamos el acceso a la entrada Este, pero no consiguió abrirla. Con la del Norte, por la que acabamos de salir, tuvimos más suerte. Una vez dentro, comenzó la reconstrucción. Algunas zonas estaban dañadas, como todo el lado Este y un poco del Oeste, cerca y por debajo de las ruinas. Los que habían venido como voluntarios para investigar, hallaron un perfecto refugio para ellos y sus familias. Y así se pobló nuestra pequeña ciudad. Nos percatamos de cuando traían a más niños, pero había mucha seguridad y nadie se atrevió a hacer nada… no hasta estar seguros de lo que sucedía dentro. No fue fácil. La única manera que dedujeron que resultaría, era enviando chicos "infiltrados". Había un cierto desorden cuando traían a más, y en algunas ocasiones lo hicieron por tierra así que… fue relativamente sencillo colar a algunos de los nuestros. Yo me ofrecí, pero mi padre me lo impidió, sabía que era peligroso. Quizás… quizás fue lo mejor… porque de los cuatro muchachos que finalmente lograron entrar, solo uno de ellos ha salido… y a otro lo perdimos. Los dos más jóvenes aún siguen dentro –suspiró abatida y calló por un momento.
–¿Cómo… cómo que a uno lo perdieron? –preguntó Nadhel, consternada.
–Se lo llevaron –Süle hizo una breve pausa, buscando las palabras para explicarse –. Por él nos dimos cuenta que… al cumplir cierta edad, se los llevan. Pero no sabemos a dónde. El hecho de que tengan cambios, solo lo acelera.
–Sabíamos… algo al respecto –comentó Ann, con ciertas reservas. Nadhel desvió la mirada a la nada.
–Después de eso, todos nos preocupamos por lo que podría ocurrir con los demás, hasta que… un día, Rheyn escapó.
–¿Rheyn? –exclamó Ann incrédula.
Süle sonrió a medias.
–Pensé que lo reconocerían… aunque supongo que hay demasiados chicos dentro. En fin… fue él quien nos trajo la información que finalmente revelaba las intenciones del Centro. Todo lo que les hacen… las terapias, la comida, las credenciales, los supuestos dormitorios…
–Pero –interrumpió Nadhel– ¿cómo supo Rheyn lo de las terapias? Se supone que solo iban los que presentaban los cambios ¿no?
–Cierto, él no presentaba cambios visibles, y nunca lo llevaron, pero mantenía contacto con los otros chicos y ellos… bueno, a ambos les tocó…
Hubo un silencio incómodo, que Süle finalmente rompió con un largo suspiro.
–Fueron ellos quienes notaron que, después de un tiempo, iban empeorando: los cambios se debían a las terapias, no les ayudaban. Pero también por eso supimos que no solo experimentaban con unos cuantos.
–Creo que no comprendo –murmuró Ann.
–Ni yo –secundó Nadhel.
–Verán… Rheyn si tenía cambios, pero como les dije, no visibles. Los tenía a pesar de jamás haber sido sometido a una sola terapia.
–¿Qué?
–Nos dimos cuenta unos meses después de que escapó… –comenzó Süle, retomando la historia– la verdad, nunca le dijo a nadie cómo lo hizo. Apareció de puro milagro en la entrada, igual de sucio que ustedes –sonrió con cierta nostalgia– y todos lo recibieron como a un héroe. Dio un informe completo de todo, y solo se necesitó atar cabos para saber que experimentaban con unos cuantos chicos. No sabíamos porque solo con algunos. A los tres días, salieron a buscarlo… él estaba fuera, porque decía que se sentía encerrado dentro del Refugio. Me enviaron a buscarlo cuando la alarma se activó y él no volvía. Fue así como lo conocí. Y también fue así como supimos lo de los chips que les inyectaban para rastrearlos.
Nadhel reprimió un escalofrío.
–Estuvieron muy cerca de encontrarnos. Sabíamos que podían detectar la temperatura, pero ya había un sistema para impedir que nos encontraran de esa forma. Y ellos seguían acercándose… Afortunadamente Rheyn ya nos había dicho lo de las supuestas vacunas, y Ima lo oyó. Como ella sabe más de esas cosas, se le hizo extraño lo de la inyección en el nacimiento del brazo. El sujeto que se ocupa de los radares, le pasó un aparato detector de señales encima, y resultó que Rheyn traía uno…
–Pero, entonces, ¿cómo se deshicieron de él? –interrumpió Ann.
–Ima lo operó –contestó la chica, solamente.
Ann frunció el ceño.
–Entonces, ¿por qué no…?
–Porque hubiera sido una mala idea hacérselo también a ustedes. Escuchen, Rheyn sobrevivió de puro milagro. Al parecer la inyección en ese lugar era para que fuera difícil extraerlo, por lo de las venas y esas cosas. Según intentó explicar Ima después, por ahí pasan las que irrigan a todo el brazo, o una cosa así de médicos. El punto es que, bajo la presión de que nos encontraran, ella buscó el detector a la desesperada. Era una cosa minúscula… en fin. Pudieron extraérselo y nos salvamos. Retomando lo de los cambios…
–Entonces, hubieran sido tres cirugías en vez de una, ¿cierto? –se aseguró Ann.
Süle asintió.
–Como les dije, era una mala idea. Por eso no lo consideraron en la junta. Ya teníamos esa experiencia en mente y a nadie le apeteció repetirla.
–Ya veo… perdona, puedes continuar.
–Bien, ¿en qué estaba?... Oh, les iba a contar entonces cuando Rheyn encontró a Naúh. No le gustaba para nada quedarse dentro, y yo era igual, así que en parte por eso nos hicimos amigos. Un día, que él fue solo al pie de las montañas, se encontró con una cría de lobo. No sé en que estaría pensando, pero se quedó a cuidarlo un rato… ya cuando anochecía, vio que su madre no regresaba. Además el cachorrito estaba débil, como si no hubiera comido en días. Y al idiota de Rheyn, se le ocurrió llevarlo al Refugio… cuando se dieron cuenta, lo echaron, y entonces comenzó a cuidarlo en una cueva.
–¿Qué tiene que ver eso con sus cambios? –volvió a interrumpir Ann, impaciente. Süle le dirigió una mirada de reproche.
–A eso voy…
–Lo siento –murmuró Ann frunciendo los labios, pero sin sentirlo de verdad. No le gustaba que la gente diera tantas vueltas. Pero Süle de igual forma continuó la historia a su manera.
–Cuando Naúh creció, él… me decía que sentía una especie de conexión con el animal. Creí que se había vuelto loco, pero resulto que… podían entenderse entre ellos. Le daba órdenes pequeñas con gestos… y también ocurría al revés, él sabía cómo se sentía el lobo. Es muy extraño, lo sé, y aún nadie logra explicárselo, pero supusimos que quizá eso se debía a lo que ocurría en el Centro. Sobre todo cuando me explicó que algunos chicos cambiaban también su comportamiento, y hacían cosas raras…
–Espera un momento, ¿quieres decir que Rheyn habla con los animales?
–Entiende a Naúh, y logra trasmitirle lo que quiere… pero no funciona con los demás animales, bueno, al menos no con los kromys.
Ann le dirigió una mirada de incredulidad.
–A lo mejor querían convertirlo en alguna clase de lobo… –comentó Nadhel, con la mirada en el suelo.
–Eso fue lo que pensamos después, cuando le tuvimos que contar a todos y tardaron en creernos. Pero Rheyn no había sido sometido a terapias, y aún así tenía esto… de hablar con los lobos. Entonces supimos que en realidad, todos eran sujetos de experimentación.
–Quieres decir que… ¿Nad y yo podríamos tener cambios y no saberlo?
Süle asintió, mordiéndose el labio.
–Es probable, aunque no necesariamente. Al parecer no todos sus experimentos resultan.
–Genial –resopló–. Ahora resulta que todas somos tan sólo un experimento…
–Sabes que no quise decir eso.
–Olvídalo… y… te agradezco que nos hayas contado estas cosas… me intrigaba no saber de dónde sacaban tanta información.
Süle se echó a reír.
–En realidad, no fue mucha. Come te dije, Rheyn fue el único en escapar… tuvimos que armar una versión coherente con lo que él nos contó. Y ahora, resulta que ustedes también lo lograron –agregó sonriendo –. No sabes cuánto les agradezco lo del plano.
La expresión de Ann se crispó, sabiendo lo que estaba por venir.
–¿Qué plano? –preguntó Nadhel, como saliendo de un trance.
–Le hicimos un pequeño dibujo a Süle del internado –mintió Ann– aunque no es la gran cosa.
–Ah, ¿cuándo yo estaba en la enfermería?
–Sí… –respondió su amiga, dirigiéndole una significativa mirada a Süle. Ella se disculpó con un leve gesto.
–Bueno, aún nos queda un rato más de camino así que ¿por qué no me cuentan algo sobre ustedes? –comentó Süle, procurando cambiar de tema.
Nadhel desvió la mirada. No le gustaba hablar sobre ella misma, menos cuando apenas conocía a la chica morena… aunque las hubiese ayudado.
Ann se volvió a frotar los brazos con las manos, tratando de entrar en calor.
–Mmmm… ¿sobre qué quieres saber exactamente? –preguntó un poco incómoda.
–Bueno, yo les he contado como llegué aquí… me gustaría saber como fue en su caso –intentó animarla Süle.
Ann resopló.
–Fue ya hace mucho, no creo que…
–Lo que recuerdes –sonrió.
–Bueno… –Ann demoró un poco, intentando ubicar los recuerdos y eligiendo las palabras. No se consideraba una buena narradora de historias, no comparada con… Leo. Se sorprendió al recordarlo y sintió una pequeña punzada al darse cuenta que él ya jamás volvería a contarles sus fabulosas historias–. Yo vivía sólo con mi padre–se obligó a comenzar, para deshacerse de la molesta sensación que la había invadido– mi madre murió cuando yo tenía solamente 4 años, y por eso no la recuerdo mucho. En fin, eso no viene al caso… Pocos meses antes de que yo cumpliera ocho años, recuerdo que oímos como la gente pasaba corriendo por las calles, gritando… No supimos que sucedía, pero mi padre me alejó del balcón y cerró las puertas, nada más por pura precaución. Jamás imaginamos que lo que ocurría afuera era tan grave… Entonces, los oímos. Mi padre fue a asomarse a la ventana y me impidió que me acercara. Nunca olvidaré el rostro de horror que tenía cuando, después de cerrar las cortinas, se volvió hacia mí y me llevó escaleras abajo, en brazos, corriendo. Salimos por una ventana trasera, y al ver que la gente pasaba por las dos calles a los lados de la nuestra, totalmente fuera de sí, me dijo que sería más seguro ocultarnos hasta que todo pasara. Yo no sabía qué ocurría realmente, pero estaba asustada. Mi padre abrió la alcantarilla y se metió dentro, luego me atrapó en brazos y la cerró.
Ann calló. En su rostro había una huella de tristeza y confusión, pero logró controlarse respirando hondo.
–Tan pronto pasaron por la calle, nos encontraron… y me separaron de él, para después llevarme al Internado. Ni siquiera nos dijimos adiós –suspiró.
–Siento lo que te pasó… –murmuró Süle, sin saber que más decir.
Ann se encogió de hombros.
–Da igual, fue hace mucho tiempo. Ya ni siquiera recuerdo exactamente cómo era él… cómo era estar con él.
–Eres una chica fuerte.
–Tengo que… no permitiré que me tengan encerrada de por vida. Y tenía que sacarlas a ellas –sonrió dirigiéndole una mirada a Nadhel, que miraba a la nada con gesto ausente.
Su amiga pareció reaccionar y le devolvió la sonrisa.
–Sí, gracias a ti somos libres –dijo con voz suave, pero luego su gesto se tornó preocupado y volvió a sumirse en sus pensamientos.
–Bueno, aún falta un tiempo para que se puedan considerar a salvo, pero al menos ya no están dentro de esa horrible prisión –rectificó Süle.
Finalmente, la fina lluvia que había estado cayendo sobre ellas, cesó.
–Ya casi llegamos –comentó luego de varios minutos de profundo silencio.
–Así que… ¿tú regresarás? –preguntó entonces Ann.
–Sí, así es… Pero descuiden, Rheyn conoce mejor esta zona que yo, cuidará de ustedes hasta que lleguen al Paso, luego les dirá que ruta tomar.
–Solas –adivinó Ann.
Süle tragó saliva, sintiéndose en parte culpable.
–Lo siento… lamentablemente nos ordenaron volver y…
–No pasa nada. Ya nos han ayudado bastante… gracias –murmuró Ann.
Süle le sonrió.
–Viniendo de ti, es todo un halago. Es bueno que te tengan como amiga, tienes un carácter fuerte, y eso es de mucha utilidad en situaciones como ésta.
Ann frunció el ceño.
–Supongo que eso es un cumplido… o algo parecido.
–Ahí viene… –dijo la chica solamente, antes de internarse en la oscuridad para ir al encuentro de alguien –Rheyn.
–La he dejado descansando en aquella roca, está comiendo –comentó el muchacho apareciendo de repente con Naúh al lado –. Si quieren pueden ir con ella –añadió, dirigiéndose a Ann y Nadhel.
Ellas asintieron y avanzaron hacia Süle.
–Muchísimas gracias por todo –susurró Nadhel, dándole un pequeño abrazo.
–Vaya, por nada… ya saben, es nuestro trabajo.
–Ojalá algún día podamos volver a vernos –dijo esta vez Ann –. No me gusta esto de deberle favores a la gente.
–Eso espero yo también. Cuando las cosas estén más tranquilas, podemos ir a buscarlas. No creo que me nieguen una pequeña expedición si voy acompañada –rió Süle.
–Seguro… bueno, nos vemos –se despidió Ann.
–Hasta entonces.
Las dos amigas se alejaron, en dirección a la roca señalada por Rheyn.
–Bien… así que ya sabes el plan –se aseguró Süle, esta vez mirando al chico.
–Sí… –susurró, luego agregó: –¿Tú estarás bien?
La joven soltó una pequeña carcajada.
–Nadie conoce esas ruinas mejor que yo ni tiene mejor puntería ¿acaso estás dudando de mí? –sonrió maliciosa.
–Por supuesto que no, pero no por eso puedo dejar de estar preocupado, promete que te cuidarás.
Süle sintió que la sangre le teñía las mejillas y agradeció que fuera ya de noche.
–Claro.
–Bien, entonces suerte. Sinceramente espero que Naúh no te tire a medio camino –bromeó, colocando en la mano de la muchacha la cuerda que estaba en torno a la cabeza del enorme lobo.
La chica sintió un leve cosquilleo en la garganta, cuando la mano de Rheyn rozó la suya.
–No lo creo… Sabe quién le da los premios de carne –sonrió, trepando al lomo del animal.
–Cuídate –repitió Rheyn.
Süle le guiñó un ojo y luego palmeó el costado de Naúh.
–Vamos, muchacho. El tiempo es oro.
Rheyn miró como su amiga desaparecía en la oscuridad de la noche. Más allá, en la lejanía, pequeñas luces titilaban, en busca de tres chicas fugitivas.
Capítulo VII
// Complicaciones
Jewie sostenía una pequeña lata de comida entre sus manos cuando sus amigas la encontraron.
–Hola, chicas –saludó antes de que ellas estuvieran dentro de su campo de visión–. Tardaron mucho, creí que me iba a hacer vieja.
Seguida de su broma, soltó una suave risita.
Ann se acercó a ella y se dejó caer a su lado, agotada.
–Bueno, no todas le caemos bien a los lobos gigantes... algunas tuvimos que usar los pies –respondió Ann y Jewie volvió a reír, divertida.
Nadhel sonrió y se sentó junto a ellas.
–¿Qué comes, Jewie?
Ella miró la lata un instante para luego encogerse de hombros.
–Ni idea. Rheyn lo sacó de mi mochila y me enseño a abrirlo, pero no sabe tan mal, ¿quieren?
Compartió el contenido con las dos hasta que la lata estuvo vacía. En ese momento el chico volvió.
–Si quieren pueden abrir otra –comentó –. Süle les dio suficientes para varios días. Lo que sí les recomiendo, es que procuren racionarlas en el viaje... pueden incluso intentar cazar; al pie de las montañas hay varios animalillos. ¿Saben hacer fuego?
Todas negaron al instante.
–Bueno, veamos si Süle les dio algo para… –empezó a decir mientras hurgaba en la mochila de Jewie –. Eh, aquí está –dijo sacando un curioso utensilio metálico.
–¿Qué es eso? –preguntó Jewie.
–Lo inventaron en el Refugio. Es para crear chispas, ¿lo ven? –señaló frotando una pieza móvil contra la otra, que tenía lo que parecía una piedra pequeña. Al hacer fricción, saltaban diminutas lucecitas –. Si lo hacen sobre algunas ramas secas, éstas prenderán. No es difícil.
Jewie asintió y tomó el utensilio.
–No podemos hacerlo ahora, ¿verdad? –preguntó, imitando el movimiento de él con la mano.
–No… aún no estamos fuera de vista. Esperen a que estén al pie de las montañas. Y háganlo en el día, en la noche se notará mucho más. Si cazan, podrán guardar la comida enlatada para cuando estén en la ciudad.
–¿Qué ciudad? –inquirió inmediatamente Ann.
–Se lo expliqué a Jewie, aunque supongo que Süle no se los dijo a ustedes.
–No, nos dijo que tú nos dirías qué ruta seguir.
–Bueno… Jewie, ¿me lo prestas un segundo? –la chica le tendió un trozo de papel y una lamparita–. Gracias. Verán, le he hecho un pequeño mapa a su amiga, para explicarle lo que harán. Ésta es la cuenca –dijo alumbrando una zona del papel –y aquí está el Paso, que es a dónde las llevaré en unas horas. Cuando estemos ahí, les mostraré estas montañas, que corren en dirección Norte. Las seguirán, porque, aunque es más tardado, les brinda una mayor protección y pueden usarlas de referencia. Recórranlas al pie, hasta que lleguen al río Naycett.
–¿Por qué se llama así? –interrumpió Nadhel.
–Nosotros se lo pusimos, en realidad. Naycett fue quién encontró el manantial, y ese manantial alimenta a este río, el único que hay por la zona. Es muy pequeño, pero aún se mantiene.
Nadhel asintió.
–Gracias.
–Bien. Cuando lo encuentren, dejarán las montañas y lo seguirán. Es la forma más fácil y segura de llegar a la ciudad –posó la luz de la lamparita en un punto al Este de la cuenca–. Está abandonada, según dicen. En realidad, ninguno ha ido ahí, pero la encontramos señalada en los mapas del Refugio. Es un buen lugar para que permanezcan ocultas hasta que dejen de buscarlas, ya que tendrán los techos de las construcciones como protección. El río la atraviesa, así que no les faltará agua. Y la comida será un poco más difícil de conseguir, pero algo andará por ahí. Igual tienen el mar cerca, por si alguna sabe pescar.
–¿No nos buscarán ahí? –preguntó Ann.
