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Almas condenadas al pecado eterno, lloran y suplican misericordia ante el Dios de lo tormentoso, de lo escalofriante, del dolor agonizante, imploran ante el Dios del inframundo.
Alado con plumas más oscuras que las sombras, una mirada carmesí tan profunda que el solo hecho de observarle directamente a los ojos te adentra a una pesadilla sin fin definido. Sus pasos resonarán en todo lugar por donde pase, para algunos, tan solo la figura de su silueta, para otros, la llegada de su infalible fin.

El leve movimiento de sus labios seduce a la más fuerte; una pequeña sonrisa compasiva causa confusión; un suspiro de exasperación asusta al presente y al extenderse una cálida y firme mano hacia tí, logras volver a la realidad, despertar de la pesadilla a la cual el Diablo te ha invitado a entrar.



Nombre: Imaél Ariel Infernus {Imaél Ariél Inférnus}
Seudónimo: Múltiples son los apodos con los que se le condecora, entre los que destacan Imo, Diablo, Señor e Imito.
Edad: Incontable, aparenta tener veintitrés años.
Género: Masculino.
Carácter: Frío, taciturno, meditabundo, orgulloso, inteligente, testarudo, peligroso, engorroso, decidido, arisco, reservado, suspicaz, abúlico.
Residencia: En las entrañas del infierno.
Profesión: Domini tui, Diaboli.
Pareja: El amor propio basándose en un egoísmo pulcro es, quizás, lo más alejado al pecado que me acompaña.
Compañía: Siempre acompañado de una humilde escolta, la cual, conocida como Haikai, sirve también como la infaltable arma de su resguardo.
Dialecto: Profundo, intimidante, frío, apoyado siempre desde la boca del estómago en su hablar.
Altura: Un metro con noventa y tres centímetros.
Contextura: Robusta, esbelta, bien proporcionada, imponente.
Peso: Setenta y dos kilogramos.
Cabello: De un azul grisáceo sutil, alborotado y prolongado.
Mirada: Escarlata grisácea, profunda y carente de cualquier tipo de brillo. A grandes rasgos, una mirada vacía, sin vida y en ciertos aspectos, sin un propósito.

{ Fisionomía }: Tal y como ya se ha detallado, su contextura, a pesar de ser robusta y fornida, es bastante compacta y todo debido a sus músculos delgados y ligeros, pero fuertes e imponentes. Su tes rodea el color azul grisáceo sutil, carente de cualquier tipo de marca a excepción de mínimas cicatrices o heridas que recubre con la suavidad y consistencia casi perfecta de su complexión. Una de sus características más esenciales es la disgregación de una quinta extremidad, su cola; larga, firme, gruesa en sus inicios y grácil en su fin, que en el mismo, se condecora con el nacimiento de una punta de flecha. Así mismo, la posesión de un par de alas negrizcas es sin duda su particularidad más conocida, y también, la más respetada; éstas alas, de extremo a extremo, se extienden hasta llegar alrededor de los cuatro metros de longitud, mientras que de naciente a punta, alcanzan el metro con noventa y cinco, cuya separación de naciente a naciente corresponde a la distancia de diez centímetros.

{ Psicología }: Destacan sin duda alguna sus constantemente serias e inexpresivas facciones, las cuales, hasta el día de hoy, le sirven como las máscaras necesarias para ocultar a quienes le rodean su realidad interior; un alma retorcida y condenada al eterno dolor y suplicio, cuyas emociones se cegaron y dispersaron ante el rechazo de la verdad, y la incomprendida desconfianza de su apagado corazón. Es totalmente inusual y casi imposible que alguien pueda evadir éstas expresiones que comúnmente le representan, y es por aquella razón que se explica su indiferencia y casi ausencia del mundo que le rodea. Tal ha sido el efecto de ésta fortaleza forjada en su interior que llega a desconocer ciertas muestras afectivas, al punto de rechazarlas, como también, la aparición de segundas u hasta terceras voces susurrantes e incomprensibles, que vagan por los pasadizos de sus memorias y que en determinados momentos se manifiestan en pensamientos altos o leves murmullos hacia él.


Iniciar con este relato conlleva a aproximarnos hacia el ambiente de una época opaca, desconocida; un capítulo de la historia que si bien es de prestigio, jamás logró profundizarse como tal ni captar la real esencia y sacrificio que implicó la estructuración de lo que ahora se considera un estable equilibrio.
Por ello, esto deberá comenzar desde las auténticas raíces del inicio, para así poder explicar los sucesos del presente en su más clara y empírica realidad.

Remontándonos al periodo de la gran creación, etapa en la que se dio origen a los tres grandes reinos encargados por título de equilibrar la frágil armonía energética que los dividía como tal, desempeñarían por subordinación un papel que marcado por lo significativo, les generaría la indirecta dependencia entre los unos y los otros para asegurar la propia subsistencia de los mismos. Cada territorio se establecería en un sitio predeterminado en el espacio, y para su diferencia, serían nombrados por cielo, tierra e infierno. A su vez, cada uno de estos dominios debería ser regido por una autoridad divina capaz de llevar el peso del gobierno sobre sus hombros, siendo el cielo el único al cuál se le atribuiría este beneficio.
El individuo que se formó en base a esta necesidad gosó de múltiples apodos referido a su persona a lo que se le atribuiría por fundamento su divinidad, pero fue su renombre como Dios o Supremo lo que le alzaría como título hacia la gloria por ser él entre todos quién se encargaría de formar la vida a todo lo que, según los ojos bíblicos, podríamos imaginar.

Si su popularidad se le asignó por su capacidad de invención, era de esperarse que el progreso, expansión y éxito que el cielo fue obteniendo diera paso a la creación de los ángeles; fieles mensajeros del Supremo que cumplirían un rol de relevancia en relación a su jerarquía celestial y los cargos imputados a estos. Si bien fueron reconocidos como las primeras criaturas creadas a semejanzas del Señor, entre estos destacó la silueta de quién a base de su belleza, fortaleza e infaltable lealtad resaltaba con la condecoración del real arcángel de Dios, Lucifer.
No obstante, nadie imaginaría que detrás de aquella máscara de pureza se hallaba camuflada la silente incitación resguardante de los más viles sentimientos y que más tarde, se transformaría en uno de los siete pecados capitales; la envidia. ¿Pero hacia qué? Era más que sencillo, o al menos eso puede estipularse a descarte en la actualidad: envidia al poder, a la gloria y popularidad que poseía su Supremo. Poder que a pesar de aspirar a poseerlo, no podía comparársele a su tan proclamado señor ni brillar como el mismo. Aquello adjudicó el ambiente necesario para que en su interior se cultivaran los más oscuros pensamientos que más tarde sin más ni menos lo llevarían a revelarse contra el ser que le había creado en cimiento a su reflejo. Mas, su intento sería más que reprimido y en conjunto a los ángeles que se prestaron en su apoyo, sería castigado por la ira divina.