–Espero que no… una vez fuera de la cuenca, será muy difícil que les sigan la pista, ya que hay varias cordilleras en todas direcciones. En caso de que revisen la ciudad, les recomiendo que se busquen un lugar donde haya cristales, los que queden completos y sean grandes.
–¿Por qué? –quiso saber Jewie.
–Los detectores que usan para ver la temperatura, no pueden hacerlo a través del cristal.
–¿Y qué hay de los chips? –preguntó entonces Ann.
–Mmm, ahí estará el problema… no sabemos cómo bloquear la señal. Pero si sienten que están muy cerca, corran. No son muy potentes, así que necesitan tener una mínima distancia para detectarlas. Imagino que su plan será ubicarlas por la temperatura y luego comprobar con la señal del chip.
–Bien, entonces habrá alguna posibilidad de ocultarnos –concluyó Ann –. Gracias por los consejos.
–No hay de qué –sonrió Rheyn–. Ahora, intenten descansar un poco, yo me quedaré vigilando. Necesitan recuperar fuerzas porque, tan pronto amanezca, tendrán que avanzar todo lo posible hacia las montañas del Norte. Procuren detenerse hasta la noche o hasta que hayan encontrado un refugio seguro entre las cuevas.
–Bien –asintió Ann.
Jewie y Nadhel sacaron un par de mantas, delgadas pero que guardaban bien el calor, y las tres se acomodaron, muy juntas una de la otra. Rheyn se incorporó para echar un vistazo hacia las ruinas de la base militar. Las diminutas luces seguían recorriéndola, y Süle ya debía estar en camino a interceptar a sus portadores.
La chica presionó los costados del animal con sus rodillas y el lobo respondió con un suave gruñido, sin embargo, los músculos de sus patas se tensaron aún más y aumentó la velocidad.
Süle no estaba completamente segura de que el plan funcionara. Los buscadores no tardarían mucho en dejar de inspeccionar las ruinas y saldrían a perseguir a las chicas. De hecho, ya deberían estar en ello, de no ser porque a Elion se le había ocurrido darles más tiempo con una tonta distracción.
Principalmente, los sujetos del Centro, usaban censores de infrarrojos para detectar el calor corporal de las personas. Así que Elion se las había ingeniado, hacía un tiempo, para colocar pequeños aparatos que podía encender a la distancia y que generaban calor a la misma temperatura de una persona.
Les habían servido cuando infiltraron a los chicos en el Internado. Los que vigilaban la entrada de niños al edificio, se habían extrañado por la presencia de cerca de 3 docenas de puntos que irradiaban calor, marcados en sus censores. Los aparatos se hallaban ocultos bajo muebles y escombros, fuertemente adheridos a las paredes o al piso metálico, así que los hombres no pudieron hacer nada para desactivarlos.
Ahora, Elion había sugerido encender unos cuántos y al poco rato encender otros, de tal manera que fueran cambiantes. Debería de servir para desconcertar a los buscadores, al menos. Pero tarde o temprano recorrerían todos los rincones de las ruinas y descubrirían que ahí no se encontraban las muchachas fugitivas.
Era el turno de ella. Siempre había querido hacer algo parecido… enfrentarse a quienes traían niños y experimentaban con ellos, todo por una estúpida cuestión de poder. Le hervía el odio en la sangre.
–Vamos, Naúh. Tú puedes, muchacho –susurró cuando el lobo lanzó un resoplido ante el esfuerzo. Este mantuvo la marcha, a pesar del cansancio.
Rheyn decidió despertarlas una hora después. En poco más de una hora amanecería, y ellas deberían salir de la cuenca lo más pronto posible.
Alargó la mano hacia Jewie, que era la más cercana a él, y la meneó por el hombro. La chica soltó un débil quejido de protesta.
–Vamos, tenemos que continuar –murmuró.
–Pero tengo sueño... –balbuceó Jewie, cerrando los ojos con fuerza.
–Lo sé. Pero si no nos apresuramos, acabarán por alcanzarnos, y eso no sería lindo, ¿verdad?
–No, pero...
Jewie no terminó su protesta, porque el chico ya tiraba de ella y no tuvo más remedio que abrir los ojos. Emitió una especie de gruñido y luego se frotó un ojo, sentándose sobre el suelo. Rheyn ya estaba despertando a Nadhel, confiando en que ella despertaría a su vez a Ann. La chica pelirroja le inspiraba cierto respeto, a juzgar por su carácter, no respondería de buena manera si la zarandeaba.
–Hey –murmuró–. Debemos continuar.
–Mala idea. A Nad difícilmente la despertarás así. Ann usa las patadas con ella –sugirió Jewie.
–¿Qué yo qué? –murmuró esta, desperezándose.
–¿Lo ves? Ann es la del sueño más ligero –explicó Jewie a Rheyn. Luego, volviéndose a su amiga –. Despierta a Nadhel, antes de que se ponga a roncar.
Ann soltó una pequeña risa, y de un movimiento brusco, quitó la manta que cubría a Nadhel. La chica se encogió al instante.
–Arriba dormilona, o te dejaremos aquí mismo.
Nadhel bostezó audiblemente.
–¿Por qué tienes que levantarme así? –protestó en un débil murmullo.
–Bueno, mira que Rheyn lo intentó con gentileza y parecía que te estaba arrullando –se burló Jewie.
–Estoy agotada. Siento que no he dormido nada.
–Ya tendrán tiempo de descansar cuando estén a cubierto. Primero debemos sacarlas de aquí –dijo Rheyn poniéndose de pie y ayudándolas a guardar las mantas en las bolsas.
Resignadas, ellas le dieron la razón. Tan pronto recogieron todo, se pusieron en camino.
El cielo era de un gris oscuro, pero ya no reinaba la inmensa oscuridad de la noche. Rheyn tuvo algunas dificultades para ubicar la ruta correcta, pero una vez identificó las formas montañosas, simplemente las siguió para llevarlas a lo que antes había sido el cauce de un río. Este nacía en el interior de la cuenca, atravesándola por completo, y salía por el Este en dirección al mar.
Ellas no se percataron de que habían llegado hasta que Rheyn les señaló el terreno, cubierto por cientos de pequeñas rocas ovaladas y arena. Pequeños matorrales crecían también ahí.
–Este fue el Río Enil –dijo él.
–¿Cuál? –inquirió Jewie.
–Estás sobre él… hace mucho que se secó, incluso antes de que los Refugio llegaran a este lugar. Es una verdadera lástima. Siempre me he preguntado cómo luciría todo si no hubieran desgastado tanto el terreno con las bombas que arrojaron.
–¿Bombas? –preguntó Nadhel, temerosa.
–No fueron muy… grandes. Pero no sé si vieron el cráter que hay detrás del Centro. Ese es bastante profundo. También hay varios sobre la zona derrumbada del Refugio. Aún estamos intentando repararla. Supongo que algo tuvo que ver eso con el aspecto de este lugar, tan… desolado.
–Creí que lo que hay bajo tierra no había sido afectado–comentó Nadhel, tratando de interesarse en la conversación de Rheyn. Si no hacía algo para distraerse, los ojos acabarían por cerrársele.
–En realidad, Süle nos dijo algo sobre las zonas que habían encontrado dañadas –intervino Ann.
–Sí, en parte fue por eso que la base bajo tierra acabó siendo abandonada tiempo atrás. Por suerte, logramos recuperar el sistema eléctrico, aunque hubo que hacerle varios cambios. Naycett, el que encontró el manantial, fue el que viajó hasta ahí porque decía que se podía obtener la energía a partir de corrientes de agua. Era un ingeniero, o algo parecido… murió hace poco más de un año.
–Oh, lo siento –murmuró Nadhel.
–Todos lo lamentamos. Ayudó mucho con la reconstrucción del lugar. Fue una suerte que el padre de Süle lo convenciera de venir.
–¿Quién es el padre de Süle? –preguntó de pronto Ann–. Cuando ella volvió de la junta, no estaba segura de si era Elion o…
Rheyn la interrumpió con una risa.
–¡Oh, no! Elion no es su padre… él sería… algo así como su niñera –comentó con cierto deje de burla–. Elion es el hijo de uno de los amigos de Lirt, el padre de Süle. La cuidaba cuando ella era más pequeña y Lirt tenía que ir a dirigir las obras o hacer reconocimientos del lugar. Supongo que se le quedó la costumbre. La verdad, es que me extrañó que él se mezclara en todo esto del escape… no era de esas ideas.
–¿Qué ideas?
–Sobre hacer algo respecto al Centro, además de únicamente vigilar los radares. La mayoría de los del Refugio perdieron ese interés hace tiempo. Sólo se ocupan de sus vidas. Dicen que no hay nada qué hacer por el momento.
–Ya veo… –suspiró Ann.
–Süle me comentó lo del… eh, plano del Centro. Seguramente idearemos la manera de rescatar a más chicos.
Ann dirigió una mirada nerviosa a Nadhel, pero ella se encontraba con la vista en el suelo, quizás escuchando, pero por lo visto no había sospechado nada.
–Eso sería bueno –agregó esta vez Jewie –. Si pudieran rescatarlos, quizás podrían seguir el mismo camino que nosotras, así no estaríamos solas en la ciudad.
Rheyn le sonrió.
–Ojalá no tengan que esperar mucho. Esperemos que quienes las sigan, se cansen de buscarlas pronto, así podrían volver con nosotros y ayudarnos a mí y a Süle en eso. Cinco es mejor que dos, en cualquier caso, y ustedes también conocen como son las cosas dentro del Centro. Podríamos encontrar la manera de boicotearles su jueguito.
Jewie también sonrió. Le agradaba la idea.
–¿Hasta dónde nos acompañaras? –inquirió Ann, al cabo de algunos minutos.
–No falta mucho, en realidad. Vamos a seguir el río hasta que pueda mostrarles las montañas que corren hacia el Norte, ya fuera de la cuenca. En ese punto nos despediremos.
–¿Y qué harás después? –quiso saber Jewie.
–Alcanzaré a Süle en las ruinas, por si acaso tiene problemas.
–¿No tardarás mucho? Ella se fue con el lobo… –comentó Ann.
–Naúh me alcanzará después de que la haya dejado allá. Le dije que me encontrara en el camino.
Jewie soltó una risita, incapaz de contenerse.
–Eso no deja de sonar raro, a pesar de lo que me contaste. ¿Cómo es hablar con él?
En el rostro de Rheyn se formó una media sonrisa.
–No sé cómo explicarlo… yo no hablo su "idioma", ni él el mío, pero… de alguna forma, nos entendemos. Al principio solo creía que era sencillo interpretar sus gestos y gruñidos, pero cuando él hacía exactamente lo que le pedía… comencé a sospechar que algo extraño estaba sucediendo. Se lo comenté a Süle, y ella también intentó pedirle cosas, pero no tenía el mismo efecto. A ella no la entendía –rió–. Dedujimos pues, que era yo. Con el tiempo, me acostumbré a hablarle como si fuera un amigo.
–Sigue sonando extraño –le dijo Jewie –. Me pregunto si… si me convirtiera, ¿podría yo hablar con él?
–¡Jewie! –protestó Ann.
–¿Qué? No he dicho nada malo… era solo curiosidad.
Rheyn la observó con interés.
–¿Convertirte? ¿Ya sabes lo que… eres?
–Bueno, yo… pasó cuando estábamos en el cráter y…
–No es por nada, Rheyn –intervino Ann– pero preferiría que no le preguntaras al respecto.
–Pero… creo que no entiendo. ¿Se transformó? ¿Ya? ¿No debería…?
–No es importante –cortó la chica.
Rheyn frunció el ceño.
–Disculpa, pero me temo que sí lo es… es decir, si lo hizo… es que… ¿ya la han sometido a la última terapia?
El efecto de las últimas palabras de Rheyn fue distinto en cada una. Jewie simplemente se detuvo, con los ojos muy abiertos, sin poder asimilar del todo sus palabras.
Ann bufó, entre enfadada y sorprendida. ¿Él lo sabía…? Y ¿por qué había dicho aquello tan a la ligera? Entonces, pensó inmediatamente en Nadhel.
Ella tenía los ojos fijos en el muchacho y se había llevado una mano a la garganta. Sus labios temblaban ligeramente, no sabiendo que decir…
–¿Q-qué? –murmuró por fin, con voz entrecortada.
El chico las miró una a una, extrañado.
–¿He dicho algo malo?
–No –respondió Ann con fastidio–. Jewie no ha sido sometida a esa terapia. Y, te agradecería, no lo vuelvas a mencionar si quiera.
–Leo… –susurró de pronto Nadhel, con gesto ausente –. Él… a él…
–No pasa nada, Nadhel –intervino Ann, rodeándola con un brazo–. Leo está bien, ¿recuerdas? Él está bien.
–¿Quién rayos es Leo? –inquirió Rheyn, confuso.
–Pero a él… –continuó balbuceando Nadhel para sí.
–Discúlpanos –atajó Ann, e hizo que Nadhel caminara con ella varios metros por delante. Fue susurrándole palabras reconfortantes, rogando para sus adentros que Nadhel no volviera a sumirse en un mar de recuerdos confusos y desgarradores.
–¿Qué ha sido todo eso? –exclamó Rheyn.
Jewie se aproximó con mirada triste, y comenzó a andar más lentamente junto a él.
–Nad tiene… ciertos problemas con un amigo suyo… bueno, nuestro, pero era el mejor amigo de ella y… lo que has dicho, sobre la última terapia, eso le afecta… le recuerda a él.
–Sigo sin comprender. ¿Se ha puesto mal sólo porque le hice recordarlo?
–Es un poco extraña, lo sé. Hay cosas que olvidó, por voluntad propia y… –suspiró–. Sólo déjalo pasar, ¿vale? No me apetece recordar a mí tampoco todo lo que ha sucedido.
Rheyn le palmeó la espalda con cariño, al ver su expresión de preocupación.
–Claro, descuida. Siento haber ocasionado todo esto, aunque no tenía ni idea.
Jewie se encogió de hombros.
–No te preocupes, seguro que Ann la calmará.
–Esa chica tiene un gran carácter, ¿verdad?
–¿Ann? Sí, muchos piensan lo mismo. Puede parecer enojona, pero también es muy divertida. En este momento es así solo por las cosas que han pasado. Ella solo quiere protegernos.
–Curiosa su manera de hacerlo… ¿por qué no quería que me hablaras sobre tu transformación?
Jewie se mordió el labio, insegura de si debía o no contárselo.
–Bueno… sonará extraño, pero… se molestó conmigo cuando lo hice. Dijo algo de que ellos lo habían logrado, que me habían transformado por completo y… no sé, algo así. Me hizo prometerle que no volvería a intentarlo. Creo que tiene miedo de que los del Internado lo descubran, aunque para el caso es lo mismo, ya nos están persiguiendo.
–Hum, ya veo…
–Aparte, creo que le incomoda verme así.
–Debe de resultar bastante extraño para ella, supongo –Rheyn hizo una pausa, antes de añadir: –Así que… ¿sabes lo que eres?
–Oh, no estoy segura en realidad. No me he visto a mí misma, pero mis patas se parecían a las de un perro, o lobo…
Rheyn se rió.
–Eso ha de ser interesante… estar en el cuerpo de un animal, quiero decir. No puedo imaginármelo claramente.
–Se siente bien… tienes… otras habilidades. No lo veo como algo malo.
El chico la miró de reojo.
–¿Sabes? Eres muy pequeña. Es extraño que a tan corta edad ya te hayas transformado… completamente. Según el otro chico, el que era mayor que yo, eso solo ocurría después de la dichosa última terapia. Por si solo uno no podía….
–¿Soy un bicho raro? –interrumpió de pronto Jewie.
Rheyn ahogó una risa.
–Disculpa, yo no… No quise decir eso. Es sólo que… no me lo explico. Nunca oí de nadie que finalmente haya completado los cambios. Quizás tenga que ver el hecho de que nadie dentro sabe en realidad lo que ocurre, ellos creen que los están curando…
–Tienes razón. Ojalá sea por eso. No me gustaría darles un motivo más para que me persigan y experimenten conmigo.... ¿Crees que… lo sepan? ¿Que he cambiado?
–Esperemos que no, Jewie. Porque sino… difícilmente se rendirán.
La joven descendió del lomo del enorme lobo con exagerada cautela, sin dejar de escrutar las sombras a su alrededor. Varios rayos de luz alcanzaban a distinguirse, recorriendo cada uno de los edificios metálicos.
Süle acarició el hocico de Naúh para despedirlo y este dio media vuelta, corriendo en dirección al Este. Ella lo vio alejarse unos segundos, luego, sacó su gancho del cinto y apunto hacia una saliente que consideró segura.
El proyectil del aparato salió disparado y se incrustó en la tierra con un golpe seco. La chica esperó para asegurarse de que nadie más lo había oído. Entonces comenzó a trepar.
No quería admitirlo, pero se sentía nerviosa… bastante nerviosa. En su vida había atacado a alguien, ni disparado con la intención de herir, a pesar de que una parte de ella quería hacerlo. Esa noche tenía que hacerlo… si quería darles una oportunidad a las chicas de huir.
Cuando llegó a la cima de la meseta, en dónde se encontraban las ruinas de la base, alcanzó a distinguir cuatro rayos luminosos, uno más cerca que los otros y que pronto iría en su dirección. Poniendo cuidado en sus pasos, se lanzó hacia delante para pegarse a la pared de uno de los edificios. Los pasos del buscador la siguieron y ella tuvo que abandonar nuevamente su posición para internarse más en las ruinas metálicas, de tal manera que su temperatura se confundiera con la de todos los demás aparatos, que en ese momento se encontraban encendidos, haciendo su función de distractores.
Después de un rato de sortear obstáculos y ubicarse entre los edificios, llegó hasta un callejón sin salida. Justamente lo que se necesitaba para una emboscada.
Sonrió.
En su mente había repasado cada uno de los lugares que conocía de la base militar, y este le daba un perfecto escenario para llevar a cabo su plan: disminuir el número de los buscadores sin ser atrapada. Sería una distracción mucho más eficiente a la preparada por Elion.
Se dirigió hasta el fondo y miró hacia la pared derecha. Ahí estaba, en el segundo piso del edificio: la ventana sin cristal que recordaba. Ya había subido por ahí una vez, cuando le había perdido el miedo a la soledad que ahí se respiraba y le había dado por husmear entre los escombros.
Preparó nuevamente su gancho y disparó hacia la abertura rectangular. Este se alcanzó a sostener del marco. Comprobó que sostuviera su peso y recogió la cuerda dentro del propulsor para ayudarse a subir. Se oyeron varios golpecitos metálicos y unos cuantos pasos apresurados en la lejanía.
Todo estaba resultando bien… hasta el momento. Sin embargo faltaba lo más difícil. Tomó aire varias veces y guardó el gancho proyectil en su cinto; del lado contrario a este, se encontraba su arma. Hasta ese momento no le había hallado gran utilidad, si exceptuaba el enorme susto que le había dado a las chicas que un día antes había hallado en esas mismas ruinas. Las chicas que ahora estaba ayudando y protegiendo.
Buscó con la vista algún escombro lo suficientemente grande en el piso y dio con un trozo del respaldo de una silla rota. Serviría. Se acercó a la ventana y echando la mano hacia atrás, tomó impulso para lanzarlo contra la pared del edificio de enfrente. El estruendo fue casi instantáneo, y el silencio de la noche contribuyó a que el ruido se percibiera con mayor intensidad.
Esperó. Sabía que tarde o temprano, algunos buscadores caerían en la trampa.
Nadhel se separó un instante de Ann.
El pulso le golpeaba en las sienes con fuerza, una y otra vez. Se sentía confundida, como si de pronto toda su mente se hallara sumergida en una espesa neblina. Ninguna de sus ideas era clara, y no lograba recordar nada, a pesar de esforzarse en ubicar el origen de su angustia.
La última terapia.
Sabía lo que era, pero, extrañamente, en su mente tenía dos conceptos distintos acerca de ella.
De acuerdo a la información que les había dado Süle, y por lo que Rheyn acababa de decir, la última terapia ocasionaba que la transformación se completara. Que un humano pudiera convertirse en un animal. Tal como Jewie en el cráter.
Pero… ahí estaba de vuelta el recuerdo de Leo. Quizás había sido solo un sueño… y sin embargo, la sensación era la misma…
A él iban a someterlo a esa última terapia. Para curarlo. Él estaría bien después de eso. Se salvaría.
Se visualizó incluso despidiéndose de él, aunque eso era imposible porque… Leo seguía estando en el Internado, igual que siempre. Ella lo había visto, había hablado con él.
-Entonces… sólo fue un sueño… Se dijo. Porque, ese recuerdo de Leo marchándose para ser sometido a una terapia muy peligrosa, no encajaba con todo lo demás.
Y Ann… Ann no dejaba de repetir, una y otra vez, que Leo estaba a salvo, que no había ocurrido nada…
¿Por qué todo en su mente tenía que ser un caos? ¿De dónde venían los recuerdos e imágenes de Leo yéndose? ¿Por qué una parte de ella estaba convencida de que la terapia ayudaba? Sabía que no era así…
–Nad… –volvió a llamarla Ann–. Nad. No tienes de que preocuparte, él…
–Él está bien –completó Nadhel al instante.
–Sí.
Nadhel asintió. Tenía que ser verdad. Él seguía en el Internado, aunque tampoco recordaba la razón. La neblina volvía a nublarlo todo en su cabeza, en sus ideas.
–¿Por qué… por qué él no vino con nosotras, Ann?
Su amiga tardó un momento en responder. Su voz sonaba preocupada.
–Él… Leo prefirió quedarse, Nad. Tenía cosas que hacer, pero quería que nosotras nos marcháramos.
–No… no entiendo. ¿Por qué no me lo dijo?
–Porque… sabía que no lo dejarías. Por eso te dejo en el último instante y…
Nadhel dejó de escucharla. Sus palabras le sonaban vacías, sin sentido. Quizás Ann tampoco conocía del todo la verdad. Y le mentía para tranquilizarla.
Suspiró.
–De acuerdo, gracias –aceptó por fin. La cabeza estaba comenzando a dolerle demasiado.
Ann se colocó nuevamente a su lado y le pasó un brazo alrededor.
–Me siento tan extraña, Ann… –comentó Nadhel de pronto–. Siento como si… como si todo careciera de sentido, como si esto no fuera más que un sueño… un sueño tonto.
–Debe ser la falta de sueño más bien. Nos hace falta dormir y descansar. Ojalá podamos encontrar un buen refugio en las montañas para hacerlo, yo también estoy exhausta.
–Sí, ojalá.
Rheyn y Jewie las alcanzaron momentos después. Jewie miró a Ann preocupada, preguntándole con la mirada por Nadhel y ella asintió, tranquilizándola.
No hablaron más. Todos temían que romper el silencio fuera a ocasionar otra complicación en lo que quedaba de camino hasta el Paso.
Finalmente, tres buscadores aparecieron a la entrada del callejón.
Süle se puso alerta al instante. Ellos cortaban las sombras con las lámparas, buscando la fuente del sonido de hacía un rato.
La chica temió que se percataran de que aquello no era más que una trampa y no se acercaran lo suficiente. Todo podría complicarse de un momento a otro… y eso le costaría caro.
Tragó saliva con suavidad, a la espera de que algo más sucediera.
El eco de unos pasos rompió el profundo silencio. Uno de los hombres se adentraba en el callejón, mientras los otros le cubrían la espalda desde la entrada.
Süle lo pensó un instante antes de actuar. Si le disparaba, los que se encontraban en la entrada posiblemente se percatarían de su presencia al ver desde dónde venían los disparos y la atacarían. Pero desde aquella distancia, no podía matarlos a ellos primero.
Recorrió con la mirada toda la estancia y entonces se percató de la puerta entreabierta que llevaba a una habitación continua. Con suerte, en ella habría una ventana sin un trozo de cristal y desde ahí podría matarlos a ambos rápidamente para luego ocuparse del tercero.
Poniendo excesivo cuidado en dónde pisaba, atravesó la puerta. Esta no hizo ningún sonido al ser empujada con suavidad por la mano de Süle. Alzó la mirada del suelo para encontrarse con un cristal medio roto en la ventana. Contuvo un suspiro de alivio.
Se acercó hasta allí y apuntó con la pistola hacia las dos oscuras figuras. Tenía que ser rápida, pero cuidando de no dar un tiro fuera de su objetivo, o eso alertaría a los demás. Puso todo su cuerpo en posición, tal cómo le había enseñado su padre, y respiró hondo varias veces para tranquilizarse y despejar su mente, dejarla en blanco, luchando por no pensar en que estaba a punto de matar a alguien por primera vez en su vida.
Dos silbidos cruzaron el aire, uno detrás del otro, impactando en los cuerpos que ahora yacían sin vida en el suelo. Un estremecimiento la recorrió entera al darse cuenta de qué el tercer hombre ahora miraba hacia el edificio donde se encontraba, buscándola.
Apuntó nuevamente, esta vez hacia él y tensó su dedo sobre el gatillo.
El disparo quebró el cristal de la ventana y sintió un creciente ardor en su brazo izquierdo. No había sido ella quien había atacado primero. Miró hacia enfrente instintivamente. Una sombra se encontraba en la ventana del edificio contrario. Apuntándole.
Helada por el miedo, tardó unos segundos en reaccionar, pero logró agacharse antes de que un segundo disparo volviera a resonar sobre ella, terminando con lo que quedaba del vidrio en la ventana.
-"¡Maldición!"-
Tenía que salir de ahí, la habían encontrado y no sabía cuantos más eran. El único punto a su favor había sido la sorpresa, y ahora lo había perdido. Era hora de salir huyendo.
Respiró hondo y se dirigió al otro lado de la habitación, deseando con todas sus fuerzas que Rheyn apareciera.
El muchacho soltó un largo suspiro cuando al fin reconoció el lugar y se detuvo.
–Hemos llegado –declaró.
Las tres chicas que lo seguían miraron hacia el horizonte. Más allá se alcanzaban a ver unas colinas bajas, tras las cuales comenzaba a apreciarse la claridad de un cielo próximo al amanecer.
Rheyn carraspeó suavemente para atraer su atención.
–Allá están –dijo señalando hacia el Norte, con su mano izquierda–. Irán en aquella dirección hasta que encuentren el río. No se perderán a menos que se adentren de más en las montañas, por eso será mejor que vayan al pie de ellas. Por lo que sé, habrá muchas cuevas después de algunos kilómetros. Hay grutas porque antes era una zona por la que pasaban muchos ríos, pero ahora están secos, al igual que este. El único que queda es el que las llevará seguras a la ciudad. Solo procuren mantener un ritmo constante que las lleve hasta él lo más pronto posible. Puede que llueva, pero lo mejor es no tentar al destino y llegar al agua antes de que se les agote. Ya les mencioné lo de cazar. Son roedores, pero si los cocinan seguro que no sabrán tan mal –la única que no hizo gestos fue Jewie–. Y, por lo que más quieran, cuídense mucho y no se separen. Süle y yo estaremos atentos a cualquier noticia, y en cuánto sepamos que han dejado de buscarlas, iremos por ustedes a la ciudad con un grupo. Creo que tenemos bengalas, así sabrán que somos nosotros.
–¿Qué son bengalas? –preguntó Jewie.
–Luces, luces que se disparan hacia el cielo. Verás como un destello de color subir silbando al cielo.
–Oh… nunca había visto una.
Rheyn sonrió.
–Cuando la veas, sabrás que al fin son libres –y luego de una pausa, agregó: –Así que… creo que es hora de despedirnos.
Jewie asintió, poniéndose triste de pronto.
–¿Irás con Süle, entonces? –quiso saber.
–Sí… por cualquier cosa. Ella es rápida y sabe cuidarse, pero no quiero dejarla a su suerte. Si todo va bien, iremos de vuelta al Refugio para ver que más se puede hacer.
–Dale las gracias de mi parte, y gracias a ti también. Oh, y a Naúh.
Rheyn rió.
–Por nada, Jewie. Esperaremos verte pronto, bueno, a todas.
Ann asintió.
–Gracias, Rheyn. No lo habríamos logrado sin ustedes.
Él le respondió con un solo asentimiento y una sonrisa.
–Hasta luego, chicas. Ahora vayan, no deben demorarse. Ya nos volveremos a ver.
Ellas volvieron a emprender la marcha, en dirección a las montañas que corrían hacia el Norte. El chico las siguió con la mirada y luego se dio la vuelta, para ir al encuentro de Naúh. Tenía un ligero presentimiento, algo en su interior le decía que Süle podía necesitarlo…
Ellas y él, cada uno por su parte, emprendieron un camino con la esperanza de encontrar un poco de paz en su destino final. Pero los caminos no siempre tienen un curso en línea recta, y muchas veces llevan hacia rumbos totalmente distintos a los planeados, para bien o para mal. Y para ellos, quizás habría más complicaciones de las esperadas, antes de encontrar lo que buscaban.
Capítulo VIII
// Traición
Naúh corría lo más rápido que sus miembros se lo permitían, estaba a punto de caer agotado ante el esfuerzo. Pero Rheyn continuaba pidiéndole más velocidad, tenía el presentimiento de que algo no marchaba bien desde hacía un par de horas.
«Sabía que esto era una locura».
Volvió a presionar al gran lobo que montaba, pero este le respondió con un gruñido bajo.
–Lo siento, amigo. Estoy preocupado por ella.
A lo lejos, dejó de ver las pequeñas linternas que buscaban a las chicas recién fugadas. El día clareaba detrás de él, con el nacimiento de un sol rojizo.
«Una locura» repitió para sí.
Sus manos comenzaron a transpirar un sudor frío, se sentía a punto de ponerse a temblar.
–Naúh… –suplicó angustiado.
La bestia hizo un último gran esfuerzo, hasta que logró alcanzar el pie de la meseta sobre la cual se encontraban los últimos edificios de la base abandonada. Se dejó caer con un sonido sordo en la tierra.
Rheyn bajó de él a toda prisa, pasó una mano por su cabeza y se dispuso a subir la pendiente, ayudándose solo de sus manos y pies. El ascenso se le dificultó, pero terminó por conseguirlo, resoplando en voz baja.
No tuvo que buscar demasiado, a unos 15 metros se vislumbraban 5 hombres con uniformes de un café tenue, uno de ellos se encontraba arrodillado frente a una figura más pequeña. Mientras se acercaba, deseó con todas sus fuerzas que no se tratara de ella.
Entonces se oyó el disparo.
2 horas antes
Era hora de salir huyendo.
Süle respiró hondo y se dirigió al otro lado de la habitación, deseando con todas sus fuerzas que Rheyn apareciera.
Se deslizó por un viejo tubo al lado de la construcción en la cual se encontraba. Tenía que salir de ahí lo más rápido posible, la habían descubierto y pronto darían con ella.
Una vez de vuelta a las calles de la base, se coló sigilosamente por una ventana rota del edificio contiguo. Un resto de vidrio le rozó uno de sus brazos, pero ella ignoró la herida y cruzó las habitaciones, ágil como un gato.
Al otro extremo, encontró la entrada derruida y salió. Dobló a su izquierda, siguiendo una calle con numerosos escombros, y sorteó varias puertas venidas abajo y restos humanos que bloqueaban el paso.
A su izquierda, el Sol comenzaba a emerger, se notaba en el tenue gris plomizo del horizonte. La oscuridad ya no la protegería, lo cual era otro punto más en contra… por si no fuera suficiente con su mala suerte.
Frente a ella, un peculiar edificio de techo redondeado y alto, le prometía refugio. Era grande, en comparación con las demás construcciones, y sus ventanas pequeñas y opacas no llegaban a filtrar luz en su interior. La chica saltó un gran poste que atravesaba la calle y se internó en las sombras que, supuso, la ocultarían por un tiempo.
Los buscadores estaban muy cerca de la ladera y si intentaba volver al Refugio bajo tierra, lo más seguro era que la vieran y siguieran. Y no pretendía guiarlos hasta la entrada de su hogar.
No había más remedio que ocultarse hasta que se marcharan.
«Maldición. Maldición».
Ella jamás había sido cobarde, y le molestaba no poder continuar con su propósito. Lo suyo no era ocultarse hasta que pasara el peligro, quería enfrentarse a él… a ellos. Los odiaba.
Una vez dentro, se pegó a la pared Este de la construcción, dejándose caer junto a una pila de cajas metálicas, jadeante y con numerosas gotas de sudor surcando su piel. Tal parecía que el edificio había cumplido su función como bodega mucho tiempo atrás.
Tras un momento, aguardando, decidió quitar una de las tapas metálicas, solo para ver si contenían algo de utilidad y distraer su mente por un rato.
Dentro encontró varios estuches negros, apilados y recubiertos por pequeñas bolitas blancas. Con cuidado tomó uno y lo abrió.
Clic. Una reluciente arma plateada destelló ante sus ojos, iluminándolos por un breve instante.
«Me pregunto por qué nunca revisaron del todo estas ruinas…»-
Las armas no les vendrían nada mal. La suya era un obsequio de su padre, después de que le enseñara a tirar y pasara horas practicando con balas caseras. Pero en general, escaseaban entre los habitantes del Refugio.
Acarició el metal con la delicadeza de quien ha hallado un tesoro. Embelesada, no se percató de los pasos que se acercaban cada vez más a la vieja bodega… hasta que fue demasiado tarde.
Percibió el sonido de una fina varilla rodar por el suelo. Una silueta se dibujaba en la entrada, contrastante con la tenue luz del nuevo día.
–La tengo –oyó decir a una voz masculina.
La chica se incorporó de un salto y tardó algunos instantes en tomar su propia arma y apuntar, con el corazón completamente acelerado y las sienes punzándole.
Dudó, pero al final, el miedo de sentir al buscador aproximándose, la obligó a disparar, apuntando al corazón… Hubo un breve murmullo, una maldición en voz baja. Acto seguido el hombre alzó la mano derecha y disparó también. Süle sintió la bala perforar su muslo e inevitablemente gritó de dolor, dejándose caer de rodillas y apretando con fuerza los dientes.
–¿Acaso creías que podrías escapar? –dijo el hombre, mientras se aproximaba dando grandes zancadas.
Una vez frente a ella, pateó su mano, la que aún sostenía el arma, y se la arrebató con la fuerza del golpe. Süle intentó alejarse a gatas, pero él le pasó la mano por la nuca y tiró de su cabello hacia atrás.
–Oh, lamento desilusionarte, pero de mí no te desharás tan fácil.
La sacó del edificio a empujones, mientras sostenía sus manos a su espalda. Uno de los buscadores, que continuaba inspeccionando la zona, se aproximó.
–Dos bajas –le indicó al sujeto que había capturado a Süle.
Éste asintió y luego zarandeó a la muchacha, para poner más énfasis en sus palabras.
–Si creías que me iba a compadecer de ti, ahora puedes irte haciendo a la idea de que esto te va a costar caro.
Sujetaron sus manos con unas esposas y la llevaron hacia el Este, cerca de la pendiente, donde se reunían tres hombres más. Süle notó que todos iban uniformados, el color de sus trajes asemejaba al de la tierra reseca de la cuenca.
Una vez ahí, el hombre la soltó con violencia, haciendo que se golpeara contra un muro metálico.
–Bueno, chica, comienza a hablar. Tal vez puedas ganarte una muerte más rápida.
–¿Hablar sobre qué? –soltó ella, casi como un insulto, mientras hacía un esfuerzo por reponerse del impacto.
–Por favor, ya debes saber que es lo que sucedió y a quiénes buscamos. Por algo estás aquí, intentando detenernos. Ustedes los rebeldes siempre meten las narices donde no deben.
–No sé a quién rayos buscan. Y yo meto mis narices donde quiero –espetó ella, con odio.
–Eso es más que obvio, pero apuesto a que nunca te detuviste a pensar en las consecuencias, ¿verdad? Lástima.
Süle rió sin ganas.
–¿Y usted sí? –preguntó con ironía.
–¿Qué podrías hacerme? Ni siquiera tienes buena puntería –comento señalándole el leve raspón que había dejado la bala en su brazo. Sólo le había rasgado la tela del uniforme.
–Claro, por eso asesiné a dos de sus hombres, ¿no?
–Lo cual te costará… ¿dónde están?
–¿Quiénes? ¿Sus hombres? Muertos, por supuesto.
–Tú sabes muy bien de quién hablo. Las chicas, ¿acaso están en tu escondite?
–¿Así que se le escaparon unas chicas? ¿A usted? –Süle fingió burlarse de él y contener una carcajada.
–Veo que eres algo… difícil. ¿Sabes? Lo que debería causarte gracia es el hecho de que tuvieras una estrategia tan pobre... y tan cobarde.
Süle torció los ojos.
–Hablando de estrategias pobres: lo mejor que se le ocurre es interrogarme, cuando no sé absolutamente nada.
–Oh, no te hagas la ignorante. ¿Para qué, si no, estarías aquí?
–Cazando cerdos –escupió, sin lograr controlarse.
El hombre, que parecía ser la cabeza de los buscadores, permaneció un instante contemplando la nada, con gesto serio. Luego se arrodilló frente a ella.
–¿Sabes qué sería prudente, niña? Dejar de actuar cómo si en cualquier momento te fuéramos a soltar. Mi paciencia no es infinita. O hablas de una buena vez o me veré obligado a deshacerme de ti.
–Bien, hágalo entonces. No sé para qué pierde el tiempo conmigo.
–Tienes razón –se levantó y apuntó el cañón de la pistola hacia el pecho de Süle–. No tiene caso perder el tiempo contigo.
Ella se limitó a retarlo con la mirada. No se desharía de ella tan fácil, sin obtener nada. No lo haría...
Entonces, se oyó el disparo, que resonó en las antiguas paredes metálicas.
–¡No!
Demasiado tarde, Rheyn se dio cuenta de lo que había hecho. Todas las miradas se posaron sobre él, todas, menos una. El hombre que amenazaba a Süle sonrió.
–Son tan predecibles –murmuró al tiempo que guardaba nuevamente el arma –. Átenlo –ordenó –tal vez entre los dos se ayuden para brindarnos una que otra información.