Atado de muñecas y tobillos, el ángel de la traición fue llevado ante la presencia de quién minutos atrás había encarnado su meta a superar, y sumido en la ira, comenzó a profesar una y mil maldiciones ante su persona, quién tras emitir la carcajada de su inexistente victoria, sería lanzado al caldero de su condena, jurando una venganza que resonaría hasta el día de hoy en los oídos del cielo. Ser consumido por sus propias acciones terminaría por desprender su espíritu todo lo que en la actualidad se conoce como los siete pecados capitales, que gracias a él y sus insaciables ansias de poder se representarían con los títulos de la lujuria, la pereza, la gula, la ira, la avaricia, el orgullo y finalmente, en torno al que giró las calamidades asociadas a este suceso, la envidia.

Todo debió comenzar a transcurrir con normalidad luego de tal acontecimiento; los siglos pasaron y el recuerdo de Lucifer se fue disolviendo a medida que las viejas historias eran reemplazadas hasta transformarse en no más que una simple y deteriorada alusión en la memoria de quienes habían tenido el dichoso "placer" de conocerle. Sin embargo, la noticia que más tarde llegaría a los oídos de Dios se transformaría rápidamente en una nueva polémica. ¿Qué querían decir? ¿Ya se había escogido un gobernante para los territorios asignados al eterno martirio, el infierno?
Rebosante en un poder al cuál se debía su orgullo, una figura propia de su mano y seudónimos como lo fueron Noah o Luzbel que le jactaba de su celestial transcendencia en conjunto a su nuevo título, causó un revuelo incontenible en los páramos paradisíacos, refregándole con pulcra soberbia su gloria en la cara a quien ahora se tornaría en su némesis mortal.

Lucía una simpleza arrogante, ya no existía quién le superase en ninguna medida, pero sin embargo, sus reales intensiones se verían totalmente disueltas ante la aparición de una joven y enérgica ángel, quien le admiraría y observaría desde la lejanía, camuflada entre la multitud. Aquello provocó que el Diablo olvidase cuál era su real propósito y regresase con la confusa imagen del ángel al infierno, preguntándose constantemente qué era aquella sensación que latía sin tregua alguna en su frío pecho.

¿Acaso el Diablo se había enamorado?

La sensación apuntaba a lo obvio, pero su altivez sería tal que preferiría ignorar aquellos sentimientos que, en definitiva, no le eran propios de naturaleza. Ignoraría por tanto lo que hasta entonces le había causado tal confusión y se encargaría de organizar y distribuir el reino que había adoptado como propio, siendo un día como cualquiera en el que, Magdalena, la ángel que había encantado y seducido al demonio, descendería a los infiernos con la incógnita tallada en el corazón.
Grande y por sobre todo grata sería la sorpresa que Lucifer se llevaría al ver aquella figura resplander entre las tinieblas en soledad, siendo su encuentro uno de los más significativos en la vida de cada uno, quienes sin necesidad de recurrir al cuestionamiento, descubrirían su reflejo en los ojos del otro.

Nació de ellos uno de los amores más legendarios que en la época logró florecer a pesar de la adversidad, y tras entregarse el uno al otro, sellarían la pureza de sus votos con la vida de una inocente y prometedora criatura, posando todas sus esperanzas al interior del vientre de la joven ángel.
Los nueve meses de gestación supieron ser tanto una bendición como maldición, ya que el episodio, por más cuidado que se procuró, no supo pasar inadvertido por su polémica naturaleza, transformando además de lo prohibido de su relación en uno de las más caóticas revelaciones contra las minuciosas reglas del milenio.
El nacimiento del pequeño, como comprenderás, fue algo.. complicado. A pesar de la ayuda de los discípulos que Noah había conseguido con el pasar de los años, no contaban con la real experiencia requerida para la ocasión, por lo que el parto fue completamente trabajo de la inexperta y primeriza Magdalena quién, torciéndole la mano al destino, lograría traer al mundo a un pequeño y sano bebé, tan similar a su padre como a su madre. Nombraron al pequeño por el nombre de Imaél, y por algunos meses la familia que con esfuerzo habían conformado lograría convivir en armonía y plenitud, sin sospechar que su pecado sería sentenciado, y era cosa de tiempo para que las consecuencias recayeran en el acto.

Sin caer en oídos sordos, la controversia fue rápidamente respaldada por las constituciones y aquellos reglamentos que regían a las acciones que los reinos podrían o no llevar a cabo, que fuera del contraindicado vínculo, la criatura concebida representaba una abominación de la especie al incubar en sí una de las primeras hibridaciones de la historia, que si bien podría ser reconocida más tarde, resaltaría una serie de sucesos que mezclarían entre sí las cualidades únicas de las especies originales; inaceptable en su medida.
Por tanto, alguien debería poner manos en el asunto, y en conjunto a la influencia del Supremo, el Consejo Celestial, alianza creada desde los inicios conflictivos, tomaría por propia la responsabilidad, ocultando en su labor un siniestro plan con el fin de derrocar al ser que había osado corromper las reglas en su pecado original; Lucifer.