Süle contempló a Rheyn perpleja. El disparo había sido una farsa, un señuelo para atraparlo también a él. Aquel hombre ¿cómo había sabido que él…?
–Lo lamento –susurró el chico, moviendo apenas los labios, mientras le ataban las manos a la espalda y lo dejaban caer junto a ella.
–Sabes que eso fue muy estúpido ¿verdad? –murmuró ella, incapaz de impregnar en su voz el reproche suficiente.
–Sí, lo sé.
–Bueno, linda, parece que ahora si hablarás ¿no es así? –preguntó el hombre.
–Púdrase.
–Vaya fierecilla que nos fuimos a encontrar. En ese caso… –se volvió hacia Rheyn– tal vez tú seas más sensato que tu compañera. ¿O me equivoco?
–¿Qué es lo que quiere? –preguntó Rheyn molesto.
–A las chicas, por supuesto. Aquellas pequeñas fugitivas, estoy seguro de que las viste.
–Pero si será necio –replicó Süle –ninguno de los dos lo sabe. ¿Para qué pierde el tiempo? ¿No debería ocuparlo mejor en ir tras ellas?
El hombre se le quedó viendo con el fastidio dibujado en sus fuertes rasgos, luego se dirigió hacia uno de los soldados y le hizo una seña. Éste se aproximó tomando a Süle bruscamente del cabello y acercándola a otro para que le vendara la boca.
–Mucho mejor… ahora… ¿cuál es tu nombre?
–¿Importa? –respondió Rheyn.
–No, la verdad no. Así que… ¿también te negarás a responder?
–Ella le ha dicho la verdad. No sabemos a quienes buscan.
El hombre rió por lo bajo.
–Sí, claro. Veamos si esto te refresca un poco la memoria. –Sacó un pequeño cuchillo de su pantalón e hizo que soltaran a Süle nuevamente, frente a él. El filo rozó la mejilla de la chica.
–No se atreva...
El hombre no respondió, presionó con un poco más de fuerza y hundió el metal en la piel, haciendo una fina cortada. La sangre brotó enseguida del corte. Ella simplemente cerró los ojos y se quejó débilmente.
–Basta –habló Rheyn, alzando la voz –. No sabemos nada ¿de acuerdo? Por favor, déjela.
–¿Así que le tienes cariño? ¿A pesar de lo molesta que es?
Bajó el arma hasta la garganta de Süle y se volvió hacia Rheyn.
–¿Quieres más incentivos?
Rheyn tragó saliva. Presentía que aquel sujeto no titubearía ni un segundo en hacer daño a Süle. Sabía que ellos mentían. Aquel hombre era demasiado astuto.
–Por favor, no…
Él sonrió. Otro hilo de sangre comenzó a fluir, esta vez del cuello de la chica.
–No hay razón para tanta valentía. Ni siquiera las conocían del todo. ¿Por qué sacrificar sus vidas por ellas?
Rheyn hizo una mueca de indecisión, mirando a su amiga a los ojos. Ella meneó la cabeza ligeramente.
-"Por lo que más quieras, Rheyn, no lo hagas".
El muchacho permaneció unos minutos callado. El hombre esperó, sabía que acabaría cediendo. Rheyn tragó saliva con dificultad, indeciso.
No podía dejar morir a Süle. Por mucho que quisiera proteger a aquellas chicas, esto ya había llegado demasiado lejos. Aunque ella no estuviera de acuerdo, lo cierto era que necesitaba ponerla a salvo. No sólo porque la quería, sino que el futuro del pequeño refugio caía sobre sus hombros. Su padre la dejaría a cargo tarde o temprano, eso era seguro, Süle tenía la suficiente entereza e inteligencia para manejarlo. Por otro lado, le dolería en lo profundo traicionar la confianza que aquella chica le tenía.
Finalmente tomó una decisión.
Lo lamento, Süle" Pensó, antes de bajar la mirada y comenzar a hablar.
–Quiero proponerles un trato –dijo sin titubear, a pesar de que sentía la fuerte mirada de Süle sobre él.
El hombre sonrió.
–Así que no eres tan estúpido, después de todo.
–Les diré lo que sé… si la sueltan.
El hombre alzó una ceja.
–Mató a dos de nuestros hombres, creo que se requiere algo más que tu palabra para dejarla ir.
–Me tienen a mí ¿de acuerdo? A mí en lugar de a ella.
Süle comenzó a sacudirse, intentando incorporarse.
-"Demonios, Rheyn. No seas estúpido. No te atrevas a hacerlo… no por mí".
–Quieta, muchacha –murmuró el hombre mientras le recordaba el filo del cuchillo contra su garganta–. Muy bien, habla –dijo volviéndose a Rheyn.
–No. Suéltenla primero.
–¿No crees que te estás aprovechando?
–He dicho que la suelten. Ella no les sirve, de cualquier modo.
–¿Y que vaya a alertar a tus entrometidos amigos?
Rheyn alzó la vista, retándolo.
–A ellos no les interesa, por eso estamos los dos, solos.
-"Diablos… Rheyn… no sigas".
La sonrisa del hombre se ensanchó.
–Bien.
Tiró de Süle para que se incorporara y guardó el cuchillo en su funda.
–Saquen el Volador –dijo en voz baja, pero firme. –Las alcanzaremos antes de que lleguen demasiado lejos –agregó a modo de burla.
Sus muñecas quedaron libres mientras el vehículo volador comenzaba a elevarse. Rheyn ya estaba a bordo, sin despegar la vista de ella. La disculpa se leía en sus ojos. Pero haría falta más que eso para que ella llegara a perdonarlo.
¿Cómo había podido traicionarlas de esa forma? Traicionarla a ella.
–Muy bien, puedes irte. Espero que no extrañes demasiado a tu compañero.
La venda fue retirada de sus labios, pero no habló. Se incorporó lentamente, con el dolor punzando en la pierna y cada una de sus heridas recordándole lo que acababa de ocurrir, sin poder creerlo todavía. El sujeto que la había liberado subió al vehículo, mientras otro le apuntaba a ella con su arma.
–Antes que de que comiences a idear tu próximo rescate… –continuó el hombre, el líder– deberías saber que Rheyn solo cumplía con su palabra. Con un viejo acuerdo.
Ella y el muchacho lo miraron con los ojos muy abiertos. Él no le había dicho su nombre.
–¿O no, Rheyn? ¿Creías que te podías ir sin devolver el favor? Fuiste muy listo, chico. Lo admito, jamás pensamos que te desharías del trasmisor. Pero ya ves, cosas del destino.
Rió con su voz ronca mientras el Volador se elevaba, alejándose de la tierra cenicienta, en busca de tres chicas recién fugadas.
Süle permaneció inmóvil hasta que el vehículo desapareció por completo de su vista.
Entonces las piernas le flaquearon y se dejó caer sobre el suelo, elevando una nube de polvo y cenizas a su alrededor.
Todo su cuerpo comenzó a temblarle, de miedo, por su amigo; de frustración, por no haber podido hacer nada por evitarlo; de rabia y rencor hacia los monstruos que estaban detrás de todo aquello; y por el dolor que sentía... el dolor que la recorría al sentirse traicionada por una de las personas que ella más quería y en la que más confiaba. El dolor de sus heridas era lo que menos le preocupaba ahora.
Sin poder contenerlo por más tiempo, el llanto se abrió paso a través de su garganta y las lágrimas se desbordaron de sus ojos, veloces.
Y se quedó ahí… así, sintiéndose rota... con todos sus sueños hechos pedazos a sus pies: justicia, amor y unas tremendas ganas de cambiar al mundo... todo convertido en las cenizas sobre las que se encontraba.
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Los ojos se le cerraron apenas el aparato se elevó. Había una gran presión en su pecho... el peso de la culpa. Y sin embargo, no podía arrepentirse de nada, todo lo que había ocurrido hasta ese instante había sido inevitable o había estado fuera de su control. No podía haber pasado de otra manera.
Las chicas habían huido.
Él las había visto en los radares, creyéndolas alguien más.
Süle las había llevado al Refugio, y él la había ayudado para que huyeran. Jamás se habría negado.
Quizás si... si no hubiera permitido que Süle fuera sola a las ruinas...
No, de esa manera ya las hubieran atrapado, muy posiblemente.
Y si él la hubiera acompañado... no habría quien las guiara.
Todo había sido inevitable. Incluido el reencuentro con su pasado. Con ese terrible error que había cometido. Una doble traición. Y solo para salvar su pellejo... su patético pellejo...
La pantalla se encendió sobre él, después de que apagara la alarma. En contra de lo que esperaba, esta le devolvió un mensaje inusual y que, desde hace algunos meses, temía recibir. Necesitaba tiempo y acababa de perderlo... acababan de quitárselo.
El mensaje, en letras negras, le informaba sobre su próxima transferencia y lo citaba en un lugar cercano a las bodegas.
Cerró los ojos un momento, maldiciendo para sí, y presionó el botón blanco con brusquedad.
La compuerta lateral se abrió.
Aún le quedaba una hora para prepararse... pero en vez de hacerlo, quiso ir a buscarla... despedirse.
No sabía muy bien que más hacer. No lo había planeado como hubiera querido, y ahora el tiempo se le había agotado.
Las instrucciones que tenía eran: recopilar información sobre el lugar y hallar una manera de escapar para hacerla llegar al Refugio. La primera parte estaba hecha, pero no valdría de nada si no lograba completar la segunda.
Otro de sus compañeros, el mayor, ya había fracasado, se lo habían llevado, y al parecer él correría la misma suerte.
Aunque, por otro lado, no podía imaginar siquiera que alguien lograra escapar de ese maldito edificio.
La encontró charlando en la entrada del comedor, bastante animada. Él se acercó y soltó un débil carraspeo.
Las otras dos chicas lo miraron y casi en un movimiento idéntico, torcieron los ojos.
–Te vemos en la mesa –agregó una de ellas antes de dejarlos solos.
Ella le dedicó una gran sonrisa, aunque el chico no lucía de buen humor.
–Hola –saludó ella.
–Nira...
–¿Qué pasa? ¿Estás bien?
–Yo... lo siento... no, no estoy bien.
–Sólo dímelo. Sabes que, sea lo que sea, yo...
–Me van a transferir... hoy... en una hora.
La chica abrió la boca, para decir algo, pero las palabras no salieron. Se habían quedado junto con el nudo en su garganta.
–Rheyn... esto... esto significa que...
–Ya no hay nada que pueda hacer. Fracasé.
–No... no. Debe haber algo que...
–Prométeme una cosa, por favor.
–Lo que quieras, lo que sea.
–Ya te he contado todo sobre mí... y sabes lo que sucede. ¿Tú podrías hacerlo por mí?
–¿Hacer qué?
–Escapa. A la menor oportunidad que tengas, vete de aquí. Hay unas ruinas fuera, si te escondes ahí, los del Refugio te encontrarán y ayudarán. Tienen radares... sólo cuéntales todo.
–Pero... ¿cómo lo haré? Nadie ha huido de aquí, yo no... yo no me creo capaz de...
–Lo sé... lo sé y siento dejarte todo esto en tus hombros, pero... aun hay tiempo, para ti. Si tan sólo pudieras hallar la manera... quizá tú podrías... salvarlos... a ellos, a los demás.
–Rheyn...
–También quería despedirme. No sé a dónde iré, pero... si no nos volvemos a ver...
–No digas eso. Volveremos a vernos, lo sé.
–Ojalá eso fuera posible, pero tú... tú no permitas que... que se te acabe el tiempo. Quizá haya algo más de suerte para ti. Sólo has lo posible por huir ¿sí?
–Lo... lo voy a intentar.
–De acuerdo, gracias. Si necesitas cualquier cosa... ya conoces a mis otros compañeros. Ellos también estaban investigando, pero ahora no los sueltan de las terapias. Para cualquier cosa, puedes contar con ellos.
Nira asintió con la mirada baja.
–¿Qué pasa? –necesitó preguntar Rheyn.
–Es que... te voy a extrañar tanto...
–Lo sé... yo a ti también. Mucho.
Ella alzó su húmeda mirada hacia el chico.
–Rheyn, yo... quería... siempre quise...
–Shhh... –la interrumpió él, con suavidad, adivinando lo que vendría.
Se acercó un poco más a ella y tomándola de la barbilla le hizo ladear ligeramente la cabeza.
–No vale tanto si lo pones en palabras... –susurró y acto seguido, apoyó sus labios sobre los de Nira.
La chica suspiró y cerró los ojos, dejándose transportar por él, aunque solo fuese un instante, a algún lugar lejos de ahí... dónde todo era perfecto y ella feliz.
–Haré lo posible por volverte a ver –prometió él.
–Cuídate mucho, por favor.
–Lo haré. Tú has lo mismo, ¿de acuerdo?
Nira asintió, con los ojos hundidos en lágrimas.
–Vale... hasta entonces.
Ella no respondió, presa de otro sollozo. Rheyn le acarició la mejilla una última vez y dio media vuelta para alejarse e irse... a dónde quiera que el destino lo llevara.
Alguien lo tomó bruscamente del hombro y lo zarandeó con fuerza.
–Este no es un simple paseo, muchacho. Ya sabes lo que tienes que hacer ¿verdad?
–¿A qué se refiere?
–Afloja esa boquita de una buena vez. ¿A dónde han ido las chicas?
Rheyn torció el gesto, aún resistiéndose.
–No lo sé, han salido de la cuenca, yo las llevé. Pero no sé que camino decidieron tomar.
–Sí, claro... ¿y ni siquiera te pidieron un mísero consejo? Sabes que no estás en posición de hacernos perder el tiempo... no después de lo que hiciste la última vez. En esta ocasión, estoy seguro de que nos dirás toda la verdad...
Rheyn soltó aire pesadamente.
–Ya... bien. Igual darán con ellas, porque van a descubierto. Marcharon directo al Este, para alcanzar el río lo más pronto posible. Llevan mantas camufladas sobre los hombros, así que habría que ir lento y bajo para verlas.
El hombre lo miró con cautela, evaluando su expresión y tono de voz. Sabía cuando alguien mentía. Aunque con él llegaba a tener sus dudas...
–De acuerdo, ya oyeron todos. Hay que buscarlas bajo y lento. Aunque claro... no necesitamos verlas, ¿verdad? –rió con voz ronca –Y sí acaso resulta ser otro de tus jueguitos –amenazó al muchacho –es que la vez pasada no prestaste demasiada atención... ¿debería recordarte quién pagaría tu descarades?
Ahí lo esperaban tres hombres uniformados. Apenas lo vieron llegar, uno le dedicó una sonrisa torcida.
–¿El 98078? –preguntó.
Rheyn asintió con un solo cabeceo.
–Bien, bien. Uno que no se hace tanto del rogar. ¿Crees que sea necesario esposarte, chico?
Él se encogió de hombros.
–Ustedes son más... así que no veo porque pueda ser necesario.
El hombre soltó una sonora carcajada.
–Me caes bien, chico. ¿Cómo te llamas?
–¿Importa?
–No me hace mucha gracia llamarte por tus numeritos, pero si quieres…
–Bien, me llamo Rheyn.
–Perfecto, Rheyn. Nos espera un largo viaje… hacia una de las ciudades. ¿Sabes si alguien te espera ahí? –añadió al tiempo que le pasaba una mano sobre los hombros y lo hacía caminar hacia la entrada de una de las bodegas.
–¿Esperarme?
–Familiares, conocidos… ¿No vivías con alguien antes de… bueno, llegar aquí?
–Eh… con mi madre. Pero ella… ella no… no sé en qué ciudad pueda estar –mintió.
–¿De verdad? Bueno, podemos pedir que la busquen. ¿Cómo se llama?
–Yo…yo no…
El hombre sonrió, enigmático.
–¿Qué ocurre? ¿No recuerdas su nombre?
Rheyn decidió pensarlo bien, antes de soltar otra mentira. El hombre parecía saber algo por adelantado.
–En realidad… no es necesario que la busque, podría adaptarme bien estando solo.
–¿De verdad? Todos se mueren por encontrarse de nuevo con sus seres queridos… ¿Acaso sabes que los tuyos no estarán allí?
Rheyn se detuvo en seco, habían llegado a un enorme pasillo, y a su izquierda, estaba la inmensa puerta por dónde, hacia tres años, había llegado... y estaba abierta.
–¿Qué es lo que quiere que le diga? Parece dispuesto a hacerme decir algo… ¿Que no tengo familia? Pues bien, ahí lo tiene. Se murieron ¿sí?
El hombre desvió la mirada y suspiró. Rheyn aprovechó para sopesar sus posibilidades de huir, salir corriendo y esconderse entre las ruinas.
–De acuerdo. Pongámoslo de esta manera: no tienes que mentirme, Rheyn. Conozco la situación en la que estás, y por eso mismo pretendía que me lo confesaras, para así, poder proponerte un trato.
–¿De qué demonios está hablando?
–¿De qué más? Eres un espía... ¿o me equivoco? –añadió cuando Rheyn lo miró con absoluto horror.
Sus pensamientos acababan de quedar congelados en ese momento. Comenzó a sentir un intenso frío recorrerle la nuca.
–Yo… no… no sé de lo que habla.
–Oh, vamos. Entraste con 17 años encima, cuando a esa edad ya los envían también a las ciudades, en vez de traerlos aquí. ¿Te crees que somos tontos? ¿Que no nos dimos cuenta de la presencia de todas esas personas en las ruinas? Tú perteneces a un grupo que pretende conocer lo que ocurre aquí adentro, ¿crees que no lo sé? Nos subestimas, chico.
–Y ahora… ¿me van a obligar a decirles lo que sé?
–Por supuesto que no…por lo que veo es difícil hacerte hablar, así que no sabría qué es verdad y qué no –sonrió.
–Así que iré a una ciudad, de todas formas.
–Oh, no. ¿Para qué, si tu familia debe estar aquí? Bueno, ahí fuera… no muy lejos, ¿no es cierto?
Rheyn fingió mirar hacia otro lugar para que no leyera la respuesta en sus ojos.
–Entonces… no entiendo.
–Vamos a soltarte, Rheyn.
–¿Disculpe?
–No cambiaste, no nos sirves en una ciudad… y sólo causarías problemas, muy probablemente. Así que el trato es… te soltamos y tú cumples con tu misión de llevar información.
–¿A cambio de qué?
–Tienes que regresar. Tú les contarás algunos de nuestros secretos, ¿cuántos? No sé. Pero nosotros también queremos información acerca de ese lugar.
–¿Qué hay de lo que no puede confiar en mí?
–Oh, tenemos nuestros propios métodos. Tú tranquilo. Tú único objetivo es ir, y hacernos las cosas más fáciles cuando ocurra lo inevitable. Después volverás con nosotros, y tendrás una hermosa recompensa.
–¿Recompensa?
–¿Acaso no te gustaría… tener una vida más normal? ¿Sin huir?
–¿Solo? No, gracias.
El hombre rió, al parecer esperaba esa respuesta, pues cuando habló, lo hizo con deleite, haciendo que todo sonara demasiado tentador. Justo como lo haría el diablo.