¿Qué mejor forma de evitar la promulgación de su tan denigrante falta que eliminar la evidencia de su acto?
Arrebatarle a la criatura de los brazos en el momento menos esperado, y dejar que su desesperación los llevara hacia el anzuelo que éste encarnaba. Simple quizás, pero efectiva sin lugar a dudas.
Fue quizás los fallidos intentos de Lucifer por llegar a un acuerdo concreto a sabiendas de que los cargos sí se recaían en sus acciones lo que llevó rápidamente a Magdalena hacia una incontenible angustia por la extensa separación que tenía de la criatura que había concebido con tanto esfuerzo y esperanza, por lo que de un momento a otro, se vio entre la espalda y la pared, tomando una decisión que a ciegas de su cónyuge, dictaría su fatal destino.
Un pacto silente con quienes sostenían a su bebé entre los brazos podría ser la opción que necesitaban; la ángel ofrecería su alma en servicio a cambio de la libertad Imaél y su inmunidad ante las leyes que por especie ya no le regían, pero tras tener durante segundos un contacto visual con su retoño, el engaño la tomaría por cautiva, y de la noche a la mañana, su rastro desaparecería.

Lucifer ya no debería preocuparse de sólo la libertad de su hijo, si no también de la desaparición sin antecedentes de su esposa que más que jugarle como una mala broma, apelaría a su lado más sensible; faceta que jamás antes se había reflejado en su persona. Una serie de pruebas fueron presentándosele tras una meticulosa investigación donde se delataba un hipotético asesinato hacia la víctima, y cuyos rastros en evidencia apuntaban a que el asesino de Magdalena no había sido otro más que los demoníacos dejos de su hijo, que a su corta edad, ya había protagonizado un crimen de carácter profesional. ¿Sería cierto? En rigor no era más que una de tantas jugadas del consejo para concretar con éxito su anhelado plan, pero ante los ingenuos y corrompidos ojos del Diablo, representaba la más dolorosa de las verdades.

La pena por el hecho recaía en una infinidad de torturas, pero por condición de infante sin superar los cuatro años de edad y la influencia del dolido demonio reducirían su condena a una eternidad en encierro, pero con la facultad de que a diario su padre estaría al tanto de su situación. Si a cada paso se asechaba con más recelo la caída de Lucifer, a ello habría que sumarle que el ser que ahora descansaba encadenado tras los barrotes reflejaba un suculento espécimen de tortura que además podría proporcionar una diversión para las monótonas vidas inmortales de los miembros celestiales; ¿Quién no se tentaría a rozar su sedosa piel, probar aquellos labios y más todavía, sentir la adrenalina de un latigazo certero y el gemido de su consecuencia?
El castigo que recibiría Imaél sin duda alguna sobrepasaba los cargos y sentencias impuestos en su contra, pero mientras cada alarido y cada lágrima fuesen confinados en lo más profundo de una promesa de silencio, no había necesidad de que su padre se enterase de la realidad. Fue sencillo entonces que quedase en un segundo plano la disciplina que debían realmente practicarle; mientras pudiesen sacarle provecho a su estadía perpetua no habría necesidad de cambiar conductas que jamás había tenido, después de todo, había sido totalmente inocente de la culpa que se le presumía.

No se necesitan textos para explicar sus torturas. Sólo se necesita tener la conciencia bastante sucia y la mentalidad estrechamente restringida para imaginar los actos más inhumanos concebibles.

A cada segundo todo cambiaba desde el momento en que se le había procesado tras las rejas. El mundo a su alrededor cambiaba sin jactarse de su presencia ni su sufrimiento, y a cada tanto que el tiempo se dejaba ir las noticias que el Consejo le entregaba a su progenitor eran menos y menos recurrentes, transformándolas de diarias a semanales, y de semanales a mensuales, anuales, hasta finalmente anular cada mínima noticia que estos pudiesen notificarle.
A pesar del trabajo que Lucifer cargaba sobre sus hombros con el prestigio que a su forma el infierno fue adquiriendo, siempre esperó con ansias la carta deslizándose sobre su escritorio y las finas letras de su contenido asegurándole de la vida de su hijo, por lo que el perder paulatinamente el contacto fuera de serle un alivio se transformó prontamente en un martirio perpetuo. La preocupación le abrumaba, la necesidad de saber cuál era el estado con el que se encontraba le sofocaba a diario sin la noticia, y tuvo que ser él mismo después de milenios quién se atrevería nuevamente a levantarse de su trono e ir hacia el lugar que tiempo atrás le había arrebatado el último latido del pecho con la muerte de su amada Magdalena.

Su llegada si bien no fue bien recibida, era esperada con aflicción inmensa en los rostros de quienes los veían. Pero claro, era sólo una perfecta máscara trabajada con los años en base al planificado proyecto, y si resultaba ser como deseaban, funcionaría a la perfección. Ingresó con la tétrica y autoritaria atmósfera que usualmente le rodeaba e inmediatamente pidió la explicación que el Consejo Celestial había cultivado durante siglos; la única aclaración que podían asegurarle, con el patético pesar de su alma, era que su hijo, el heredero del infierno, Imaél, se había encontrado con el presunto fin de sus días; la muerte.
No les creyó, claro. Conociéndolos no iba a dejar que la primera impresión de la situación lo desconcertara como la primera vez. Pidió más explicaciones, ¿Por qué no se lo habían notificado antes? A ello se le respondió con lo desconocido del asunto. Se figuraba su desfallecimiento debido a que de un escape derivó a múltiples intentos por dar nuevamente con su rastro y en el acto, se halló su cuerpo sin vida en el infierno. Supusieron que la noticia sería demasiado dolorosa e intentaron de múltiples maneras traerle a la vida, pero sólo disponían de un cuerpo desfallecido en evidencia, y de las más vacías de las condolencias.

El inerte cuerpo frente a sus ojos fue suficiente como para deducir la verdad.

No podía creerlo, ¿Cómo podría ser que el destino lo golpeara con tal fuerza desde que abandonó sus alas y su derecho a la purídica divinidad?
No le quedaban más cartas para jugar el el tablero, tampoco razón para quedarse allí. Se retiró sin querer cargar con el cuerpo sobre los brazos y despidió sin adiós a todos quienes le seguían con la sonrisa encubierta tras del rostro, al igual que la hipotética muerte de Imaél. Descendió a los infiernos, reposó su cuerpo con dificultad y tras cerrar los ojos, Lucifer dejó que todo pasara como debía, y si ahora la suerte querría arrebatarle el alma, podría hacerlo; ya no tenía razones para continuar en vida si quienes conformaban su utópica felicidad ya no estaban junto a él, ni jamás volverían.

Exactamente, todo había sido una farsa y así continuaba.
Lo que se utilizó como señuelo de muerte no fue más que una ilusión óptica, y el pequeño Diablo continuaba vivo. Quizás no allí, pero seguía respirando para sí, sobreviviendo. El objetivo se iba concretando a cada paso y se necesitó de un nuevo impulso para que Noah abandonase las esperanzas y con ello el trono en el infierno, y la idea de atacarlo con la muerte de su primogénito aseguraba sin margen de error la proximidad hacia el éxito de su propósito. En cambio de la muerte, Imaél había sido liberado en una de las zonas fronterizas del infierno con la esperanza de que hallase su real perdición ante la adversidad en aquel ambiente que a pesar de serle propio, desconocía. Pero no contaban con que las torturas frente a las cuales les habían sometido en conjunto durante largos milenios le proporcionaría los cimientos de su actual comportamiento, y la madurez y fortaleza necesaria para no dejarse vencer por otro obstáculo que en el camino se le presentaba. Había aprendido todo lo que debía sin siquiera desearlo, y ahora debería poner en práctica toda información de la que gozaba para doblarle la mano a quienes se atrevieron a abusar de su persona, e ir claramente ante el objetivo que desde siempre mantuvo presente en su memoria; transformarse en el Diablo que encarnaba ser.

Partir desde los mundos bajos no fue una tarea sencilla: hacerse respetar sin ser pasado a llevar es una tarea diaria para quienes viven en la condición de demonio inferior, y desde allí debería empezar como todo espectro, valiéndose de las herramientas que había forjado para no pasar desapercibido. Claro, un joven de apariencia que a penas cursaba la adolecencia no parecía un partido interesante en esas instancias ni un enemigo digno de combatir, pero si existe el dicho "nunca juzgar un libro por su portada" él era el vivo ejemplo de que esto se hacía cumplir en puño y letra con creces.
Su condición física fue fácilmente una burla de quienes lo veían con un firme carácter y una personalidad que superaba en actitud a muchos, pero fue esto mismo lo que le valió como un factor en contra respecto a los demonios que jugaba y se regodeaban de su intento de superioridad. Pocos fueron quienes no le llevaron el juego como esparcimiento para sus monótonas vidas, pero la primera muestra de verdad fue suficiente como para callar las tristes risas de quienes seguían en el semblante de una nueva diversión a su repertorio vacío.
Aquellas alas negras llenas de poder, esa mirada profunda bañada en carmesí que expedía una profunda inmensidad e ira en el interior y la profanada, endemoniada y colectiva voz que se profesaba a través de esos labios encolmillados borraban a ciegas la silueta de aquel infante, y hacían nacer un respeto que quizás ni el actual Lucifer portaba en esas zonas.

Poco a poco fue subiendo los peldaños que se le habían negado, creando su propio camino a base de intimidación, atrevimientos y desafíos, que sin esfuerzo fue superando a medida que se le presentaban los impedimentos, ganándose a los demonios que le veían como los creyentes de su verdad, reconociéndole como el perdido Diablo velado tiempo atrás.

Pero algo detuvo al hijo de las tinieblas en su afán por llegar a la meta impuesta, y fue la desaparición repentina de Lucifer; su partida sin precedentes ni aviso de nadie originó en un parpadeo la anarquía que recaería en el infierno. Era la oportunidad que por mucho el Consejo Celestial esperó para tomar riendas del asunto y hacer propio al infierno como una de sus dependencias, pero fue tal el revuelo y peso del cargo que ni su intervención en en asunto logró enfriar la atmósfera.
Los demonios claramente no aceptarían que seres de aspecto celestial tomasen algo que no les pertenecía ni tampoco le correspondía, por lo que el peso comenzó a volverse insostenible además de la fiereza que el cargo a adoptar representaba. ¿Qué podrían hacer si su plan había fracasado de tal forma?
En vista de que a pesar de haberlo conseguido no podían concretar con el objetivo mayor por el cuál lo habían planificado todo esfuerzo invertido durante siglos había sido totalmente en vano y fácilmente derivaría a su evidente fracaso. Fue así que, desde las sombras, la figura del pequeño demonio se disgregó del sitio que le acogió entre esfuerzos y dio a conocer su realidad; estaba vivo, y por tanto, al no estar su padre en el trono, a él le correspondía el cargo.

Claramente su aparición causó un furor incontenible; se suponía que su muerte era más que un hecho asimilado para aquellos demonios mayores que desconocían su estado de supervivencia y para el Consejo Celestial, que además ahora, debería enfrentarse ante este punto en contra. Las medidas que este tomó para evitar que Imaél asegurase su derecho no encarnaban más que un pérdida de tiempo: los demonios sin duda alguna reconocían la sangre que por sus venas fluía, la mirada vinculada a cada espacio del infierno y el rigor respetuoso que su caminar expedía.

Era indiscutible, frente a ellos tenían al legítimo heredero del infierno.

El escape improvisto de quienes anteriormente habían atentado contra el control de las tinieblas era una situación más que esperable. El infierno se inclinaba ante la figura de su nuevo representante, el nuevo Diablo como una divinidad irrepetible, intachable, que por honores merecía un respeto y lealtad que sin importar la razón, debería prevalecer.
Las razones por la cuál se dio la desaparición de Noah no fueron un hecho anónimo, y la explicación se hallaba explícita en los hechos. Cómo y cuando regresó es una historia del presente, y qué ocurrió en esos años de incógnito no es más que un misterio que no se permite revelar. La suerte de quienes reconocieron a su amo por sangre adquirieron la recompensa debida, y quienes se atrevieron a cuestionar sus palabras sufren las penas que sólo el infierno es capaz de engendrar. ¿Cómo no? El dichoso Consejo no quedaría en un segundo plano; el eterno rencor de quién ahora lleva por título su más avaro deseo es una de las tantas penas que cargan con cinismo al evidenciarse su fallido plan, a pesar que gracias a sus torturas, sus múltiples intervenciones y su constante persistencia lograron forjar a la figura de quién, ahora, gobierna a sangre fría el territorio más temido por todos, y que en su mirada, escarlata, refleja las emociones necesarias para concluir en una venganza que sólo en rezos se espera evitar.