–Obviamente no, muchacho. ¿Acaso no te gustaría salvarla también a ella? Es una linda muchacha. Podrías llevártela lejos… fuera de aquí, iniciar una vida tranquila con ella.
–Usted… ¿cómo…?
–Muy romántico lo del beso, desde luego. Una hermosa y trágica despedida. Pobrecilla, si se ha quedado llorando desconsolada porque te marchabas.
–¡Nos espían!
–Y tú a nosotros, ¿de qué te sorprendes? Tenemos que tener controlado lo que ocurre dentro, ¿no crees?
–Entonces ya deben saberlo todo…
–No. Tenemos cámaras, pero cuando hablan tan juntitos y en voz baja, es difícil saber lo que dicen. No te angusties –guiñó un ojo. Luego de una pausa, agregó: –Así que… ¿qué dices, Rheyn? ¿Te agrada el trato? Me estoy portando bastante generoso.
–Sólo… ¿sólo debo ir al Refugio e informar? ¿es todo?
–¿El Refugio? Que originales –se burló–. Pero sí, sólo eso. Actúa normal…aunque, si quisieras, podrías facilitarnos el trabajo. Ya sabes, dejar algunas pistas, una que otra puerta abierta… tienen puertas, ¿verdad?
–Sí, las hay.
–Muy bien. ¿Eso es un sí?
–Desde luego –suspiró.
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La encontró hecha un ovillo sobre el suelo ceniciento, acariciándose una y otra vez uno de sus brazos desnudos. Sus ojos permanecían cerrados y sus mejillas estaban manchadas de gris, con los múltiples caminos, que las lágrimas habían dejado a su paso, marcados.
–¡Oh, maldita sea! ¡Süle! –exclamó al tiempo que corría a su encuentro y se arrodillaba frente a ella. Le pasó una mano por el rostro para despertarla.
La chica apenas abrió los ojos.
–Elion…
–¿Qué ocurrió? ¿Dónde está Rheyn? ¿Te hicieron daño?
–Demasiadas preguntas… –murmuró ella, como despertando de un sueño.
–¿Te encuentras bien?
–¿Bien?... no, no lo creo… él… él se fue… y yo…yo… maté a dos. Se entregó por mí –las lágrimas volvieron a empapar sus ojos grisáceos.
Elion frunció el ceño. Süle no hacía más que decir cosas sin sentido, y parecía estar a la deriva dentro de su propia mente.
–Ven, pequeña. Te llevaré dentro, será mejor que Ima te revise. ¿Rheyn se quedó con las chicas?
–Ima… ella me curará… pero no… no adentro. Duele –sollozó– ¿por qué duele tanto, Elion?
–Süle, cariño. ¿Dónde está Rheyn?
–Te lo he dicho, se fue. Se entregó por mí… es un maldito traidor –el llanto se incrementó una vez más –¡y yo lo amo tanto! ¿Por qué? Maldita sea… ¿por qué se entregó?
Elion tomó el cuerpo de la chica entre sus brazos, y acomodó su rostro contra su pecho. Su tacto era frío, y sus labios lucían ligeramente pálidos. Entonces se percató de la sangre en el piso.
–Süle, ¿estás herida? ¿De quién es la sangre?
–Oh, debe ser mía… Ese sujeto me dio en la pierna… pero yo maté a dos.
–¿Mataste a dos?
–Dos buscadores. Luego me atraparon. Y Rheyn fue un tonto al querer salvarme… es un tonto… –fue entonces cuando la chica perdió el sentido, y se quedó dormida en brazos de Elion.
Éste la sostuvo con firmeza y emprendió el regreso hacia el Refugio bajo tierra. Quizá se le dificultaría un poco el descenso de la pendiente, pero tenía que llevarla pronto, no había tiempo de ir por ayuda.
Al parecer había perdido ya mucha sangre y estaba débil. ¿Y Rheyn se había entregado? ¿Eso podía ser cierto?
Tendría que esperar a que la chica estuviera recuperada y lúcida. Jamás la había visto así, y algo en su interior se removía al verla tan débil e indefensa.
-"Se pondrá bien" tuvo que decirse, para calmar la angustia que lo iba invadiendo.
Y desde luego, le esperaba una larga charla con Lirt.
–¿No piensas avisar a su padre?
–Ahora no, Ima... ¿te das cuenta de que querrá lincharme por apoyarla en esto? Y más aún sabiendo como resultó. Necesito que Süle me diga primero lo que pasó o no sabré responderle a nada.
–Está muy débil, necesitará bastante tiempo de reposo. Y alguien debió verte llegar con la muchacha en brazos, él no tardará en enterarse, de cualquier modo.
–Eso me temo... Y me preocupa Rheyn... Süle dijo algo sobre que se entregó, pero... no lo sé, parecía delirar.
La joven rubia lo miró con seriedad.
–Esto fue muy lejos...
–No podíamos dejar a esas chicas a su suerte.
–No. Me refería a la actitud de los de aquí. Debimos haberlas apoyado entre todos, no sólo darles la negativa y a ver que sucedía luego. Pobres muchachas, apenas si sabían lo que ocurría y ya deben intentar sobrevivir en un lugar que desconocen.
–Lo sé... y si es cierto lo de Rheyn, y lo obligan a hablar, lo tendrán aún más difícil.
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Al cabo de unas pocas horas, se dieron por vencidos, dándose cuenta de la verdad, e inmediatamente todas los ojos se posaron sobre el chico, que miraba distraídamente al horizonte, perdido en sus pensamientos.
El líder de los buscadores carraspeó de manera forzada, al ponerse al lado del muchacho.
–Rheyn... me temo que tenemos un pequeño problema con tu información.
–¿Uh? ¿Por qué? No pueden decirme que no están...
–Basta de bromas. Si lo que pretendes es darles tiempo, no les servirá de mucho. Tú acabarás por decirnos la verdad y nosotros por encontrarlas.
–Bien, pero antes déjeme preguntarle una cosa ¿Para qué se toman tantas molestias? No son más que tres niñas... ustedes tienen muchísimos más encerrados en el edificio.
El hombre sonrió sin ganas.
–En realidad, no me interesa para qué las quieran. Pero tengo órdenes estrictas de llevarlas de vuelta, ¿entiendes? Al menos, a una de ellas en especial.
Jewie, se dijo Rheyn, seguramente sería ella.
–Ya veo...
–Ahora, permíteme que te aclare la situación, Rheyn. Tú ya no estás ni en posición de negociar ni de ponerte difícil. De una u otra forma acabarás encerrado. Lo único que está en juego aquí es tu querida amiga. ¿La recuerdas? La chica a la que abandonaste a su suerte... oh, veo que no la has olvidado. Ella hace un tiempo que ya no está en donde tú la dejaste. La transfirieron a uno de los centros del Norte, y cómo es más necia que tú, la han tenido encerrada... no querrás que algo malo le suceda ¿verdad?
–Váyase al demonio.
–¿Eso es un no? Porque, según recuerdo, tuviste la posibilidad de darle una vida feliz y lo echaste todo a perder. Lástima.
–Si... si les digo lo que sé... ¿qué obtendré a cambio? No veo la diferencia entre ayudarlos o no.
–En primer lugar, evitarás que le suceda algo. ¿O es que eso no es suficiente? Porque al parecer funcionó con aquella chica tan molesta. No me digas que cambiaste de novia tan pronto.
–Si quiere a esas chicas, necesito algo mejor que amenazas.
–Oh, pero claro. Eres un chico al que hay que llegarle al precio ¿no?... ¿que tal si volvemos a poner en pie nuestro viejo acuerdo?
Rheyn tardó algunos momentos en responder. Sabía que estaba mal, pero tantos años esperando a Nira para que... ahora, le dijeran lo que le había ocurrido por su culpa. No podía volver a abandonarla.
–Bien... acepto.
–Estupendo. Pero esta vez, sin nada de traiciones, por favor.
Cuando terminó de hablar y contarles sobre aquello que había descubierto, sintió una enorme presión en el pecho, el peso de la culpa. Estaba a punto de traicionarlos... traicionarlos a todos, incluso a su madre.
¿Cómo podía haber llegado a eso?
Todo había sido por el miedo a fracasar, el miedo a que se lo llevaran.
Miró sus rostros y supo que si no hacía algo por enmendar su error, terminaría por arrasar y destrozar todos los esfuerzos de aquellas personas para hacer que las cosas cambiaran. Para salvar a los chicos del Centro.
Quizás si... si decía la verdad...
No. Imposible. Nadie se lo perdonaría.
Pero debía haber algo que pudiera hacer... Tal vez, voltear la jugada... tal vez... pero, entonces ella...
No sabía qué decisión tomar, tenía miedo. De lo único que estaba seguro era que, al final del día, tendría que traicionar a alguien... debería elegir entre sus sueños de hacer el bien y sus sueños de ser feliz con la persona a la que él amaba.
La traición era inevitable...
Capítulo IX
// Rastreadores
–Está amaneciendo –murmuró, sin despegar la vista del rojo horizonte.
Había un castillo hecho de nubes en la lejanía, al Este, tras el cual se notaba un brillo rojizo, intenso, que salpicaba al castillo de tonos naranjas, rojos y rosas. El viento hacía que se moviera lentamente, avanzando poco a poco, navegando en el cielo…
–Vamos, Jewie, no te detengas –la apremió Ann.
–Es que... hacia tanto que no... –suspiró. –A mi papá y a mí nos gustaba mirar cielos como este... tan rojos –murmuró como para sí misma, viéndose transportada a un lejano pasado, a un pasado que ya no estaba tan segura de que existiera, quizás lo había soñado.
–Jew –Ann regresó a su lado y colocó una mano en su hombro. –No tenemos mucho tiempo.
–Lo siento, es que… es el primero que veo así desde... desde que llegamos al Internado –explicó, sintiendo un repentino nudo en la garganta. Recordar que casi la mitad de su vida la había pasado en el Internado la hacía sentir triste y confusa.
–Está bien, estoy segura de que podremos ver muchos más en lo que dure el viaje –intentó animarla Ann.
Jewie sonrió, a su pesar.
–Claro... Ahora que somos libres ¿cierto? –recordó. Era bonito poder decirlo, repetirlo, saborear la libertad mediante palabras.
Ann no respondió, simplemente le devolvió la sonrisa y tiró de su mano para que volviera a caminar.
Nadhel ya iba por delante de ellas, cargando con una de las mochilas y con la mirada fija en el suelo, como si las piedras, que rodaban frente a ella al patearlas, concentraran toda su atención.
Desde que se habían despedido de Rheyn no hacia más que darle vueltas a todo lo que había pasado, como si no fuera real y no acabara de asimilarlo completamente.
¿De verdad estaban huyendo? ¿Las estaban siguiendo? ¿Tendrían que ocultarse durante un tiempo indeterminado?... ¿Había dejado que Leo se quedara?...
Leo. Otra vez Leo, por enésima vez en ese día, y eso que apenas comenzaba. Todos sus pensamientos siempre llevaban a él, como si fuera el ojo de un huracán... su sitio seguro en medio de la tempestad, en medio de todas sus preocupaciones. Cada uno de sus pensamientos terminaba por convertirse en él, su imagen, su recuerdo, su centro del huracán...
Se dio cuenta hasta que una gota impactó en el terreno que pisaba y formaba una diminuta bolita de lodo. Miró hacia arriba y percibió como un velo líquido le impedía ver con claridad. Estaba llorando.
–¿Qué pasa, Nad? –oyó preguntar a Jewie.
Se llevó rápidamente la mano al rostro y limpió ambos ojos en dos movimientos con la muñeca, no era buen momento para llorar, no ahora.
–Nada –respondió, procurando hablar con la voz más normal posible. Fracasó cuando le salió cortada.
–¿Segura? ¿No estabas... ?
–Estoy bien, en serio... sólo... aún me duele un poco el brazo –dijo, y descubrió que era verdad.
Jewie parpadeó, sopesando si debía insistir o no. Era obvio que esa no era la principal razón.
–Oh, bueno... seguro que luego se te quitará. Yo siempre me lastimaba cuando era chica y se me pasaba a los pocos días, pero mi mamá... –comenzó a decir, intuyendo que desviar el tema ayudaría a su amiga.
Nadhel, después de asegurarse de que ya no se le escapaban más lágrimas, se volvió para sonreírle, agradecida.
Ann, en cambio, le escrutó el rostro, preocupada, pero no dijo nada. Al igual que Jewie, sabía que la preocupación de Nadhel recaía en otra cosa… en otra persona. Casi podía leerle la mente, pues no era la primera vez que le veía aquella expresión, entre soñadora y triste, melancólica. Ella también lo extrañaba, no podía negarlo, mucho menos reprochárselo, pero si Nadhel continuaba pensando en él… podía llegar a recordar que la pérdida era mucho más grande de lo que creía.
No, no le convenía que lo hiciera, y aunque Jewie ya estaba inmersa en su propio monólogo, relatando vivencias de su infancia, Nad parecía otra vez sumergida en sus pensamientos.
–Nad –interrumpió. –¿Segura que tu brazo está bien? ¿Has revisado que esté curándose? –improvisó, para sacarla de su ensimismamiento.
–No, yo… no me he quitado la venda desde que salimos. ¿Crees que debería?
–Hay que echarle un vistazo –decidió su amiga.
Ann desató la venda con delicadeza, cuidando de no hacerle daño con los roces de sus dedos. La cortada lucía de un rojo claro, con una diminuta costra formándose apenas bajo los tres pequeños triángulos de tela adhesiva.
–Pues, no se ve tan mal –comentó.
Jewie se acercó a ellas, queriendo mirar.
–No fue tan grande, ¿verdad? Pensaba que había sido más grave.
–No, por suerte –murmuró Nadhel. –También me dieron unas pastillas, según la doctora para que no volviera a infectarse. Recuérdenme tomarlas por la tarde, más o menos a la hora que me llevaron a la enfermería.
–No recuerdo exactamente cuando fue, pero cuando esté por ocultarse el Sol te avisaré –le sonrió Ann. Luego comenzó a vendarla de nuevo.
Todavía no era mediodía cuando tuvieron que quitarse las gruesas playeras grises debido al sofocante calor. Sus frentes estaban llenas de gotitas de sudor y Ann sugirió usar la playera por encima de la cabeza para tratar de amortiguar los fuertes rayos que caían sobre ellas. Anduvieron en camiseta un par de horas más, hasta que el cansancio y el calor las venció y decidieron esperar a que el Sol comenzara a descender.
Jewie se ofreció para buscar una sombra entre las rocas al pie de la cordillera que corría junto a ellas, mientras Ann y Nadhel revisaban e intentaban racionar el agua de las cantimploras que Süle les había dado. Eran grandes, una por cabeza, pero Ann dudó que les alcanzara el agua hasta que llegaran al río. Habría que descubrir alguna forma de obtenerla, pero dadas las condiciones del terreno, lleno de tierra reseca y matorrales espinosos, sería una tarea difícil.
Jewie volvió tras varios minutos, con una sonrisita de suficiencia. Sus mejillas estaban coloreadas, lo que le daba un aspecto encantador.
–Buenas noticias. Encontré una cueva grande, que está un poco en declive, pero es muy fresca y profunda. Hay más… esto está plagado de cuevas, pero esa es más agradable, el calor no está encerrado –comentó mientras las guiaba sobre sus pasos.
Tal como ella había prometido, dentro de la gran cueva, a la cual podían acceder de pie, se sentía una frescura peculiar, como si un frío repentino manara desde su interior.
Ann sacó las mantas de las bolsas y las extendió sobre el suelo rocoso. Se tumbó sobre ellas y extendió los brazos.
–Estoy agotada –murmuró con los ojos cerrados. Percibió que sus amigas se unían a ella, recostándose sobre las mantas y disfrutando del tan deseado descanso. A los pocos minutos, todas se sumieron en un profundo sueño, lleno de antiguos fantasmas.
–¿Esperas a alguien?
–Sí... a mi amigo.
Ella tomó asiento a su lado, sobre el suelo de metal.
–¿Cómo se llama?
–¿Él?... Leo –suspiró.
–Me gusta ese nombre. ¿Sabes? Tenía un tío que se llamaba igual, era muy divertido. Me gustaba cuando nos visitaba a mí y a mi padre –sonrió, mientras los recuerdos pasaban uno a uno en su cabeza.
–¿Tú también esperas a alguien? –preguntó la otra chica.
–Sí... a mi amiga –rió.
La otra niña le devolvió la sonrisa.
–¿Y ella cómo se llama?
–Jewie. Está loquita, pero es divertido pasar el tiempo con ella.
–¿Jewie? –repitió, frunciendo los labios.
–No es su verdadero nombre. Me contó que así le decían de cariño sus padres, siempre. Por eso es del único nombre que se acuerda, no sabe cuál es el completo.
–Oh.
–Por cierto, ¿tú cómo te llamas?
–Nadhel –respondió sonrojándose ligeramente.
–¿Es tú verdadero nombre? –bromeó.
–Sí... puedes decirme Nad.
Ella le tomó la mano y la agitó suavemente.
–Encantada, Nad. Yo me llamo Ann.
Nadhel le sonrió. Parecía una chica agradable, aunque tímida.
–¿Siempre esperas a Leo? –preguntó tras varios minutos.
–Sí, no tengo nada más que hacer. Es igual esperarlo aquí que en cualquier otro lugar.
–Ya veo. Yo prefiero esperar a Jew en el gimnasio, al menos me entretengo con algo. Ya cuando ha pasado un tiempo vengo aquí. Saliendo, casi siempre quiere ir directo a comer –rió al imaginar a su amiga devorando la horrible masa que solían darles.
–¿Le está yendo bien? –preguntó Nadhel.
–Sí, bueno, más o menos. A veces queda muy débil y dice que le duele todo. Ojalá se mejore...
La puerta blanca se abrió, haciendo que Ann se interrumpiera. De ella salieron dos chicos y una chica. Todos pasaron de largo. En algunos los cambios eran evidentes, la mayoría de las veces recordando a rasgos animales.
–Es horrible que haya pasado todo esto, ¿no? –murmuró, haciendo que Nad apartara la vista de la enorme puerta.
–Sí –suspiró. –Al principio, cuando Leo comenzó a cambiar, me asusté mucho. No se lo dije, pero me costaba mirarlo sin sentir... no sé, tristeza. Él también parecía muy triste, así que hice como si no importara, para hacer que lo olvidara por momentos.
–Debe ser difícil para ellos. Jewie al principio se puso muy mal, estaba tan asustada... Ahora se lo toma medio en broma, y dice que ya comienza a oír mejor que yo.
–Quizás deberíamos presentarlos algún día –sugirió Nadhel. –Para que se apoyen entre ellos, Jewie seguro lo haría reír a él también.
–Es buena idea.
La puerta volvió a abrirse, esta vez dejando ver a una chica y a un chico. La primera se fue sin mirarlas, él iba más lento.
A Ann le pareció atractivo, de cabello rubio oscuro y mirada dulce, alto y desgarbado. Si tan solo no... no tuviera aquellos cambios deformando su nariz y boca.
–Es él –susurró Nadhel.
Ann dio un pequeño respingo.