Me vengaré por cada lágrima y gota de sangre que se derramó ilusoriamente para llevar a cabo objetivos tan vacíos como los eran aquellos encarnados en un solo deseo. No serán solo las mías las pagadas si no también de todos quienes formaron parte de esta patética alusión y en el momento indicado, cuando las alas de Lucifer se hallan extendido, atravesaré con fiereza las gargantas de quienes en su castigo no hallaron más que rezos inservibles.
Seré yo el último que quede en pie cuando la espada se halla alzado en el cielo y en teñido carmesí, sentenciaré a todos aquellos pecados que concibieron los males a los que al mundo ahora condena.


Familia Infernus.


Protegidos equis dé.


Muchos definen al infierno como un sitio asociado a la oscuridad, el infinitio, demonios y fuerzas malignas. También así, como la zona donde las almas castigadas por el señor de los cielos, Dios, descienden a pagar la condena de sus pecados por el resto de la eternidad. Otros en cambio, consideran que el infierno llega a ser un estado mental que se desarrolla o padece con la pérdida de la fe y esperanza, la caída bajo las tentaciones o vivir diariamente con el remordimiento de tus temores y aquellas heridas que aún no cierran, creando aquella "dimensión" dentro de uno mismo. Se le considera, de esa forma, a los denominados demonios como las emociones negativas que el individuo posee, tales como la depresión, ansiedad, soledad y desesperación entre las más destacables. A grandes rasgos, podemos decir que el infierno, inframundo o como se desee llamar corresponde al recóndito pensamiento y arrepentimiento que creamos nosotros mismos por nuestras malas acciones o decisiones.

Físicamente se le describe como una región completamente sumida bajo la oscuridad, contemplada desde lo alto por tres rojizas lunas que alumbran incansablemente el periodo del día y cuyo brillo decae al aproximarse el atardecer, para posteriormente a la llegada de la noche tornarse la oscuridad absoluta. El territorio se encuentra sostenido desde tiempos milenarios por enormes cadenas desde el interior de sus entrañas hasta el infinito del cielo, ofreciendo así la sensación de que esta, por consecuencia, se balancea bajo los confines de la tierra.
En su gran mayoría su superficie rojiza elogia el brillo de los tres luceros que se empinan en la cúspide del infernal cielo; es poseedora de notables grietas, "fallas", territorios completamente desérticos e increíblemente, jardines que gozarían de una belleza comparada con los prados celestiales. Muchos tomarían esto un hecho simplemente fantasioso, pero sin embargo, las pequeñas bellezas que el infierno encierra en su manto de desolación pueden llegar a ser uno de los más bellos reflejos de la naturaleza.

Estos jardines se encuentran distribuidos de manera que encontrarles se torna en una real paradoja. Sus variadas y cambiantes ubicaciones transforman de ellos no en un enigma, si no más bien de una completa leyenda, casi en un tesoro que pocos bienaventurados se atreverían a buscar. Al momento, sólo se han registrado doce de estos pequeños paraísos que encantan tanto por sus bastas praderas como los azulinos cielos que les contemplan; por la existencia de increíbles manantiales y frescas brisas únicas de la comarca, lo que podría confudirse fácilmente con el eterno descanso. Reiterando así el tema del infierno, la entrada a este "caldero" se ve guiada por un semi infinita calzada, cuyos caminos oscuros sólo se ven iluminados con insólitas antorchas de cadáveres cuyo cráneo se ve alumbrado por una vela negrizca, siendo la llama poseedora de un perfecto y dislumbrante tono rojizo/negrizco.
No obstante, la llegada aquí no es tan sencilla. Conectada con un sin fin de otros senderos, la llegada al inframundo se lleva a cabo por medio del Camino del infierno, parte de la estructura formada por los Seis caminos del dolor. A esta por su parte, a grandes rasgos se le conoce como la vía conectora que permite por tanto el estrecho nexo entre cada una de estas incubadoras de sufrimiento, y de la misma manera, con las Dieciocho prisiones de las tinieblas, distribuidas dos en cada uno de los "Pains" localizándose cuatro de las más importantes al interior del continente mayor. ¿Qué ocurre aquí? En cada uno de estos caminos se almacena una especie o naturaleza específica de ánima que en vida, pecó, por lo cual paga por sus tentaciones con su eterno sufrimiento en busca de su redención.

En su término, se ve custodiado por una considerable estructura conocida también como las Puertas del Infierno. Su peso estimado es relativamente desconocido, sin embargo, se destaca por sus increíbles particularidades que le hacen día a día un enigma más entre muchos. Está dividida en distintos niveles, los cuales se abrirán dependiendo de la divinidad y especie del individuo que desee ingresar; para que ello se lleve a cabo idóneamente, esta compuerta está "sellada" por diez cerraduras diferentes, quienes además de individualizar las entradas permite mantener encerrados a todos los demonios y ánimas que constantemente permanecen en cautiverio, y únicamente como ya se hacía mencionar se abren ante la llegada de algún alma, ángel, Dios o claramente, ante la presencia de su señor el Diablo.

Más allá de las puertas, el largo e interminable camino que profundiza más y más el distrito en conjunto con los innumerables demonios da paso a la silueta de una impecable mansión de negrizco color y formidable sombra. Dentro de esta, claro está, habita la autoridad máxima del lugar, servido por unos pocos privilegiados que acuden a su orden y voluntad, transformando de sus órdenes su capricho. El santificado y respetado trono de las tinieblas que se resguarda en esta fortaleza, se describe con muchas hipérboles, sin embargo, nadie ha podido asegurar con vida las maravillas que encierra aquel perfecto mueble. Los pocos privilegiados le describen con detalles en calaveras, en especial huesos que anteriormente, corresponderían a articulaciones tales como brazos y piernas, y en la punta de cada mango dos cráneos con una expresión que muchos compararían con la súplica de misericordia o compasión, o simplemente, con la intachable angustia.

{ Ramificaciones infernales }
[ Seis Caminos del DolorEl Laberinto de EdénConsejo Celestial ]


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Los demonios en sí encarnan una infinidad de definiciones, y está en quién las comprenda el optar o no por una de éstas. En su mayoría, se le atribuye la apariencia u descripción de un ente malvado, un espíritu errante de características y deseos siniestros que vela por la desgracia, sin siquiera detenerse en las purezas o emociones ajenas. A su vez, además de adjudicársele las derivaciones a sinónimos de términos negativos, la expresión "demonio" también se emplea para identificar aspectos que se expresan en los temores e inseguridades humanas en consecuencia de las actitudes o acciones dañinas que el individuo pueda tener hacia sí mismo como hacia el núcleo que le rodea, sirviendo así como una definición reconocida en la psicología como los "demonios internos" del ser humano, referencia que ya anteriormente había sido citada.


El equilibrio se ve siempre asechado por las fuerzas opuestas que a pesar de complementarse entre sí, necesitarían de un medio intermediario capaz de soportar el choque de ambas y unificarlas con el fin de mantener vigente la armonía predispuesta a establecerse. De la misma forma, el restringido contacto existente entre una realidad y otra alentaría los procesos de pacificación y reconciliación entre las constituciones de cada quién, y fue por esa razón por la cual se dio lugar a la creación del Concilium Caelestium, o si no bien, El Consejo Celestial.

Éste sitio o más bien las instituciones y estructuras que le componen se ubica en un punto vacío existente entre el Cielo y el Infierno, a pesar de consagrarse estrechamente con la pureza y hábitos celestiales, sumado a la amplia similitud en cuanto a la arquitectura que predomina en sus establecimientos. Su invención se dio con la llegada del primero Lucifer al infierno tras la mancha de sus siete pecados enmarcados en el negrizco destello de su alma y la separación total de éste sitio con los parajes celestiales, lo que además de formar dos mundos absolutamente paralelos pero intensamente relacionados entre sí, desencadenaría una increíble inestabilidad ética y espiritual que se volvería imposible de sobrellevar. El peligro en el cual se veían envueltas estas sociedades sumado al desarrollo de la civilización terrestre puso en alerta los sentidos de todos quienes podrían verse afectados, y fue la agrupación de los siete señores, representantes de los siete universos existentes lo que le puso un límite y un fin a éstos conflictos, o al menos, se encargaría de retenerlos.

Sin embargo, si fue la codicia y envidia la que guió a uno de los más fieles ángeles del Señor a cometer el error de su pecado original, no habría razón para desjustificar que otra entidad tan relevante como lo era y es esta agrupación ambicionase poderes que no poseía, y se atrevise a seguir el mismo camino que ya habían recorrido muchos otros en condena de sus propias acciones. La figura temple y armoniosa que debería personificar fue paulatinamente diluyéndose entre insaciables anhelos, junto a la manera en que el tiempo pasaba y los deseos eran cada vez más latentes, transformarían aquel pacto de lealtad en la cuna de la traición y vileza, sólo por el hecho de adquirir lo que con tanto recelo asechaban; el poder.
No sería sorpresa entonces que una organización como esta interviniese en historias que no les convenía ser relatadas en sus propósitos tal y como lo fue la historia del actual Satanás, o si no bien de otros infortunados que representaron la forma del obstáculo para las intensiones egoístas del Consejo y sus dependientes.

Sólo una advertencia cabe destacar; jamás demuestres ante los ojos de esta hipócrita verdad tus debilidades, pero tampoco representes una autoridad y vigor del cuál careces. Aléjate. Tu propio destino y la fortuna de quienes te rodean dependerán de las acciones que tomes al ser contemplado por los indivinos ojos de estos pecadores de sangre.


La constitución propiamente tal es característica de una sociedad y/o estado regida por distintos tipos de leyes u estamentos encargados de establecer el orden, definir límites y los poderes con los que goza el gobernador, sus subordinados y sus súbditos, asegurando así la armonía al interior del círculo social que se ve influenciado por dicha ley. Por medio de éste, se establecerán las bases estructurales para la germinación de una comunidad armónica, orientada hacia la unificación y consolidación de los derechos, limitaciones y de la misma manera, libertades que pudiese tener quienes se ven influenciados por estas normas.

Obedecerás las órdenes que dicte tu señor, el Diablo, sin importar cuál sea su mandato; de negarte, estarás consciente de las consecuencias que recaerán y condenarán el perdón de tu alma.
Adoptarás el latín como tu lengua natal y sagrada en nombre del Supremo.
Te referirás a tu señor como Benignus Cecidit Angelus, y sólo podrás dirigirte a él en la lengua de su nombre.
Aceptarás ser el hijo de su gracia divina y del pecado que guió a tu alma hacia la magnificencia de su lecho. Reconocerás tus errores y te volverás el retoño de tus faltas.
De errar, aceptarás las consecuencias de tus actos y tendrás el derecho a implorar por tu perdón. No obstante, no juegues con la voluntad ni la generosidad de la mano de tu señor.
Reconocerás sólo a uno como tu señor y salvador.
Cesarán de tus labios la calumnia, y jurarás la fidelidad y honestidad total al alma de tu protector.
Serás el noble discípulo de tus propios principios, pero jamás olvidarás el nombre de quién te perdonó.
Obrarás la fértil tierra de tu absolución y cosecharás la fina semilla de tu gratitud.
Reconocerás a los descendientes de la semilla del Diablo y los devotos de su gracia como tus amos, señores y superiores, y será capaz de rendirle el mismo respeto que al Supremo.
Serás capaz de mantener el equilibrio de tu medio a través de las hazañas de tus obras, y te transformarás en un obrero de tu señor.
Guardarás los secretos de tu fe y de tus valores como el único tesoro y propósito de tu existencia, y demostrarás tu honradez y veracidad por encima del castigo.
Defenderás y cobijarás el silencio como tu respuesta ante el suplicio, y atesorarás la confianza que tu señor ha ligado a tu alma.
Demostrarás la pureza de tus acciones sobre la mancha de tus pecados, y manifestarás tu libertad de expresión ante quienes se jacten de ello.
Rememorarás las normas y el nombre de tu señor ante de la muerte, y recibirás la dicha de manos del Diablo y el descanso eterno para tu alma en pena.
Juzgarás los actos de ajenos por sus razones, no sus consecuencias.
Evocarás la memoria de los fallecidos para hallar la voz de tu conciencia, y obrarás a través del consejo de su experiencia.
Serás capaz de recordar cada uno de estos estamentos y te intruirás en la fe de tu salvador; aceptarás las alas negras de éste ángel caído como el guía de tu regocijo y te entregarás a sus servicios y protección como el inquilino de sus deseos, y el obrador de sus necesidades.