–Oh, bueno. Nos veremos luego –se despidió a toda prisa.
Nadhel se levantó y le dedicó una última sonrisa.
–Hasta luego –dijo y fue a abrazar al chico que la esperaba de pie. Él correspondió a su abrazo y le dio un beso en la frente. Se tomaron de la mano y se fueron.
Ann suspiró.
-"No seas tonta, seguro que a él le gusta ella".
Luego, para ahuyentar aquellos pensamientos, murmuró:
–Maldita sea, Jewie. ¿Dónde estás?
El ruido, parecido a un gemido, la despertó. Se removió entre las mantas para quitarse la pesadez del sueño. ¿Qué era eso? El sonido volvió, junto con un pequeño temblor en su cuerpo. Se incorporó y entonces supo lo que era: su estómago. Estaba hambrienta, y su cuerpo protestaba. Decidió echar un vistazo al exterior antes de despertar a sus amigas y sugerirles que abrieran otra lata de comida.
El cielo estaba ligeramente teñido de rosa tras las montañas. Ya no tardaba en atardecer. Había pequeños jirones de nubes recorriendo el Este, pero no parecían indicar que lloviera pronto. Entonces recordó también que Nadhel debería tomarse la pastilla.
Entró y sacudió a Jewie por el hombro. La chica lanzó un gran bostezo y se frotó los ojos con sus pequeños puños. La escena era muy tierna, pero Ann en vez de enternecerse le ordenó que despertara a Nadhel, mientras ella hurgaba en una de las mochilas buscando el abridor de latas.
Su amiga aún dormida tardó algunos minutos más en despertarse por completo, apenas intentaba abrir los ojos se le volvían a cerrar. Jewie la ayudó dándole a beber agua y ella aprovechó para tomarse también el medicamento. Sintió nuevamente como la pastilla raspaba su garganta e hizo un gesto de dolor.
–¿Todo bien? –le preguntó Ann.
Ella asintió y volvió a dar un pequeño traguito a la cantimplora. Tenía mucha más sed, pero Ann le había aconsejado tomar lo menos posible, para procurar que les alcanzara aunque fuera unos dos o tres días. No sabían que tan lejos estaba el río.
Comieron en silencio, compartiendo una sola lata de alimento. Tenía sabor a carne, como la que habían probado en el Refugio, pero también parecía haber trocitos de verduras en él.
Ann las apremió una vez que terminaron de comer, y guardaron las mantas y utensilios en las mochilas a toda prisa.
–Debemos aprovechar las últimas horas de luz que nos quedan, quizás dormimos más de la cuenta –dijo en voz alta, aunque no se dirigía a nadie en concreto.
Tras varias horas de camino notaron que el terreno se volvía más agreste, con numerosas salientes rocosas, tierra arenosa, y menos vegetación. La caminata ya no era tan tranquila como en el inicio del día, ahora debían subir y bajar por formaciones rocosas y rodear obstáculos. Además, el Sol se marchaba, y el viento les golpeaba la cara con un roce frío. Se pusieron nuevamente las gruesas playeras grises e incluso Nadhel tomó una de las mantas para envolverse en ella. Cuando ya sólo quedaba el tenue rastro rojizo del fin del día, la temperatura pareció descender en picado.
Entonces Jewie dio un pequeño brinquito y señaló una roca.
–Ahí están –exclamó.
Sus amigas miraron en la dirección que les indicaba, y se encontraron con tres pares de ojillos amarillos que las miraban desde las sombras. Una de las criaturas huyó y las otras la siguieron.
–¿Qué son? –preguntó Nadhel, quitándose un mechón de cabello de la cara que el aire había puesto frente a ella.
–Supongo que los roedores que Rheyn mencionó –opinó Ann.
–Son lindos –dijo Jewie y avanzó unos pasos más con cautela, en un intento de volver a localizarlos.
–No te encariñes, Jew… si la comida no nos alcanza… –Ann dejó la frase al aire, dando a entender lo obvio.
–Ya sé… habrá que cazarlos –completó la chica rubia. –Aunque… viendo como corren será muy difícil, ¿no creen?
Ann le sonrió y volvió a recordarles que debían apresurarse, poner la máxima distancia entre ellas y los buscadores.
-"Ojalá Süle haya podido detenerlos" pensó. Pero no era tan ingenua como para depositar todas sus esperanzas en la chica y su arma. Si algo salía mal… Tenía que asegurarse de que no dieran tan fácil con ellas. No cuando habían llegado tan lejos.
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–¿Nada?
El hombre encargado de los radares negó con la cabeza.
–Maldita sea –escupió, frustrado.
–¿Seguro que el chico no nos ha engañado de nuevo? –preguntó otro de los hombres, buscando una explicación razonable.
–No. Él nos ha dicho toda la verdad, tan estúpido no es –dijo, con una nota de odio en su voz, volviéndose para mirar al muchacho que yacía hecho un ovillo en el fondo del vehículo volador.
Rheyn lo oyó, pero prefirió no sostenerle la mirada. Pasó nuevamente la lengua por su labio roto y cerró los ojos que le escocían. Los tenía rojos e hinchados. Se avergonzaba de haber llorado.
Soy tan débil... tan patético" se reprochó.
Después de aceptar el trato, había intentado engañar a los buscadores una vez más, sin resultado. El que parecía ser el líder se dio cuenta cuando dudó entre una frase y otra, y había pasado de las amenazas contra Nira, a las amenazas contra él, y finalmente, dejó el maltrato psicológico para pasar al físico.
Golpe tras golpe, el dolor había acabado por romper su fuerza de voluntad y les había dicho la mayor parte de lo que querían saber.
Ahora conocían la ruta que seguían las tres chicas, las instrucciones que él les había dado y los suministros con los que contaban. No se les había ocurrido preguntar el destino específico, confiando en que las encontrarían pronto.
Abrió los ojos y vio que estaba por anochecer. Al menos había hecho lo posible por retrasarlos.
Pero eso no los detendría. Contaban con luces y radares para guiarse en la oscuridad. Una vez que las detectaran, poco podrían hacer para huir. Y todo habría sido en vano.
-"Todo se irá al carajo, malditos sean".
No podía describir lo mal que se sentía por ser tan cobarde, por traicionar a cada una de las personas que conocía, por ser tan débil de voluntad. Y los golpes que aún le palpitaban sólo servían para empeorarlo todo.
Volvió a encogerse sobre sí mismo, ésta vez a causa del intenso frío que ya se apoderaba de él y le entumecía las extremidades.
Entonces pensó en Süle, la mejor amiga que había tenido y a la que más daño había hecho, probablemente. Había dejado que la hirieran y se había enterado de lo bajo que él había caído. No sabía si volvería a verla, pero si lo hiciera, haría lo posible por recuperarla, recuperar la confianza que él había pisoteado.
-"Soy tan estúpido…".
El vaivén del vehículo acabó por adormecerlo. Afuera ya era noche cerrada y la anterior no había dormido en absoluto a causa de la huida de las chicas. Se dejó caer totalmente sobre el frío piso y se acomodó lo mejor que pudo para dormir aunque fuera unas pocas horas. Los buscadores tenían la información y él no podía hacer más que desear lo imposible: que no atraparan a las tres chicas fugitivas, merecían aunque fuera una posibilidad… solo una.
Fue un grito de parte del hombre de los radares el que lo despertó. Entre la inconsciencia del sueño no supo si había oído bien o también lo había soñado: acababan de detectar tres puntos a unos cincuenta metros. Se frotó un ojo y, no sin cierto esfuerzo, se incorporó un poco.
El líder ya iba hacia la cabina, con sus pesadas botas pisando el suelo con exagerada fuerza. Aquellas botas que horas atrás habían golpeado a Rheyn en el estómago hasta hacerlo hablar. Hizo una mueca ante el recuerdo, demasiado reciente.
–¿Son ellas? –preguntó cuando hubo llegado.
–No podemos confirmarlo aún, pero al parecer sí, son ellas. Véalo por usted mismo: tres cuerpos luminosos al Norte. No se mueven, pero podrían estar durmiendo.
–Muy bien. Mantengan el rumbo hasta allí. Estaremos sobre ellas antes de que sepan lo que sucede –sonrió.
Rheyn pasó saliva con dificultad. Algunas cosas era imposible evitarlas, por más que se deseara.
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–Ann, prométeme algo – susurró de pronto el hombre, con el corazón latiéndole con fuerza. Hablaba de prisa, agitado y nervioso. Sus ojos no la miraban a ella, sino a los finos haces de luz que se colaban desde el techo. A lo lejos se oía un aislado golpeteó, una gota cayendo una y otra vez, provocando un fuerte eco en la penumbra.
Buscó sus ojos, oscuros como los de ella. Su padre le devolvió la mirada y Ann pudo leer en ellos su miedo, el miedo a perderla. Él continuó hablándole entre susurros.
–Quizá no… no te parezca tan importante ahora, pero prométeme una cosa. No olvides nunca lo que eres, no dejes que nadie te cambie, ni dejes que te obliguen a hacer lo que no quieres… tú eres libre y, si así lo quieres, te mantendrás en libertad aún tras unos barrotes. No permitas que te hieran –terminó. Volvía a mirar hacia la nada.
Ella, a sus 7 años, no comprendió el significado de lo que él le decía. ¿Acaso no siempre estarían juntos y él la cuidaría?
–Ann… te quiero… te quiero demasiado, pero hay cosas que probablemente cambien, y es posible que esto afecte el rumbo de nuestros caminos.
No, no podía estar despidiéndose de ella. Él era todo lo que tenía. Su única familia, su único amigo, el único apoyo que le quedaba. No podría vivir sin él.
–Papá… ¿por qué… por qué dices eso?, yo no quiero separarme de ti… tengo mucho miedo.
–No, pequeña, tranquila. Lo que viene será duro, pero yo sé que eres fuerte, eres de las personitas más valientes que conozco, ¿no es así? –le tocó con cariño la nariz y forzó una pequeña sonrisa, pero desapareció casi al instante. –Sé que saldrás adelante, con o sin mí.
–No quiero que te vayas. No me dejes, por favor –suplicó la niña, abrazándose a él y con los ojos llenos de lágrimas.
–No te voy a dejar, sería de las últimas cosas que quisiera hacer… pero no estoy seguro de qué es lo que va a pasar y…
El sonido del metal deslizándose lo interrumpió. Ambos se quedaron en silencio, aguardando en la oscuridad. Ella aferró su mano con fuerza y él la atrajo hacia sí, como si sus brazos pudieran alejarla de lo que estaba por ocurrir.
La alcantarilla fue abierta completamente y una intensa luz bañó sus rostros, cegándolos.
Para Ann todo se volvió blanco, de un blanco que dañaba los ojos y luego… oscuridad.
No sabía si él estaba con ella pero aún así susurró: "Sí, te lo prometo".
–Te lo prometo, papá… lo prometo.
–¿Ann?
Ann despertó en una oscuridad infinita, envuelta en una manta que de pronto le pareció demasiado delgada, sus pies y manos estaban helados y ella tiritando de frío. Alcanzaba a oír al viento romper en las cumbres de las montañas, con fuerza, como si las quisiera derrumbar.
–¿Dónde estoy? –preguntó confusa, pasándose una mano por los ojos, pero fue inútil tratar de despejar su vista, porque siguió sin conseguir ver nada.
–Ann ¿te encuentras bien?
–¿Jewie? –reconoció de pronto la voz de su amiga. Estaba cerca de ella, a su lado, pero la oscuridad era impenetrable.
–Sí… ¿estabas soñando?
–No… no lo sé –se quedó un momento pensando, pero no recordaba nada.
–Estabas hablando dormida, y llamaste a tu papá.
El recuerdo de su infancia volvió a ocupar su mente como una bofetada y se le encogió el corazón. Hacia años que el rostro de su padre se había perdido en su memoria; y ahora su inconsciente lo traía de vuelta, con total nitidez.
–Fue tan… real –murmuró, para sí misma.
–¿Qué cosa? –Jewie sentía curiosidad. Jamás había visto a Ann tan alarmada, tan… vulnerable.
Pero ella no tenía ganas de compartir sus recuerdos, aquellos tristes recuerdos que hacían que volviera a sentirse totalmente indefensa, prefería guardarse los detalles de aquella trágica despedida sólo para ella.
–Ehh… nada, no importa, solo ha sido un sueño –zanjó con brusquedad y volvió a recostarse y fingir que dormía. Pero sus ojos permanecieron abiertos un rato más. El corazón no paraba de latirle en los oídos. Su padre le había pedido que fuera libre, que no se dejara herir, y eso era exactamente lo que había hecho. El pensamiento la tranquilizó y a los pocos minutos el cansancio volvió a hacerla a dormir.
Jewie se sintió decepcionada al oír la respuesta, pero no insistió, conocía a Ann y sabía que era difícil que hablara sobre sus sentimientos. Continuamente se daba cuenta que, en realidad, su amiga estaba alejada del mundo, no de la manera en que Nadhel lo hacía, pero era como si hubiese levantado un muro de piedra alrededor de ella, y solía refugiarse tras él cada que algo tocaba su corazón, fuera bueno o malo.
Decidió dejarla descansar un poco más, el primer día había resultado agotador. Sin embargo Jewie aún no lograba conciliar el sueño, después de haber descansado al mediodía. Salió de la cueva en la que se encontraban y deleitó su vista con el cielo nocturno, salpicado de estrellas y con una tímida luna menguante refugiada tras un velo de nubes.
Después de continuar el camino, tras la siesta en la cueva, la noche les había traído un cambio repentino en la temperatura, y el aire, aunque seco, era frío y a medida que las sombras iban confundiéndolo todo, su velocidad fue aumentando.
Se abrigaron lo mejor que pudieron y cuando el cansancio las venció, decidieron que lo mejor era recuperar fuerzas nuevamente. Además, la oscuridad no les había permitido ver por dónde andaban, lo mejor era detenerse hasta que el amanecer les trajera luz y calor. Afortunadamente aquellas montañas estaban plagadas de cuevas, por lo que no tardaron en encontrar una, esta vez seca, y recostarse en el suelo rocoso. Era curiosa, porque el fondo abría paso a varias grutas de diversos tamaños, y las paredes estaban llenas de pequeños brillantes, que resplandecían al pasar la lamparita de Ann por encima de ellos. Comieron una vez más, y no tardaron en dormirse, muy juntas una de otra, para conservar el calor.
Jewie lanzó un bostezo al recordar lo largo que le había parecido aquel día, pero sus ojos continuaban abiertos, insomnes. Estaba disfrutando de la travesura que acababa de hacer. Muy probablemente sus amigas la reprimirían si la descubrieran ahora, convertida en su parte animal.
Le gustaba estar así. No lo había vuelto a intentar desde que salieran del cráter, al lado del Internado, pero recordaba la sensación de completa libertad que la había invadido. Ahora lo confirmaba. Se estiró y se echó sobre el suelo, con los ojos aún fijos en el cielo abierto, sin paredes ni muros que lo contuvieran. Se sentía segura, feliz, libre… confiando en unos sentidos que captaban muchas más cosas que los humanos; era capaz de oler todo su entorno y captar la esencia de cada objeto y cada ser, también podía ver más allá de las sombras de la noche y oír cada movimiento que se produjera en un radio considerable. Estaba más alerta y el cansancio no la vencía tan pronto.
Era fantástico, y no se lamentaba en absoluto de haber entrado en el Internado, de haber tomado la mano de aquel soldado. Aunque solo hubiera sido usada, ahora ya no les pertenecía, era libre de disfrutar todo lo que las terapias le habían hecho. El miedo y el dolor no le parecían un costo tan grande por lo que ahora tenía.
Justo cuando se disponía a entrar nuevamente en la cueva, algo captó su atención. Sus orejas se irguieron, alertas, escuchando atentamente. El sonido era lejano aún, un repetitivo silbido, pero la incomodaba.
Su húmeda nariz venteó el aire, pero no captó nada fuera de lo normal. Quizá sólo fuera el viento…
Ahí.
De pronto, sus ojos captaron otra cosa: un titileo. Una fina línea de luz blanca, escrutando las sombras de la noche. No podía ser cierto. Su corazón dio un vuelco y esperó, deseando que todo fuera producto de su imaginación. Unos segundos después, reconoció el sonido.
Se apresuró a entrar al tiempo que volvía a su forma humana. Sus ojos dejaron de percibir con claridad y tuvo que hacer un esfuerzo por acostumbrarse a las sombras. Tomó su ropa y se la puso lo más deprisa que pudo, el aire, ahora que su piel estaba desnuda, le provocaba terribles estremecimientos. Luego se acercó a sus amigas, aún temblando, y se arrodilló junto a ellas.
–Ann. Nad –llamó rápidamente, con voz nerviosa, mientras movía a sus amigas por los hombros.
Ann fue la primera en despertar con un débil quejido. Se removió confusa.
–Chicas, despierten –volvió a insistir. El miedo se apoderaba de su garganta y sólo alcanzaba a susurrar.
–¿Jewie? –preguntó Ann, volviendo a estar adormecida.
–Son ellos –murmuró con la voz rota.
–¿Qué? –preguntó esta vez Nadhel.
–Nos están buscando, escuchen –explicó.
Todas guardaron silencio durante un momento, pero no lograron captar nada.
–Jewie, ¿de qué…?
Entonces el sonido interrumpió a Ann. Eran aspas rompiendo el viento. Apenas era perceptible, pero inmediatamente todas supieron lo que era: hacía muchos años, una de esas máquinas voladoras las había llevado al lugar donde pasaron el resto de su niñez y parte de su juventud.
Permanecieron en silencio, aguardando, y el ruido se incrementó. Además, ahora podían ver una intensa luz blanca recorriendo el exterior, primero lejana y luego… cada vez más cerca, recorriendo cada piedra y cada hueco.
-"No, no puede ser" protestó Ann, para sus adentros. Era injusto.
–Tranquilas… pasará –susurró, en un intento de calmarse y ahuyentar el profundo miedo que la invadía.
–¡Oh, no! –chilló Jewie, en voz muy baja, al recordar algo importante. –Nos encontrarán…
–No pueden vernos, no creo que… –musitó Nadhel.
–Lo harán… los chips… nos rastrean –interrumpió.
No pudo hilar bien sus ideas, pero sus amigas comprendieron al instante a qué se refería. Sus corazones se encogieron de terror.
–Maldición –escupió Ann.
Gracias a Süle, ahora sabían de la existencia de los transmisores incrustados en sus hombros mediante una inyección que creían había sido una vacuna. Sin duda aquellos hombres llevarían lo necesario para rastrearlas… y capturarlas. Todo se había acabado. El esfuerzo había sido en vano. Era el final.
Los minutos que aguardaron a que finalmente dieran con ellas, les parecieron eternos. El ruido del motor, las aspas, la luz que buscaba su paradero, todo aquello se gravó muy profundo en sus mentes, prometiendo atormentarlas por varias noches.
Ya no había nada que pudieran hacer.
Fuera, parecía haber reaparecido el Sol de la nada. La luz caía justo sobre su escondite. El sonido del viento roto, atronaba en sus oídos.