Como es correspondiente, en toda sociedad o estructura social se establecen estamentos o jerarquías que dividen así a las diferentes especies, niveles socioculturales y el poder de quienes encabezarían éstas divisiones; lo que en el infierno, quizá en mayor medida que en otros sitios, está marcado fuertemente por su selectiva clasificación.

LujúriaPerezaGulaIraAvariciaOrgulloEnvidia

{ Diabolus } Tal y como es debido, cada reino posee un ser que le representa ya sea por su magnificencia, poder, benevolencia o aquel respeto y confianza que sólo una empática personalidad podría inculcar entre sus súbditos. Reconociéndose como la autoridad suprema, el Diablo tiene por característica particular el compartir una increíble vínculo que le une en cuerpo y alma con el infierno su reino y con todo aquel que le habite; los hijos de sus obras, los frutos de sus pecados. Así mismo, sólo se han registrado al cargo únicamente dos "Luciferes"; Noah y su descendiente, Imaél, a pesar de oponerse directamente con lo establecido en los estamentos constitucionales. Tanto sus supremacía, poder y el abarcamiento que los mismos puedan tener es absolutamente desconocido y se estipula que éste ha sido alimentado con las faltas humandas y divinas, por lo que cuantificar su jurisdicción sería en absoluto, imposible.

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{ Umbra Dolorem } Primera Jerarquía; En ella se encuentran aquellos demonios reconocidos como los príncipes, dukes, archiduques, caballeros o gobernadores del infierno, distribuidos de manera equitativa entre los seis caminos del dolor y junto con ello, entre las dieciocho prisiones del infierno. Junto con compartir una estrecha conexión con su superior, el Diablo, poseen capacidades y respetos que podrían llegar a asemejarse a los de su Supremo, sin embargo, limitándose por la atmósfera que les divide. Usualmente, en ésta posición se ubican aquellos demonios de transcendencia arcaica, hacia aquellos tiempos donde aún todo era caos y por tanto, representaron a los primeros ángeles caídos tras la traición de Lucifer. Suelen conformar un círculo democrático y el único medio por el cual se logra invocar una conferencia inmediata con Luzbel, por lo que su poder demócrata es plenamente influyente en las decisiones que pudiese tomar el gobernante infernal, y junto con ello, respecto a los cambios que actuarían sobre sus discípulos.

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{ Mirages tentationis } Segunda Jerarquía; Encabezado por los demonios encargados de incitar al pecado y la tentación. Usualmente, en este puesto se ubican aquellos demonios que nacen de la imperfección o infracción mortal como divina, y, de la misma manera, de la raíz de los sentimientos. Lideran en él seres con las capacidades necesarias para traspasar los límites del infierno y emigrar hacia los territorios terrestres con la primordial función de la recolección de almas corrompidas por sus propias voces y de divulgar la incitación hacia el yerro. No obstante, es bastante común la desobediencia encontrada en esta división en particular, por lo que como medida preventiva se han creado sancionadores encargados de su persecución o si no bien, reducción y posterior castigo. En la actualidad, esta segmentación corresponde a una de las menos constituidas del infierno debido a la cacería indiscriminada de éstos como mascotas o "herramientas" de tortura para mucho, por lo cual no sorprendería su pronta extinción.

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{ Odium Carriers } Tercera Jerarquía; Obreros en su mayoría, o demonios cuya consistencia y apariencia ha sido creada a partir de la adaptación de un alma humana a los fines del inframundo. Suelen ser seres opacados por el odio, el rencor y la melancolía, sensaciones que sólo emergen cuando la oportunidad de un descanso eterno, de un magnánimo perdón se ha perdido en su totalidad y conforman parte del eterno servicio hacia el Supremo gobernador. Carecen del derecho a traspasar las fronteras del infierno y tener un contacto directo con Lucifer, pero tienen el poder suficiente como para irrumpir en las leyes y encargarse de inducir la arrogancia y codicia entre los humanos. A diferencia de los Mirage Tentationis no suelen ser cautivados por sus faltas, y su número es bastante más abundante que el de éstos. Son encabezados por espíritus rebeldes o almas en pena, transformándose en las víctimas de su propios errores y por tanto, martirio.

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{ Victimae peccati } Cuarta Jerarquía; Demonios menores cuyo desarrollo cultural, en relación al entorno y a las demás jerarquías es semi nulo. Usualmente estos grupos se conforman de especies salvajes o primitivas que carecen del capacidad léxica y costumbres formales o civilizadas, lo que les separa en su totalidad de la comunidad culta del infierno. Sumado a ésto, a ésta organización clasifican también todas aquellas almas enviadas hacia su suplicio tras errar en vida, lo que finalmente, explicaría el por qué del título de esta última categoría; víctimas del pecado.


A mi juicio, la expresión artística es la representación misma del latente reflejo del alma, de aquello que sólo uno puede sentir e intenta expresar. Pero dada ciertas circunstancias como lo pueden ser la reserva, el retraerse totalmente del mundo y de las emociones que sólo éste puede generar transforma de las distintas ranmificaciones del arte en uno de los escasos métodos válidos para demostrar que, a pesar de todo el sentimiento late en nuestro espíritu, la necesidad de liberar la sensación en cautiverio que se resguarda bajo las siete llaves de nuestro corazón y demostrar que, a pesar de aparentarlo, no somos seres ni insensibles ni vacíos.

El suave y terso desliz de las yemas de mis dedos sobre la fría superficie de sus teclas, aquel que permitiría con la mínima presión de mis deseos interpretar la más minúscula pero maravillosa de las notas en tan magnífico instrumento le permitió a ésta alma por mucho que se sintiese nuevamente completa, restaurada, y que en cierta manera fuese escuchada por los oídos del perdón, la misericordia y la benevolencia tras la búsqueda de la sagrada compasión que sólo de la mano del silencio y la eterna soledad podría encontrar. Cada expresión en aquel artefacto permitía que mi espíritu, íntegro, dejase escapar aquellos sentimientos ocultos, emociones, melancolías y remordimientos que se hallaban en el anonimato esperando con ansias el momento en el que pudiesen ser liberados para dar tregua de sus testimonios, de sus pesares, de sus dolores y de las adversidades que sólo ellos encerraban al interior de ésta desdichada vida, renegada y escondida de toda realidad existente sólo tras la búsqueda del refugio impenetrable fortaleza que no conociese la traición, si no más bien sólo el silencio y el aislamiento, y fue entonces cuando dicté casi a gritos sin percatarme de ello mi propia debilidad; la ceguera que el dolor, la desconfianza y el rencor me traían.