–Están aquí –susurró Jewie, pero su voz se perdió entre el estruendo. Justo cuando se había creído libre y a salvo, se lo arrebataban. Una silenciosa y tibia lágrima recorrió sus mejillas entumidas.
Ann apretó los ojos, intentando contener sus propias lágrimas, estas de frustración. Había hecho todo, todo, ¡todo para nada! Se sentía inútil y vacía, tan diminuta en un mundo cruel, que destrozaba los sueños… que los convertía en cenizas apenas nacían en el corazón de alguien.
-"Lo siento papá, no pude…se acabó" pensó, llena de rabia. "¡Se acabó, maldita sea!".
Pero todo lo contrario pasaba con Nadhel. Para su sorpresa, percibió cierta alegría en el fondo, como cuando acababa de despertar de un mal sueño y se descubría segura en su diminuta habitación. Todo había terminado, sí, pero ahora… estaría de nuevo con él Volvería a verlo, volvería a abrazarlo y a sentirlo cerca, volvería a oír su voz, susurrándole canciones antes de dormir.
Una pequeña sonrisa se esbozó en sus labios.
-"Oh, Leo. No sabes cuánto te extrañé… pero ahora estaremos juntos de nuevo, juntos… como siempre debimos haber estado".
Entonces, todo terminó.
Capítulo X
// Cacería
¿Por qué?
La pregunta no dejaba de rondar su cabeza una y otra vez mientras contemplaba una de las frías paredes grises, carente de adornos. Había vuelto, sí, pero con un peso demasiado grande en su corazón, invadido por recuerdos que no la dejaban en paz.
-"¿Por qué?" Insistió de nuevo, aún sabiendo que nadie respondería a su lamento.
Las lágrimas terminaron por quebrar sus defensas, y recorrieron sus mejillas, lentamente, dejando rastros salados en su piel, tratando de aliviar un poco el dolor.
Soltó una maldición en voz baja. Pocas veces se había permitido llorar, odiaba hacerlo, pero esta vez era inevitable. Todo lo ocurrido había hecho en ella profundas heridas, que dudaba volvieran a sanar. Se sentía rota, dispersada en mil pedazos distintos, y luego vuelta a unir a la fuerza, de una manera increíblemente dolorosa.
Extrañaba el profundo letargo en el que se había sumido, y del que acababa de despertar apenas una hora antes.
Pero al parecer había dormido todo el día, y ahora ya no podía recurrir al sueño y al cansancio como sus aliados, tendría que enfrentarse una y otra vez a la verdad hasta aceptarla. Pero no podía, era demasiado irreal… parecía tan sólo una pesadilla.
Alguien llamó a su puerta y ella se apresuró a limpiar la humedad de sus ojos, con brusquedad.
–Pasa –dijo con la voz rota. Tragó saliva y aclaró su garganta en silencio.
Una mujer de largos cabellos castaños entró en la pequeña habitación. Su gesto era de preocupación.
–Cariño, tu papá está preguntando por ti –le informó, con voz dulce y suave.
–Lo sé –dijo solamente. No le gustaba que la mirara de esa manera, como si fuera una niña indefensa, como si fuera débil, como si necesitara de su ayuda. La mujer no era su madre y nunca lo sería, por más que intentara interpretar ese papel.
–¿No irás con él? –insistió.
–¿Para qué? Ya sabe que soy un total fracaso. Se llevaron a Rheyn por mi culpa, y estuve a punto de morir. Estoy segura que sentirá vergüenza en cuanto me vea –soltó y luego se mordió el labio. No, quería esperar a estar más tranquila. No podía verla en ese estado.
–Süle… tu acción fue buena, y eso también cuenta. Rescataremos a Rheyn, ya verás –intentó consolarla.
Ella negó con la cabeza lentamente, enfadada.
–Soy una estúpida.
Deyna exhaló lentamente.
–Él solo quiere asegurarse de que estás bien. La noticia lo alarmó mucho –explicó, con infinita paciencia.
–Yo… iré en un rato –respondió Süle finalmente. De lo contrario la tendría allí, insistiendo.
La mujer asintió y salió en silencio, cerrando la puerta tras ella. Süle volvió la vista a la pared nuevamente.
-"¿Por qué, Rheyn? ¿Por qué lo hiciste?"-
Cuando hubo derramado las lágrimas que le quedaban, se vistió, no sin sentir cierto dolor en varias partes del cuerpo. Sobre todo sentía una fuerte punzada en la pierna cada que intentaba moverla.
Una hora antes, cuando despertó, ya se encontraba en su habitación, y al recordar las imágenes de lo sucedido creyó que se trababa de una pesadilla. Intentó levantarse y el dolor la hizo volver a la cama. Se descubrió vestida con una larga playera blanca, que le llegaba hasta los muslos, y con un vendaje en una de las piernas. Además sentía algo molesto en la mejilla, el cuello y el brazo: eran pequeños parches. Fue cuando supo que todo era cierto, y la traición de Rheyn le azotó el pecho con fuerza, como un cuchillo clavado en el corazón.
Había permanecido tratando de asimilarlo toda durante esa hora.
Y aún no estaba lista, pero ya se había cansado de repasar una y otra vez todos sus errores. Seguramente era de noche, pues su padre no se desocupaba sino hasta esa hora, cuando todos iban a dormir.
No sabía que había ocurrido exactamente después de que se llevaran a su amigo y ella se quedara tendida sobre la tierra, pero alguien debió de haber ido a buscarlos y la encontró sólo a ella. Habrían informado a su padre tan pronto lo vieron y ahora él querría una explicación para toda esa locura.
No sabía si desear que alguien ya lo hubiera puesto al corriente de todo lo ocurrido el día anterior y aquel. Tal vez sería mejor que lo supiera todo de ella… pero no se sentía capaz de narrar la historia completa, no con palabras coherentes. Aún sentía que todo le daba vueltas.
Se paró frente al diminuto espejo que tenía y echó una mirada a su rostro: las ojeras estaban más marcadas de lo habitual, y su piel lucía pálida, dándole un aspecto de muerto viviente. Además, tenía una cortada en la mejilla y otra en el cuello, parcialmente parchadas con pequeños triángulos de tela adhesiva. Sus ojos estaban rojos e hinchados, al igual que sus labios. Y sus acostumbradas trenzas eran una maraña oscura a cada lado de su rostro. Se las deshizo y cepilló su cabello con fuerza, dando varios tirones, entonces se lo amarró todo junto en una cola de caballo y salió, con pasos vacilantes, procurando no apoyar mucho la pierna herida.
Los pasillos estaban desiertos, y sólo se oía un ligero rumor a lo lejos. Pasó frente a la habitación de los radares y sintió como si el corazón se le encogiera. No, no podía volver a llorar…
Finalmente llegó hasta una de las salas de juntas circulares. Junto a ella estaba la habitación de su padre, pero se entraba únicamente desde la sala. Respiró hondo y abrió la puerta.
No tuvo que buscarlo. Se encontraba en un asiento, frente a la mesa, analizando un mapa en una pantalla que había en ella.
Lirt, a pesar de sus cuarenta y tres años, era un hombre atractivo. Su cabello era muy negro, corto, aunque con algunas canas ya asomando en distintos puntos; también llevaba una barba recortada cuidadosamente, sin bigote; sus ojos eran grises, tranquilos, e inexplicablemente transmitían cierta calidez. Bajo la sencilla playera color verde seco que llevaba, se alcanzaban a distinguir los músculos que había formado a partir de todas las horas de trabajo en el Refugio. Lo consideraban el líder, pero él dejaba que todos aportaran sus puntos de vista, al igual que él trabajaba junto con los demás para reparar las zonas derruidas.
Al sentir a su hija entrar, alzó la mirada y se incorporó.
–Süle –saludó.
Ella hizo una mueca, que pretendía ser una sonrisa y bajó la mirada.
–Yo… –empezó a decir, esperando encontrar las palabras mientras hablaba, pero se quedó en blanco.
Cuando intentó continuar, sintió unos brazos envolviéndola. Su padre la estaba abrazando. Hacía mucho tiempo desde la última vez que él la había abrazado.
–¿Papá? –preguntó insegura. También, rara vez, ella lo llamaba papá.
Él se apartó sólo un poco para verle el rostro. La tomó de la línea de la mandíbula con ambas manos y la examinó con los ojos brillantes, conmovidos.
–Me alegro tanto que estés bien –murmuró.
–Lo siento. Yo… quería ayudar, y…
Él cerró los ojos y asintió. Unos instantes después se alejó de ella para poder volver a tomar asiento.
–Entiendo por qué lo hiciste. Ayer supe de las tres chicas que tú habías traído y que después te llevaste. Entiendo por qué las ayudaste, y entiendo que sólo tuvieras la compañía de aquel chico, sé que todos los demás hicieron caso omiso a tu súplica. Pero, por los cielos, ¿en qué estabas pensando cuándo fuiste de regreso a la Base? –preguntó, ahora con el rostro increíblemente serio. –Elion no me supo decir mucho. Te encontró tirada en el suelo, delirando, y llena de sangre. ¿Y sabes que ni siquiera me lo dijo inmediatamente? Fue Olffen quién fue a buscarme para decirme que él había entrado con mi hija en brazos, herida, y sin dar explicaciones. Fui a verte a la enfermería, pero Ima me dijo que descansabas, que habría que esperar a que despertaras. Estas horas se me han hecho eternas, a pesar de que he estado ocupado con los movimientos que hay al Norte, y con los hombres que interceptan los vehículos… –se cayó bruscamente, negando con la cabeza. –Explícamelo, Süle. Explícame porque te expusiste a tal riesgo.
La chica tomó aire antes de hablar, eligiendo cuidadosamente las palabras.
–Todo eso es cierto. Sólo Rheyn estuvo dispuesto ayudarme, y por eso supongo que entiendes que tuviéramos que dividirnos. Él llevó a una de las chicas sobre su lobo, en caso de que nos alcanzaran. Ella, Jewie, tiene cambios… y creo que es a la que buscan. Por eso hice que él la adelantara, no iba a permitir que la encerraran de nuevo. Llevé a las otras dos chicas hasta cerca del Paso y las dejé con él. Los buscadores ya estaban fuera, y revisaban las ruinas, si los hubiera dejado… las habrían atrapado, y todo habría sido en vano –terminó, con la voz afectada.
Su padre continuaba serio, sin despegar los ojos de ella.
–¿Qué hiciste, Süle? ¿Cómo pensabas detenerlos?
–Yo… yo usé el arma –le confesó y desvió la mirada. No vio la reacción de él, pero percibió el enfado en sus palabras. –¿Te das cuenta… te das cuenta que tú eras sólo una y ellos…? –se interrumpió. –¿En qué estabas pensando? No tenías ninguna oportunidad. Tan pronto le dispararas al primero los otros se darían cuenta y te buscarían. Tienen radares, están entrenados. ¿No te diste cuenta de que eso era una locura?
–Lo sabía, pero… No podía dejar que ganaran. Tenía que hacer algo.
–Arriesgaste tu vida por unas desconocidas –sentenció él.
–Sí, padre, así fue –se obligó a enfrentarlo. Tenía que defender lo que pensaba.
El hombre suspiró.
--Eres igual a tu madre. Arriesgó todo por los demás, pero jamás pensó en ti ni en mí. Escucha, no voy a castigarte por lo que has hecho, ni voy a contradecirte. Lo hecho, hecho está. Sólo prométeme que nunca más volverás a arriesgarte, a exponerte, de esa manera. Por nadie, ni siquiera por mí, ¿lo entiendes?
–Sí… papá. Lo prometo.
–Bien… ahora… hay algo que no entiendo. ¿Qué fue del muchacho que estaba contigo? Elion me dijo que… murmuraste algo, pero no supo si delirabas o…
–Es cierto, también. Rheyn… él… Él sólo quiso protegerme, lo único que quería era protegerme –de pronto, se dio cuenta de que era verdad, y no pudo contener un triste sollozo, las lágrimas se adivinaban ya en las comisuras de sus ojos. –Él quería protegerme, papá… y se entregó. No nos traicionó, se entregó por mí… –era como si se lo estuviera gritando a sí misma, dándose cuenta de las verdaderas intenciones del chico.
Me quiere… ¡él me quiere!" pensó con fuerza y cerró los ojos para reprimir el llanto.
Su padre volvió a levantarse y la tomó de nuevo entre sus brazos, para consolarla.
–Ya, shhhh –la tranquilizó, acariciándole con delicadeza el cabello.
–Yo… yo creí que me había traicionado –le confesó. –Pero lo hizo sólo por mí, demonios. ¿Cómo pude pensar eso de él?
–Creíste lo que cualquiera hubiera pensado. Pero sólo tú te has dado cuenta de la verdad. Pero, Süle, ¿de verdad se lo han llevado?
Süle se apartó de él para limpiarse las lágrimas y asentir. Su padre reprimió un suspiro.
–Eso no es bueno. No sólo porque le obligarán a decir a dónde han ido las muchachas, sino porque querrán saber más cosas. Incluso obligarlo a revelarles nuestra ubicación… No me gusta pensar en lo que podrían hacerle.
Süle se tensó.
–¿Hablas de… de que… pueden torturarlo?
Lirt no respondió, se dio la vuelta y volvió a apoyarse sobre la mesa para observar el mapa.
–Tenemos que saber a dónde podrían llevarlo. El Centro más cercano es aquí –señaló un punto, entre una pequeña cordillera y el mar. –Pero ya sabemos que ahí no se puede entrar. Cuentan con más soldados y torres de vigilancia. Por lo mismo no hemos podido rescatar a los otros chicos… –exhaló con cansancio.
–¿Qué necesitaríamos para entrar? –preguntó la chica, acercándose a él.
–Un ejército –su padre torció los labios. –O más sencillo: hombres y armas… y un plan. De eso, sólo tenemos a los hombres.
–También las armas –sonrió ella, al recordar algo. Su padre la miró extrañado. –Sólo nos falta el plan.
Los dos se miraron durante varios segundos, y sonrieron a la vez.
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–Estamos sobre ellas –informó el hombre de los radares.
–Bien. ¿Hay un lugar para aterrizar?
–No, señor. El terreno es irregular –respondió otro sujeto, comprobándolo por una de las ventanas.
–Entonces bajen la escalera. Cinco de ustedes vengan conmigo…
–Espere –lo interrumpió el primero. –El lector no las detecta.
–¿Qué quieres decir? Me acabas de decir que estábamos…
–No. Estamos sobre los puntos que marca el radar térmico. Pero el lector de las etiquetas en los transmisores no las detecta. No son ellas –confirmó, después de dar varios clic a distintos botones.
–Podría haber un fallo, quizás estamos a mucha distancia… –comenzó a decir el líder de los buscadores, irritado.
–Estamos dentro del campo de lectura. Ya lo he comprobado. Son sólo animales. De ser las chicas ya lo hubiera marcado, aunque fuera con una señal débil.
–No puede ser –escupió, soltando un taco contra el piso. Entonces dirigió una mirada irritada contra Rheyn. –¡Tú! Será mejor que nos cuentes toda la verdad. ¿Hay alguna forma en que las chicas se deshicieran de los transmisores? ¿Cómo te deshiciste del tuyo?
Rheyn negó con la cabeza, asustado.
–No, no. El mío lo sacaron por cirugía, ellas no… por eso huyeron, aún tienen los transmisores –dijo demasiado de prisa. Temía hacerlo enfadar de nuevo, su cuerpo no resistiría otra paliza.
El hombre lo meditó un instante, con el ceño fruncido. Finalmente soltó aire pesadamente.
–Dirígete al Centro del Norte –le dijo al piloto. –Si continuamos así se agotará el combustible. Allá quizás hagan hablar a este condenado. Una vez nos cuente todo podremos proceder con una búsqueda mejor organizada y dar con ellas. Maldita sea, si parecen comadrejas –siguió diciendo, pero Rheyn prefirió ignorarlo.
Dejó caer la cabeza contra una de las paredes y respiró hondo. Al menos no habían dado con ellas esa noche… quizá podrían llegar a la ciudad y ocultarse bien, mientras siguieran sus instrucciones, estarían a salvo.
-"Y salvé a Süle…" pensó, repentinamente feliz. "También puedo salvarlas a ellas…"-
El cansancio volvió a vencerlo y no tardó en quedarse dormido. Ya poco le importaba lo que le sucediera a él. Desgraciadamente, había otra persona que podría pagar también las consecuencias…
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Entonces, todo terminó.
El tiempo pareció detenerse durante varios minutos. Todas contenían la respiración, a la espera de que algo sucediera. De un momento a otro, sin razón aparente, el sonido disminuyó poco a poco, alejándose. La luz del exterior se disipó y las dejó sumidas nuevamente en una oscuridad impenetrable.
Ninguna habló. No sabían que acababa de ocurrir realmente. El sonido finalmente terminó por desaparecer.
Alguien tomó la mano de Ann. Sintió como unos deditos fríos se entrelazaban con los suyos.
–Se fueron –dijo por fin la voz de Jewie, más aguda de lo normal, y apretó la mano de Ann con fuerza. Luego se le echó al cuello, notablemente afectada, y sollozó. –Se fueron.
Ann le palmeó la espalda, aún confundida. No lo acababa de asimilar. No era posible. Las tenían, iban a atraparlas. ¿Cómo? ¿Por qué?
Nadhel soltó un pesado suspiro. No hizo ningún comentario. Se volvió a recostar en el suelo y se cubrió con una de las mantas. Al cabo de varios minutos, cuando Jewie se tranquilizó, sus amigas también se dispusieron a volver a dormir, pegadas una contra la otra.
Nadhel les dio la espalda y se encogió sobre sí misma. Unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas, y otras más la siguieron, algunas llegando hasta sus labios y dejándole en la boca un sabor salado.
Tan cerca y tan lejos.
Lo había tenido tan cerca… casi había podido tocarlo, sentirlo, verlo… en ese momento eterno sintió los brazos de Leo envolviéndola en ademán protector. Había oído su voz diciéndole que todo estaría bien, que todo pronto terminaría. Había sentido sus labios presionando su mejilla, dándole consuelo.
Tan lejos estaba ahora… volando fuera, lejos, muy lejos, inalcanzable. Lo había perdido. La oportunidad de volver con él se había marchado.
-"¡Es injusto!"-
Tardó una hora más en volver a dormir.
Sus alas eran suaves, de un color violeta muy tenue, con manchas blancas y negras en la periferia, formando intrincados adornos. Las abría y cerraba lentamente, haciendo que el Sol sacara pequeños destellos de ellas.
De pronto, se oyó una voz. Era suave y dulce, cantarina.
–¡Nadi!
Le gritaba desde una de las ventanas que daban al patio. La niña se volvió hacia ella con una gran sonrisa dibujada en sus labios.
–¡Una mariposa está en nuestras flores! –exclamó, feliz por el hallazgo. Enseguida se volvió nuevamente hacia el insecto y lo miró embelesada. Hacía mucho que no veía una mariposa tan bonita. Además, el violeta era su color preferido. Estaba hecha para que ella la contemplara toda la tarde.
Alguien se acuclilló a su lado.
–Vamos, pequeña. Tu padre llegará temprano hoy, ¿no quieres verlo?