Mi única compañía, el espíritu que fue capaz de oír mis pesares en el idioma de la música, codificarlos, comprenderlos y resguardarlos en la dicha de su prudecia fue aquel arcaico instrumento que a diario expresaba con furor las notas de agonía que podía desprender la partitura de mi alma, resonando hasta el día de hoy en el más recóndito rincón del mismísimo Cielo; otorgándole el deseado escape a mi dolor, agonía, soledad, nostalgia, tristeza y todas aquellas sensaciones que durante milenios carcomían mi ser desde la raíz de mi suplicio, de mi infortunio y mi porvenir.
Pero era en el preciso instante donde el silencio volvía a reinar tanto en el ambiente como al interior de mis propios pensamientos que mis recuerdos se nublaban con la sombra de mi pasado y poco a poco retornaban con fulminantes puñaladas en mi pecho, corazón y alma al punto de incitar la llegada de aquellas lágrimas que no podía derramar, y la pregunta emergía una y otra vez en aquel tormentoso silencio; ¿Realmente merecía tal castigo? ¿Cuál había sido mi error?

El pasar del tiempo frente a mis ojos, el desarrollo de nuevos sucesos y la adaptación de aquellos luceros que se volvieron mis indispensables guías en las tinieblas que reinaban en mi sendero se transformó en la cura del cáncer que me dominaba, logrando así que aquel cuestionamiento existencial desapareciese con el susurro del viento en conjunto a las muchas melodías que se entonaban sólo tras la búsqueda de la piedad y que ya no tenían razón para ser rememoradas ni recitadas en éste nuevo hoy; en éste nuevo comienzo.
Abandoné el recuerdo de mi dolor en conjunto a aquella compleja maquinaria que se encargó de embalsamar en sus agrietadas y carcomidas tablas de recuerdos mis martirios para adoptar la expresión de mis sentimientos desde una nueva perspectiva. Donde ya no pasaría días sentado frente a un instrumento para ahogar aquellas lágrimas que no me era posible derramar, si no más bien, para encontrar en éste un pasatiempo y volver del dolor que alguna vez se figuró en su textura en el alivio de mi alma, y la suave interpretación de los nuevos sentimientos que tiempo después se encargarían de apaciguar y bloquear el dolor; la felicidad y la prosperidad.


Al hablar de las almas o también conocidas como ánimas, nos referimos al componente espiritual que incorpora el principio de la vida y la esencia eterna en cada uno de los seres vivos, gracias al cual somos capaces de poseer instintos, sentimientos, emociones, razonamiento y la innata capacidad de obtener características únicas para cada individuo en particular.

Cuando un alma o ánima pierde el contenedor vivo por el cual se refugió durante un periodo de vida promedio, comúnmente vagan en busca de un nuevo cuerpo en el cual habitar, y es aquí donde su rumbo es conducido tanto al cielo como también lo puede ser hacia el infierno.
Cuando un alma es escogida para subir a los cielos es conducida comúnmente por un ángel que ha sido escogido para cuidar, resguardar y proteger a dicha esencia. Este se encargará respectivamente de guiarla hacia el reino celestial y darle un nuevo papel y función para volver a comenzar, y en el "mejor" de los casos, retornar como un alma pía y pura a la tierra.

Aquellas almas que no tuvieron la "suerte" de retornar a los cielos son enviadas por consecuencia a los seis caminos del dolor donde se almacenan en distintos sitios hasta encontrarles una nueva función, tales como trabajos para pagar sus pecados por el resto de la eternidad o la posibilidad de volver a la vida y ser re-escogidos por los ángeles. Para esto, comúnmente el alma que goza de dicha suerte es enviada inmediatamente a el Templo de las tinieblas en donde finalmente se le asigna un nuevo papel y cuerpo.

En el infierno, gran cantidad de las almas son escogidas para servir como un suculento e innegable platillo para ciertos demonios, entre los que claramente destaca el Diablo por la gran cantidad que consume a diario.
Las almas no poseen un sabor definido, uno les da dicho gusto dependiente de las demandas que cada uno posea. Sin embargo, se caracterizan por traer un extraño placer al ingresar al interior de un cuerpo, la razón simplemente se desconoce. Aún así, se estipula que los demonios llegan a devorar almas a diario para conseguir así la esencia de vida que jamás poseyeron o jamás se les concedió, como también se cree que los demonios alguna vez pertenecieron al reino de los vivos, de los humanos, y que consumidos por su propios pecados, codicias y toda emoción negativa, pagaron el precio de su "muerte" en vida para transformarse en esclavos del infierno.


Usualmente no acostumbro a dar éste tipo de reseñas ni de mi vida, del ambiente que me rodea o la gente que la conforma, pero no admitir que pasé un momento reconfortante y quizá, un tanto incómodo relatando éstos hechos sería uno de los tantos errores que se sumarían a la interminable lista de mis fallos. Agradeceré tu atención, mi receptor, y tu paciencia e intachable disponibilidad al oír éstos complejos relatos y comprenderlos de una manera que únicamente tú podrías, conformándome como paga el hecho de que recuerdes mi nombre, mi existencia y los fragmentos más significativos que puedes atesorar de esta jornada.

Si bien todavía no has de marcharte, ¿Qué tal presenciar algunas obras que otros se han tomado el trabajo de realizar con el ejemplo de mi persona? No te tomará más que una suave repasada con la mirada, y seguramente, te encantarán.

{Por otros artistas}

{Por Kira}

Si deseas volver a visitarme y compartir juntos una nueva taza de té, conoces el camino para tu regreso; Si te hallas perdido, ten esta pequeña muestra de mi gratitud y cobíjala en conjunto a mi memoria, para que juntos, en otra oportunidad y todo a quién narres estos acontecimientos sean capaces de hallar la calzada hasta mis apocentos, y se hallen dispuestos a oír al susurrante fantasma de mi pasado.

Ten un buen viaje y, en tu regreso, quizá encuentres interesante visitar a quienes al igual que yo, también tienen algo qué contar.

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