La niña no respondió. Sus ojos, oscuros como la noche, estaban fijos en las rosas que la mariposa exploraba. Se sentía atrapada, dentro de un hermoso sueño, no podía dejar de mirarla.
–¿Nad?
–Quisiera poder volar como ellas –murmuró. Cuántas noches no lo había hecho dormida, mientras soñaba.
Su madre tomó su manito y la llevó dentro. Nadhel se despidió de la mariposa con una sonrisa. No vio nada más. La oscuridad la envolvió.
Lo siguiente que oyó, antes de que la oscuridad se disipara, fue una voz gruesa, de un hombre. No entendió lo que decía. Cuando su vista intentó enfocar algo, vio a su madre alarmada, hablando con él.
–¿En peligro?
Estaban en el comedor. Ella permanecía sentada removiendo lo que quedaba en su plato, trazando pequeñas figuras con el tenedor. El hombre, cuyos rasgos Nadhel no identificaba, volvió a hablar con gesto paciente.
–Van a evacuar la ciudad, Elizabeth. Y en el lugar al que nos enviarán se tendrá que trabajar duro para sacarlo adelante. Es lo mejor.
–¿Pero qué riesgos corre una niña ahí? ¿No es seguro?
–Estará sola. Ya no podrás cuidarla.
–¿Y en aquel otro lugar le brindarán el cariño que necesita? No podemos, Gregory, no podemos hacerle esto.
–Confía en mí, por favor. Estará bien. Ahí es a donde enviarán a todos los niños, tendrá con quien jugar.
–No es así de fácil. No soportaré abandonarla.
–Cuando cumpla la edad necesaria, podrá reunirse con nosotros.
Su madre se echó a llorar. La niña levantó la mirada y fue a su encuentro, abrazándola por la cintura.
–Oh, Nadi –susurró la mujer acariciándole el cabello. Nadhel se sentía protegida en sus brazos, aspirando su aroma, sintiendo sus reconfortantes caricias. "Todo estará bien, mamá" quiso decirle. –No puedo hacerlo, no puedo…
La oscuridad volvió a engullirla, perdiendo el contacto con su madre.
La lamparita de mesa se encendió, alumbrando los rostros de ambas.
–¿A dónde vamos? –preguntó la niña mientras su madre la arropaba. Había oído decir al hombre que las separarían y que ella estaría a salvo. ¿De qué?
–Mañana te llevaré a un lugar con muchos niños, para que cuiden de ti –respondió la mujer, sonriendo con tristeza. Sus ojos eran también muy oscuros, melancólicos, pero su cabello era de un tono más claro que el de ella y estaba ondulado_ Aún así se parecían mucho, siempre se los habían dicho.
–¿Es bonito? –quiso saber Nadhel.
–Aun no lo conozco, pero puedes imaginar que es una aventura –la mujer sonrió. Alrededor de los ojos aparecieron algunas arrugas
–No quiero ir, me gusta estar aquí –le hizo saber la niña.
–Lo sé, Nad. Pero tienes que ser valiente, es necesario que vayas. Las cosas no marchan bien y si nos quedamos puede ser peligroso.
–¿Tú estarás conmigo?
Su madre la miró fijamente a los ojos, escondía una profunda tristeza en ellos. Cuando habló le acarició la mejilla.
–Ambas tenemos que ser valientes.
Nadhel cerró los ojos, intentando no llorar, sentía como los ojos se le iban humedeciendo. Su madre la abrazó y comenzó a mecerla, de sus labios brotó una canción…que se perdió al instante entre el viento que azotaba fuera.
Sus ojos se abrieron al sentir como alguien la mecía del hombro.
–Tenemos que seguir, Nad. Vamos –dijo una voz fina y dulce, pero no era la de su madre.
Ella se llevó la mano a los ojos para limpiarlos. Los sentía hinchados.
–¿Tan pronto? –se quejó.
–Está amaneciendo –le informó otra voz, fuerte y autoritaria.
Nadhel se incorporó cuidando de no apoyarse en su brazo herido. Permaneció sentada unos instantes antes de levantarse por completo. La cueva aún estaba a oscuras, pero se alcanzaban a distinguir las siluetas de sus amigas.
Jewie le ofreció una de las mochilas, sonriendo.
–Gracias –murmuró tomándola y echándosela al hombro. Una extraña angustia le presionaba el pecho, pero no recordaba la razón.
Cuando volvió a mirar a su alrededor Ann ya no estaba con ellas.
–¿Estás bien? –le preguntó Jewie.
Nadhel asintió y la siguió fuera. La sensación de que algo importante había ocurrido aumentó al echar un vistazo hacia el cielo plomizo.
–Vamos –las presionó Ann, ya varios metros por delante. Su rostro lucía enfadado y su voz era fría.
–¿Qué tiene? –preguntó Nad a Jewie.
Su amiga se encogió de hombros.
–No sé, está enojada, yo creo. Tal vez sea por lo de anoche. Nos llevamos un buen susto, incluso soñé con eso –se estremeció.
Nadhel intentó recordar, pero no lo logró. Frunció el ceño.
–Yo soñé con mi mamá –dijo después de un instante. Era lo único de lo que se acordaba.
–¿Sí? Ann también soñó ayer con su papá. Hasta habló dormida, y me asusté –se rió muy bajito. –¿Tú me contarás tu sueño? Ella no quiso hacerlo –se quejó.
–Pues… vi el jardín que teníamos en mi casa, y había una mariposa, pero mi mamá me llevaba dentro. Luego ella discutía con… mi padre, creo, y él le decía que teníamos que separarnos.
Jewie se le quedó mirando.
–¿Tu papá?
–La verdad es que no lo recuerdo bien, sólo sé que tenía un padre, pero… no sé, no lo ubico, nunca estaba con nosotras.
–¿Y por qué tenían que separarse? –preguntó Jewie para que continuara con el sueño.
–Creo… creo que era por lo de la guerra… Mi mamá me decía que iría a un lugar seguro, donde me cuidarían.
–¿El Internado?
–Sí… –Nadhel permaneció un rato pensando, no lo había relacionado. –Fue lo que pasó cuando me enviaron al Internado –murmuró.
–A veces yo también recuerdo cosas cuando estoy dormida. Es raro.
La caminata era lenta mientras todo se encontrara aún en penumbras, pero conforme el Sol fue apareciendo, tiñendo algunas nubes de rosa y rojo, los huecos y declives se esclarecieron y esto les permitió avanzar con mayor seguridad.
Volvieron a detectar la presencia de los pequeños roedores y Ann hizo el intento de alcanzar a uno con una roca, pero falló. Al poco rato, aparecieron más, saliendo para olfatearlas y enseguida huyendo a sus madrigueras. Jewie se separó de Nadhel y los siguió saltando de un lado a otro, pero siempre se le escapaban antes de que estuviera demasiado cerca. No volvieron a intentarlo. Al parecer también tendrían que racionar la comida enlatada, pero sería imposible que les durara más allá del río. Tarde o temprano debían averiguar la forma de cazar.
Antes de llegar el mediodía, decidieron que lo mejor sería imitar la rutina del día anterior. Eligieron una cueva que les pareció considerablemente fresca y comieron antes de tomar una siesta. Ann se demoró un poco más, observando con atención las paredes del fondo de la cueva: brillaban de una forma peculiar y olían a tierra húmeda. Presionó una con el dedo y la sintió fría y resbaladiza. Tomó su playera, que para esa hora ya la llevaba amarrada a la cintura, y la pegó contra la superficie. En unos cuantos minutos ya se apreciaba húmeda. Sonrió.
El agua se deslizaba por aquellas paredes, filtrándose de algún manantial que se escondía entre las montañas. Era una forma segura de conseguir agua. Decidió dejar allí su playera y recogerla después de la siesta. Con suerte estaría lo suficientemente cargada de agua para poder rellenar las cantimploras que ya iban por la mitad.
Se acostó e intentó dormir para recuperar fuerzas, pero las escenas de la noche anterior no dejaban de atormentarla. Se sentía insegura, vigilada, desprotegida… como si miles de ojos estuvieran clavándose en ella.
¿Y si los buscadores volvían? ¿Y si esta vez las descubrían?
No acababa de comprender porque no habían bajado a buscarlas en la cueva. Ya estaban justo sobre su escondite, sabían que estaban allí. ¿Por qué las dejaron ir?
No había ninguna explicación razonable; por más vueltas que le diera, no la encontraba. Había sido un extraño golpe de suerte. ¿O lo habrían hecho apropósito? ¿Las seguirían para descubrir algo más? No, estaba segura de que las querían a ellas… a Jewie. Todo carecía de lógica.
Frustrada, desvió sus pensamientos a otro tema: su sueño. Aquel sueño con su padre… ¿qué significaría? ¿había sido una simple casualidad? Era extraño, había creído haber olvidado la mayoría de los detalles, sobre todo aquella repentina despedida. Pero ahora lo recordaba con una dolorosa claridad. A ella la habían apartado de él a la fuerza y cuando su padre intentó defenderla, uno de los soldados lo había golpeado en la mandíbula, haciendo que le saliera sangre de la boca. Se encogió al recordarlo. Luego se la llevaron y la encerraron en un edificio oscuro de la ciudad. Había pasado hambre y frío, junto con todos los niños que tenían ahí. Lloraba todas las noches en silencio y afuera sólo oía los gritos de las personas que aún había, los llantos de los pequeños que iban raptando y los escasos disparos que tronaban a lo lejos. Cuando volvió a ver la luz, fue para descubrir que la ciudad estaba desierta, a excepción de los soldados y uno que otro cadáver esparcido por el suelo. Ella había cerrado los ojos, pero seguía viendo la sangre. Se los llevaron en una máquina voladora hacia un largo viaje, cuyo destino temían. Desde que llegó, siempre había odiado el Internado, constantemente se sentía vigilada y presentía que aquella historia que otros chicos le contaban no era más que una farsa. A ella no la habían salvado de la guerra, la habían llevado a su ciudad. Con el odio hirviendo dentro de ella, se levantó. Iba a revisar su proyecto para conseguir agua cuando se percató de la ausencia de Jewie. Sólo Nadhel permanecía encogida sobre las mantas, con la boca ligeramente abierta, soñando.
¿Dónde se había metido?
Pasó la vista por la cueva, pero no se le veía. Entonces notó un bulto gris en la entrada y fue hasta él, extrañada.
Levantó la ropa de Jewie y por un momento creyó que de alguna forma había desaparecido, o la habían atrapado.
–¡Jewie! –llamó, pero no hubo respuesta.
Salió a grandes zancadas, desesperada y volvió a gritar su nombre. Sólo oyó un peculiar chillido a lo lejos. ¿Sería ella?
–¡Jewie!
Se alejó aún más de la entrada, escrutando las rocas a su alrededor, cubriéndose con una mano, a modo de visera, de la intensa claridad del Sol. No se le veía por ninguna parte. "No, que no la hayan atrapado, por favor". Quizás era eso lo que esperaban… atraparla sola. Pero ¿con qué sentido?
–¡Jewie! –la llamó por enésima vez. El miedo la había invadido por completo, sintiendo una terrible angustia trepando por su garganta.
-"Tengo que ser fuerte… tengo que encontrarla…".
–¿Dónde diablos te metiste? –murmuró, rodeando una roca más alta que ella.
Entonces sintió algo morderle la pantorrilla y dio un salto al tiempo que se volvía, con el corazón latiéndole con fuerza. Frente a ella, mirándola con unos grandes ojos verdosos, estaba un animal. Era pequeño, le llegaba por encima de las rodillas y tenía forma de un lobo en miniatura. Su pelaje era color arena, excepto por el lomo, donde se mezclaba pelo negro con plateado, en peculiares manchas. Su nariz era afilada y su cabeza delicada. La boca estaba llena de sangre y entre sus patas delanteras yacía un roedor muerto.
Estaba a punto de alejarse sigilosamente del cánido, cuando reconoció aquellas orejas, erguidas y en punta, escuchando todo a su alrededor.
–¿Jewie? –preguntó en un susurro.
El animal le mostró la lengua, jadeante, roja por la sangre. Tardó en darse cuenta de que era una sonrisa.
–¿Qué dem… por qué estás así? –preguntó enfadada.
Jewie dio unos pequeños pasos hacia ella y, usando su hocico, tiró de la ropa gris que sostenía entre las manos. Ann entendió lo que quería. Se arrodilló y puso la camiseta abierta del cuello frente a ella. El animal pasó su cabeza por el hueco.
Instantes después, había terminado de vestirla. Sonrió a medias, entre divertida y enfadada. El aspecto de aquel cánido pequeño, con ropa, era algo cómico de ver. Poco a poco, el animal desapareció para dar paso a una chica menuda.
–Cacé un roedor –fue lo primero que dijo, antes de erguirse y sacudirse la ropa. Cuando la miró de frente, Ann notó que la sangre seguía estando ahí, alrededor de sus labios.
–Es lo que veo… límpiate la boca, luces espantosa –gruñó, ahora notablemente molesta.
Jewie la obedeció sin apartar la vista de ella.
–¿Estás enojada todavía? –preguntó con voz culpable, haciendo una mueca triste, de esas que partían el corazón. –No lo estaba, ahora sí. ¿En qué demonios pensabas? ¿Acaso no lo prometiste? Dijiste que no volverías a transformarte. Y después de darme un susto de muerte porque pensé que te había sucedido algo, me vienes con la boca ensangrentada y convertida en animal. ¡¿Qué sucede contigo, Jewie?! ¡Nos están buscando! Y tú sólo piensas en corretear ratones por ahí.
Los ojos de Jewie se humedecieron.
–Yo… lo siento. Es que… quería probar si… si al correr más rápido podría… ya sabes, cazar algo –su voz se oía aguda, como cuando estaba a punto de llorar. –Perdóname, Ann.
–Estás loca –le espetó su amiga, y se alejó a zancadas de ahí, hacia la cueva.
Jewie se limpió la lágrima que le corría solitaria por la mejilla. Rara vez las fuertes palabras de Ann la lastimaban, pero aquel día estaba más sensible de lo normal. Se había asustado mucho la noche anterior; durante el día no dejó de pensar en sus padres, a quienes extrañaba cada vez más; y temía que, de un momento a otro, se les terminara la comida si no lograban atrapar algo.
La idea se le había ocurrido antes de acostarse. Había visto, de pequeña, al gato de una vecina cazar a los ratones que había en el sótano de su casa; era entretenido verlo agazaparse y tensar los músculos antes de saltar sobre su presa. "Ojalá fuera un gato" recordó haber pensado. Pero ella ahora también podría cazar con sus ágiles patas.
Había esperado a que Nad y Ann se acostaran para escabullirse fuera y volver a transformarse. Al principio no fue fácil, pero después de acostumbrarse a detectar el olor de los animalillos, le fue más sencillo encontrarlos y acorralarlos. De un rápido mordisco trituró el cuello de uno y al instante supo que había muerto. Sintió pena por él, pero mentalmente le agradeció su vida y deseó que no hubiera sufrido mucho. La sangre le había abierto el apetito y se dispuso a rasgar la carne cuando oyó la voz de Ann llamándola. Dudó antes de decidirse a acercarse a ella. Su amiga estaba gritando de nuevo cuando decidió llamar su atención con una pequeña mordidita, no le dolería. Pero Ann, en lugar de felicitarla por su logro, le había gritado, la había regañado, furiosa. Jamás la había visto así, y sus palabras fueron como agujas que la lastimaron muy hondo.
Cuando logró controlar las lágrimas, fue de vuelta a la cueva. Sólo Nadhel dormía, Ann estaba acuclillada al fondo de la cueva, exprimiendo algo.
Se acercó hasta ella, titubeante, y se arrodilló a su lado.
–¿Qué haces? –preguntó en un susurro. La chica no respondió. –Ann… yo… yo no quería asustarte, de verdad. Sólo quería ayudar… ahora podré cazar y ya no se nos terminará la comida. ¿Eso no… no te da gusto?
Ann tenía el ceño fruncido, pero continuó con su tarea e ignoró las palabras de Jewie. Un pequeño sollozo se le escapó a la niña rubia.
–No quiero que estés enojada conmigo –suplicó con voz cortada. –Siempre has sido mi amiga y… pensé que lo entenderías… que me querrías a pesar de lo que me hicieron… a pesar de lo que soy. Quizá… quizá hubiera sido mejor que me quedara, así no las perseguirían. Siento ser un estorbo tan grande… yo sólo quería…
El llanto la interrumpió y se llevó una mano a la cara, para controlar los sollozos.
Ann no pudo evitarlo más tiempo. Dejó caer la playera empapada y envolvió a Jewie con sus brazos, atrayéndola con delicadeza. La sentía tan pequeña e indefensa, que le era imposible seguir enfadada con ella y hacerla llorar.
Jewie también le correspondió el abrazo y clavó su rostro en el hombro desnudo de su amiga, empapándola con sus lágrimas.
–Perdóname, Jewie. No quería herirte. Lo siento. Lo siento –repitió en un murmullo, mientras daba palmaditas en su espalda para tranquilizarla. –Es culpa mía. Estoy tan asustada de que te pase algo que…no quiero que te atrapen, ¿vale? Fue una estupidez gritarte. Me enoja lo que te hicieron y… me duele verte así, me da miedo. Pero no era contra ti mi odio, es… es contra ellos.
Jewie se alejó de ella y limpió sus ojos enrojecidos con sus puñitos.
–Lo sé. Sé que los odias pero… ahora yo soy así, también es parte de mí transformarme. Me llama, mi animal me llama, Ann.
Ella asintió. Pero eso no dejaba de incomodarla. Hacía lo posible por olvidar lo que había sucedido, por aparentar que de ahora en adelante todo estaría bien… pero al verla así, saber porque era así…
–¿Seguirás haciéndolo, entonces? –preguntó, aunque no estaba segura de querer oír la respuesta.
–Quiero seguir haciéndolo. Me gusta, me siento bien… me siento libre. Y así puedo cazar –terminó.
Jewie tenía razón. Eso era una ventaja considerable. Ahora ya no tendrían que preocuparse ni del agua ni de la comida. Volvió a asentir, convencida.
–Bien, hazlo entonces. Sólo trata de no volver a asustarme así, ¿quieres?
Jewie le sonrió.
–Ahora ve a buscar ese animalillo que mataste –continuó. –Y más te vale no haberlo llenado de babas –bromeó.
Jewie se incorporó de un salto y corrió fuera, con graciosa agilidad.
–¿Qué ocurre? –murmuró Nadhel alzando el rostro, confundida. Su cabello estaba revuelto y sus ojos entrecerrados, sin conseguir despertarse por completo.
Ann suspiró.
–Jewie mató un ratón –dijo, y continuó llenando la cantimplora, con una media sonrisa dibujada en los labios.
Capítulo XI
// Por Amor
A partir de aquí iré publicando sólo en DA :3... porque ya caben pocos links al lado y es muy pesado poner los códigos para neo =/
Vayan a la siguiente dirección para leer el capi XI:
Capítulo XII
Pronto... en proceso de quebrarme la cabeza para terminarlo, rayos.
